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jueves, 25 de marzo de 2021

SÉ QUIEN ERES

Salgo de la ducha casi como Dios me trajo al mundo, apenas tapado por una toalla, no necesito nada más, con la temperatura de estos días no tengo frío después de cada ducha, y con una camiseta y poca más estoy bien. Levanto la tapa del ordenador que dejé cargando sobre la cama, meto la contraseña, moviendo los dedos con fluidez sobre el teclado. Abro la ventana de mi correo electrónico, y esta muestra una clave y la demanda de un servicio, se trata de ti que vulevs a reclamar mi compañía y de paso sexo desenfrenado.

Sonrío, sabía que volverías a escribir, sabía que te habías quedado con ganas de más después de la primera sesión, querías más de lo uno y de lo otro, habías hecho realidad tu "fantasysex", o ese era tu sueño y no querías despertar. Aún no sé por que me elegiste a mi, de entre todos los que tenías, no sé que viste en mi, ni por que quieres que vuelva, pero aquí estás, o ahí, al otro lado del ordenador, pidiéndome otra cita. Y no sé por que ligas por internet, pudiéndo salir a tomar una copa y quien sabe que venga después. Eres guapa, simpática, extrovertida y sexy, bien podrías salir a conocer gente, o simplemente a cazar un polvo de una noche, y sin embargo estás aquí, eligiéndome a mi otra vez. 

Sé quien eres, te abriste mucho a mi la primera vez, y no solo físicamente. No sé si es porque de manera natural eres así, o es que cuando llegué y para romper el hielo del miedo a lo desconocido ya estabas un poco bebida, o simplemente, y sin yo proponermelo, te di confianza. Algo de todo eso debió de haber si hoy vuelves a mi y me quieres ver, o soy ese clavo que saca otro clavo. Lo sabré cuando llegue, por que iré, yo también me quedé con ganas de más, con ganas de lo bueno, porque lo bueno pasa rápido, demasiado rápido tal vez. Y espero que en esta ocasión, los dos, ahora que nos conocemos, podamos disfrutar más el uno del otro.

Me preparo adecuadamente para verte, después de nuestra primera vez en la no nos fue nada mal, esta tiene que ser igual o mejor que la anterior, sé que esta noche la disfrutaremos más, porque ya nos hemos visto y ya nos conocemos, al menos yo a ti si, sé quien eres. Hoy quiero despertar en ti tu fiera interior en lugar de esa gata mansa que demandaba mi compañía, hoy quiero que esa pasión que esconde tu piel te salga por los poros, y penetre en los míos, quiero que apenas nos guardemos algo para la próxima vez, porque imagino y casi deseo que haya una tercera vez, porque dicen que no hay dos sin tres. 

Todos tenemos un lado oculto en nuestra luna, y quizá, este sea el tuyo, el de solicitar la compañía de un desconocido, para engancharle a ti, y volverle a ver. Quizá, este sea mi lado oculto de la luna, la mía, ese lado en el que alguien, desconocido, quiere algo de mi, quiere que la acompañe y lo que surja, sin hacer muchos planes, o no, y tal vez lo tenga todo controlado. Tú eres de las primeras, de las que no hace planes y se deja llevar por el momento, y si te gusta, como nuestra primera vez, entonces, como hoy, quieras más, tal vez quieras repetir. O puede que yo sea ese "no tengo mejor plan", y después de que te haya fallado todo lo anterior, después de que se te haya caído tu mejor plan, hayas pensado en mi y sea tu premio de consolación, de cualquier manera, sé quien eres. Y no me importa si soy esto último, no me importa si soy el último de tus planes, si tengo que consolarte, te consolaré, y te haré olvidar todo lo anterior, te haré olvidar esa tarde que tenías planeada, y esa noche que ibas a pasar con quien fuere, da igual si la ibas a pasar con otro, esta noche será conmigo.

Sé lo que te gusta, y por eso no te llevo flores, ni te llevo vino, tampoco te llevo una caja de bombones, porque todo eso te parece demasiado cursi. Tampoco llevo demasiada ropa puesta, sé que cuando nos acaramelemos, no querrás que algo así te corte el rollo y nos arruine nuestra segunda vez, yo tampoco lo quiero, lo sé. Y tú tampoco llevarás demasiado, aunque no vayas demasiado corta, irás con lo justo para provocar y hacerte desear como te gusta que te deseen, desnudándote con la mirada. Iré con tiempo y seré puntual, porque no te gusta esperar, ni dejaré que me esperes, al menos no tanto como para que al final no quieras verme, y si me hago esperar, será solo lo necesario como para que ansies que llegue ya, ni un minuto màs. Todo esto lo sé, porque sé quien eres.

jueves, 18 de marzo de 2021

DESPERTAR EN OTRO TIEMPO


Lo primero que vi al despertar de la criogenización fueron las caras envejecidas de los doctores que me congelaron hasta dar con la cura de aquella enfermedad rara y desconocida, una enfermedad sin nombre que me consumía por dentro, dejándome sin fuerza y provocándome pequeños fallos multiorgánicos, difíciles de controlar. ¿Cuánto tiempo había permanecido en ese estado?, no les recordaba así de viejos, y no es que tuvieran aspecto de jubilarse, pero claramente se veían más mayores de lo que les recordaba. Algunos ya echaban canas y alguna arruguilla, y tenían la cara más regordeta, propia de haber cumplido unos cuantos años desde la última vez que los vi, aunque me costó verles bien, pues al despertar lo veía todo borroso y francamente, en un principio ni siquiera sabía donde estaba, era como despertar de una borrachera. Lo primero que sintí fueron las típicas náuseas, el dolor de cabeza y la debilidad física, probablemente de haber estado tanto tiempo inmovil, y lo primero que hice en cuanto pude andar, más o menos fue vomitar en una pila cercana, era como estar de resaca.

- ¿Qué hora es?, pregunté. - ¿Y qué día?. Eran más de las 12 del mediodia, pero eso no era lo importante, ni siquiera el día en el que nos encontrabamos, 18 de Enero, lo importante era el año. Era el año 2040, habían pasado casi ¡20 años! desde la congelación, por eso los médicos se veían más viejos, alguno ya sería cincuentón. Había perdido casi 20 años de mi vida, o quizá simplemente quedaron congelados para no perder la vida, eran casi dos décadasapartado del mundo, de la familia y amigos. Me bebí de un trago el zumo de naranja que siempre daban a los descriogenizados, un zumo nada currado, de cartón o bote, daba igual, tenían el mismo sabor a químico que cualquier medicina que me podían dar, me vestí con el pijama de la clínica. Me dieron malas noticias, muertes de familiares y conocidos, algo normal si tenía en cuenta el tiempo que había permanecido en ese estado, la vida continuó sin mi todo ese tiempo. 

La clínica contaba con varias secciones y departamentos de invesitgación repartidos en los 4 bloques de planta baja y 3 torres bastante imponentes. En todos ellos había especialistas de todo tipo y todos los lugares del mundo. Todo ello pertenecía a un proyecto experimental del gobierno sobre enfermedades raras y pandemias. Entre esos proyectos, estaba yo, un proyecto bajo invesitgación durante casi 20 años, y que ahora, si me habían despertado, parecía haber encontrado una posible cura. Imagino que no sería el único individuo en esas lides, aunque allí, de momento, no conocía a nadie más.

Aunque tenían mi nombre en mi historial, hablando entre ellos se referían a mi como el paciente número 03-21, un paciente o cliente que más bien parecía un habitante empadronado en aquel lugar. Las enfermeras me hablaban como si me conocieran de toda la vida, bueno, la verdad es que casi se podía considerar así, dadas las circunstancias. Los celadores habían oído hablar mucho de mi, como de algo había de que hablar y yo llevaba tanto tiempo en aquel lugar, en más de una ocasión había sido tema de conversación. Ellos estaban muy habituados a mi, pero yo me sentía un raro en ese sitio desconocido y entre extraños.

Una vez que estuve aceptablemente espabilado y centrado, me llevaron por un frío y pálido pasillo, sentado en una silla de ruedas, a una sala bastante grande que parecía separada por sectores. Por un lado parecía ser una consulta en la que de hecho me esperaban un par de médicos, por otros lados, parecía una sala de pruebas o curas, donde en cada lugar, me esperaban para hacerme algo. Al entrar en la sala, que no era más cálida que el pasillo, me dejaron en lo que parecía ser la consulta, frente a los médicos que parecían leer mi historial y chismorrear sobre él, me miraron y uno de ellos se dirigió a mi, preguntandome que tal estaba. ¿Cómo podía estar?, - raro, no sé muy bien que está pasando,- respondí.- Lo que pasa es que hemos encontrado un posible cura para ti, un tratamiento que podría funcionar -. Al rato me encontraba en una mesa camilla, enganchado a una máquina por vía intravenosa que me sacaba la sangre, la limpiaba y volvía a mis venas, tras esa parte que duraba un buen rato, por la misma vía me metían una especie de suero que se supone que mataría al bicho que me consumía por dentro. No sé si era cosa mía pero con ese liquido en mis venas me parecía notar un sabor extraño en la boca, un sabor entre dulce y ácido, a saber que mejunje me estaban metiendo casi literalmente entre pecho y espalda.

El tratamiento estaba en fase experimental aquí, en Suiza parecía haber funcionado o al menos haber dado ya buenos resultados en casos similares o parecidos al mío, así que tras varios ensayos, decidieron probar conmigo como si fuera un ratón. Bueno, no tenía nada que perder y si mucho que ganar, ¿no?. Me dejé hacer y llevar como un muñeco en sus manos, durante semanas, y funcionase o no, yo me sentía mejor, eso creía, y durante el tratamiento me ponía, más o menos al día de como estaba el mundo, ese nuevo mundo para mi, era todo tan raro que casi me sentía en una película futurista, tanto que a veces me parecía irreal. Parecía un extraterrestre venido de otro planeta, y en cierto modo lo era, me había dormido en un mundo diferente al que desperté. Al menos, con el tiempo, no me sentía un extraño allí, ni entre la gente a la que fui conociendo y casi intimando. Todo era raro, casi de fantasía, digno de un libro de ciencia ficción, fue como despertar en otro tiempo.

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domingo, 14 de marzo de 2021

UN DIA GRIS PLOMIZO

El día era gris plomizo y algo frío, de su boca salía aquel vapor producido por el intenso frío que hacía ahí fuera y que apenas llegaba a los cinco grados, aunque la sensación era de bastante menos. Las calles que debía recorrer hasta llegar a su casa aún hacían parecer ese cielo, aún más frío y gris. Estas eran estrechas, con unas aceras aún más estrechas y ridículas por las que apenas si podía caminar una persona sin salirse de ellas, con unos edificios de más de siete pisos que se imponían en el espacio, algunos con mas de cien años sobre sus cimientos, y de los cuales, sobresalían aproximadamente un  metro de la fachada, unos pequeños balcones con barandillas de hierro carcomidas por el oxido y un suelo nada fiable. Todo ese conjunto viejo, contribuía, a que no entrará apenas un resquicio de luz en sus calles, aunque en el cielo luciese un sol radiante. No era ese el caso, ese día el sol decidió tomarse un descanso y no regalarle ni uno solo de sus rayos que aliviasen aunque solo fuese un poco, tan gélido día. Solo dos farolas, con aquelllas pantallas que debían aumentar la luminosidad de las lamparas, harto desgastadas, iluminaban en parte algunas zonas, mientras que en otras contribuían a alargar las sombras dándoles un aspecto fantasmagórico a sus calles.

El día no había sido muy bueno, aunque la rutina de su trabajo casi nunca le permitía que lo fuese. A pesar de ello intentaba poner buena cara a todo y a todos, procuraba no quejarse, al menos no abiertamente, al fin y al cabo todos en su trabajo pasaban por la misma rutina infumable casi cada día, todos estaban en el mismo entorno gris y cargado de todo lo negativo que pudiera haber, y por eso, que llegase la hora de salir y poder respirar un poco de aire, aunque no fuese puro, era todo un alivio para cualquiera de ellos, y agradecían al menos un rayo de sol les diese en los ojos, después de tanta oscuridad y luz artificial. Aquel no era el mejor día para eso, y se tuvo que conformar con poder respirar el aire que enfríaba sus fosas nasales, aún así no protestaba ni para sí mismo, agradecíaa poder respirar un aire diferente, estar en otro ambiente y escuchar el ruido de la calle, los coches que iban y venían con las mismas ganas que él de llegar a su casa, o al menos eso suponía. Agradecía escuchar a la chavalería que salía un rato a jugar y respirar después de las clases, disfrutaba viendo a la gente que se daba un respiro tomando un café en las terrazas y en los bares, aunque le ignorasen y siguieran hablando de sus cosas. Veía como algunos comercios y negocios echaban el cierre o daban las últimas pinceladas a su día de trabajo antes de salir, todo lo hacía en un recorrido que hacía sin prisa, caminando tomando con gusto cada sorbo de cuanto le rodeaba. Casi se olvidaba del resto del día que había tenido, y eso le relajaba lo suficiente para sentirse moderadamente descansado. 

Saludaba y sonreía a cuanto conocido se encontraba, con alguno charlaba un rato, y evitando hablar sobre él y su día gris, preguntaba - ¿como te va?,  o decía, - a ver si un día tomamos un café. Aquello a veces le permitía hablar de otros temas y casi no hablar de sí mismo y sus cosas, y no lo hacía porque le molestase hablar de él, lo hacía por no contagiar a los demás de la nube gris que a veces le acompañaba suspendida sobre su cabeza, y si lo hacía, no daba muchos detalles, o al menos procuraba no hacerlo, aunque a veces, y sin pretenderlo, la perspectiva de otra persona, la visión que tenían otros desde fuera sobre esto o aquello, le venía bien para ver las cosas con más claridad, a veces era ese rayo de sol que tanto buscaba y que ese día no tenía. Seguía su camino y en lo que lo recorría, pensaba esas cosas que se encontraba yendo a casa, en lo que le contaban y se distraía con eso, apaciguaba su espiritu y en ocasiones casia le hacían sonreír. Con todo ello parecía liberarse de una carga o de un peso, era como quitarse una mochila o un pesado abrigo, y casi sentía llegar más ligero a su casa y descansar mejor. 

Ya en su casa, se relajaba, se olvidaba de cuanto pasaba en el exterior y se entregaba a disfrutar de una buena y apacible cena, antes de relajarse en su viejo pero calentito butacón donde a veces se quedaba dormido con la televisión puesta. Podía despertarse a media noche, pero no le importaba, aún era de noche, no tenía que ir a trabajar, todavía no, y por ello se sentía en paz, se iba a la cama y en cuanto allí entraba de nuevo en calor, se dormía profundamente, se entregaba a sus sueños como un niño, y dejaba atrás un día gris, casi gris oscuro.

jueves, 4 de marzo de 2021

LA HABITACIÓN Nº 9

En la habitación nº 9 del hotel, habitaba desde hacía un par de noches una misteriosa y desconocida mujer que sin casi haberse dejado ver ante los demás clientes y personal del mismo, no había pasado inadvertida para nadie. Mientras Oscar, camarero del restaurante del hotel, le subía un café a la habitación, pensaba en ella y en los comentarios que le había escuchado a sus compañeros. Comentaban que "la dama", como la habían apodado, era rara, decían que estaba loca, casi les daba miedo. Decían que rara vez salía de la habitación, apenas se dejaba ver en la barra del bar, o saliendo del hotel para ir a alguna parte que nadie sabía. 

Algunos clientes de habitaciones contiguas, decían que de su habitación salían ruidos extraños, que oían voces que no eran la suya, decían que incluso escuchaban conversaciones y discusiones, peleas de pareja. Pero ninguno se quejó al hotel por todo ello, unos porque sencillamente no les molestaba, e incluso casi les parecía divertido, le entretenía; los otros no se quejaban porque, pensando que no estaba muy en sus cabales, les daba miedo lo que la dama, les pudiera hacer.

Oscar salió del ascensor con el café que dejaba olor a tostado allá por donde pasaba, avanzó por el pasillo en el que apenas se veía a alguna persona que bajaba ya a última hora a desayunar. Llegó a la puerta de la habitación número 9, se paró delante de ella y respiró. No podía evitar cierta tensión por los comentarios que había oido de la dama, no sabía que se encontraría al abrir la puerta. Se decía a sí mismo que sería lo más amable posible con ella y a su vez, lo más breve que esta le dejase ser, y saldría de la habitación lo más rapida y silenciosamente que pudiera, no la quería alterar más de lo que pudiera estar. Llamó con los nudillos, golpeando suavemente la puerta dos o tres veces, una voz ligeramente aguda pero firme y que se dejaba oir bien, preguntó -¿quién es?, Oscar respondió que era el servicio de habitaciones, intentando mostrar la misma firmeza que había escuchado al otro lado de la puerta. Inmediatamente la dama abrió y se apartó para dejarle pasar. Oscar entró saludando lo más amablemente que supo y siendo lo más servicial posible, todo ello sin perder mucho detalle de cuanto veía. La dama le impresionó, era más joven de lo que se había imaginado, y guapa, tanto que pensó que estaba buena. 

La misteriosa mujer de la que tanto hablaban, era más bien alta, buena figura, de buen porte y elegante pero sencilla, tenía buena presencia, o más bien, mucha presencia, no pasaba desapercibida. Era de pelo negro, muy negro, y labios gruesos pintados de rojo intenso que destacaban mucho en su blanca piel. Estaba descalza, con unos zapatos tan rojos como sus labios, al pie de su cama. Sonreía educadamente aunque parecía notarsele que deseaba estar sola, por lo que Oscar le dejó el café en el mueble de la televisión, donde había un ordenador portátil medio cerrado pero del que se veía perfectamente que estaba encendido, aunque no pudo ver que era lo que hacía o véía, en la cama había folios sueltos en los que no quiso fijarse para dejar notar su curiosidad por todo; también había lo que parecía ser un cuchillo de pega, como salido de una novela de suspense, y frascos pequeños que parecían querer simular veneno. No tenía claro si aquella mujer estaba loca, o si podía ser una actriz que él desconociera y que estuviese preparando un papel; también podía tratarse de una escritora concienzuda y que estuviera escribiendo con todo lujo de detalle su próxima novela policiaca, realmente en aquella habitación todo era muy raro, más de lo que la gente llegase a comentar. Sin ninguna duda ya tenía una anécdota que comentar. Salió con una sonrisa y un "buenos días" de la habitación, no sin antes echarle un último vistazo a la dama a la que de buena gana no quitaría ojo. Cerró la puerta suavemente, y se fue sin saber si esa mujer estaba tan loca como todos decían o estaba en sus cabales.

Oscar se metió en el ascensor y antes de que se cerrasen las puertas, echó un último y rápido vistazo a la puerta de la habitación nº 9, y resopló quitándose la tensión  y un gran peso de encima. Sabía que al volver a su puesto de trabajo, los compañeros, como pirañas, le preguntarían por ella, por como era, y la verdad es que no sabía muy bien que responder. Era evidente que no se podía juzgar a nadie con un vistazo y un momento tan breve como el que él había tenido con ella, y francamente le tenía confundido. No sabía que pensar de la dama de la habitación nº 9. 

jueves, 25 de febrero de 2021

ANATOMÍA DE UN VAMPIRO NOVATO

Me llamo Ángel y soy vampiro, bueno... soy vampiro desde hace poco tiempo. Ser vampiro no es como en las películas, no tenemos colmillos, tenemos incisivos muy alargados nutridos por sangre que llega de las encías, asqueroso, ¿verdad?, nos quemamos pero no ardemos al sol como si esto fuera una película de Blade, sobre la inmortalidad las películas si que han acertado. Sobrevivímos al tiempo, siendo esa parte de la historia de la humanidad que ni se cuenta ni se estudia.

Para que entendáis como es un vampiro, os diré que un vampiro tiene en su sangre una bacteria que se desplaza por el torrente sanguíneo de cuerpo infectado, donde arrastra y consumen hematíes. Los glóbulos rojos que no son consumidos se reparten en los tejidos, lo que permite que nuestro cuerpo mantenga un metabolismo limitado. Tras la infección, la víctima queda en coma y no recupera una apariencia de vida hasta que el microorganismo se ha reptroducido lo bastante como para inundar sus venas y reactivar sus músculos. Según la leyenda, los vampiros poseemos una fuerza sobrehumana y somos extraordinariamente ágiles. Se nos suele representar armados con colmillos retráctiles y uñas desmesuradamente largas, falso, yo al menos me hago la pedicura. Además, somos invulnerables a la mayoría de las armas. No comemos, de hecho, somos incapaces de ingerir alimentos, lo cual me jodió bastante porque como humano, era de buen comer, solo bebemos sangre, aunque como humano prefería el vino. 

Y hablando de mí...  Nací a finales de los setenta, en Madrid y tuve una vida bastante normal. Estudié, aunque más bien poco, trabajé... pero siempre sin encontrar mi sitio en la sociedad, creo que no la comprendía, no estaba destinado a ser humano. Me convirtieron en vampiro hace unos meses y aún intento saber y entender qué y quien soy. Ser vampiro fue jodidamente doloroso y no soporto el dolor, mi umbral en este aspecto siempre ha sido sensiblemente bajo, estuve tres meses en cama, así que como veis tampoco es como en las pelis en las que  una noche estás dentro de un agujero o en un ataúd bajo tierra y te despiertas siendo un chupasangre, ¡error!, Ni te mueres, ni tardas tan poco. ¡Eso si!, beber sangre es imprescindible a la par que asqueroso. Os contaré como es el proceso de conversión a vampiro o “nacimiento Vampírico”

La primera parte de la transformación duró semanas hasta que fue completa. Las sensaciones y los síntomas que tuve fueron muy parecidos a los de la gripe, dolor muscular porque el cuerpo estaba cambiando para ser el de un vampiro, y se va haciendo más fuerte, aunque tu sensación no sea esa, además tuve fiebre bastante alta, así reaccióna el cuerpo al cambio, como rechazándo esa mutación y defendiéndose de ella, lo cual te deja echo mierda en la cama, como si te hubiese pasado por encima un autobus. Además, y por repelente que suene, tu creador te visita y te controla preiódicamente y te va absorbiendo la sangre humana y te va alimentando con la suya propia, hasta que ve como te posee por completo, hay que destacar que hasta que el cuerpo empieza a cambiar, además de fiebre alta, tienes vómitos pues ya nada de lo humano lo acepta el cuerpo, y en los pocos momentos en los que puedes dormir algo, tienes pesadillas, visiones... toda una fiesta de sensaciones horribles que no te voy a contar. No todo el mundo puede ser vampiro, hay cuerpos que no soportan tanto castigo, ni siquiera sé como lo aguantó el mío. El nacimiento vampírico lo tiene que realizar un “vampiro mayor”, lo que no implica que sea viejo, de echo hay vampiros con un aspecto muy joven y que al menos tienen decenas e incluso centenas de años. Por ley la transformación la tiene que realizar un miembro del “concilio vampírico (que data del año 1.000 a.C.)” y solo se puede realizar una vez, a no ser que tu hijo muera. Entiendase por hijo aquel miembro que ha sido convertido ha vampiro. Los vampiros no procrean ni tienen hijos como los humanos, algo en lo que tamibién me han jodido, y no es que ligase mucho ni tuviera mucho sexo, más bien poco para lo que se considera normal, pero ahora ya si que nada de nada, mi gozo en un pozo. 

En la segunda parte de la conversión, una vez que tu cuerpo vaya respondiendo al virus, empieza a dejar marchar tu humanidad para abrazar la Vampírica, esos cambios físicos duelen horriblemente, no es como la gripe pero sí como si tuvieras unas agujetas horribles el día después de haberte hecho una maratón de ejercicios. Los huesos empiezan a hacerse más sólidos, los tendones y músculos se hacen más duros y flexibles, la cabeza te duele por las modificaciones cerebrales que se están realizando, la fiebre, que persiste, es altísima, es como arder de dentro hacia afuera. 

La última es la más complicada, contener tu instinto animal y aprender a alimentarse, aceptar tu nueva condición y que la sangre es tu sustento, por lo que has de cogerle gusto. Un vampiro no necesita matar a un humano para alimentarse, tras “la caza” de hace siglos, el Concilio ordeno toda prohibición de matar humanos bajo pena de “muerte infinita”. Necesitamos la mitad de la sangre de un cuerpo humano para sobrevivir, unos tres litros, aunque me he quedado tan delgado que dudo de que este cuerpo tenga tanta sangre. Este aprendizaje nos llevara unos meses, eso me han dicho. A mi se me hace tan largo que parecen años. A veces la oscuridad de la noche se me hace tan larga que me agobia y solo quiero que salga el sol para respirar y por un instante sentirme normal.

Por otro lado hoy en día el Concilio es dueño de hospitales y laboratorios, gracias a ello disponemos de sangre y no hay necesidad de echar mano de los humanos. Con ello no os quiero decir que no se haga, diría que nunca dejó de hacerse, pues hay una antigua facción en guerra con el Concilio Vampírico. Esta facción se hace llamar Rosa de Sangre.

Como véis, ser vampiro no es como se cuenta, al menos no del todo, y a veces es todo tan ridículo, o me lo parece a mi, que casi es como ver una mala comedia en la tele.

jueves, 18 de febrero de 2021

ROSA DE SANGRE

No sé cuando escuché su nombre por primera vez, ni quien me lo dijo, hace tanto de aquello y han pasado tantas cosas..., lo que si sé es que aquella primera vez, me pareció un nombre extraño, casi estupido. No tenía claro que era, me sonaba a muchas cosas. Primero pensé que era una novela, desde luego al oirla nombrar, es en lo primero que puede pensar uno, una novela empalagosa, su nombre también sonaba a hermandad, una de esas de universidad yanqui, muy fresa, pero nada que ver con todo aquello, o no. Su realidad era tan rocambolesca que si sonaba a novela de ciencia ficción, o a película, una de esas americanadas hollywodienses magnificada y de gran presupuesto con actores de renombre a los que hacer la película no les venía muy, no les hacía un favor. Su nombre, Rosa Sangrienta.

Rosa Sangrienta es una logia o secta vampírica, si, has oído bien, vampiros, aunque no creas en ellos, existen. Los vampiros no quieren alianzas secretas con gobiernos, y sí, estos gobiernos  con los que no quieren alianzas ni acuerdos, conocen su existencia desde hace siglos. Sin embargo, condenados a entenderse, hubo vampiros que al margen de la logia, si que pactaron una alianza, secreta, nacida en años de la reina Victoria e impulsada por el Imperio Británico y que en los años siguientes vio la luz para dar a conocer la existencia de los vampiros. Rosa Sangrienta, o Rosa De Sangre, como la quieras llamar, esta en contra de esta alianza y de que los vampiros vean la luz, o más bien de que la luz les de a ellos, creen en la superioridad vampírica sobre la humana y de que son la cima de la pirámide alimenticia y los humanos son el alimento de una raza superior . Rosa De Sangre nació en los años de la inquisición (1.300 d.C) para defender a los vampiros de la persecución de la Iglesia, por aquel entonces, el vampirismo estaba asociado a lo maligno, a las brujas, pócimas y profecías oscuras, Príncipes del Infierno, los llamaban. Dentro de la inquisición había un grupo llamado “Los Caballeros del Sol” que se dedicaban a darles caza y exterminarlos a como diera lugar. La caza no era nada nuevo para los vampiros, que desde su nacimiento eran perseguidos, pero en aquella época el sumo pontífice de entonces intensifico aquella guerra. Durante aquella época el Concilio Vampírico consiguió aliarse con la corona de Francia, lo que hizo recordar los tiempos pasados en los que los vampiros llegaron hacer tratos con gobernantes de la antigua Grecia y en los comienzos del Imperio Romano.

Aprovechando esta guerra muchos vampiros del viejo continente viajaron a España, donde un maestro vampiro ayudo al rey español en aquellos años ha debilitar al papa, El maestro tenía experiencia como espía en multiples ocasiones en épocas distintas. Rosa De Sangre estaba dirigida por el gran maestro Attán, apodado así por su forma de bailar en tiempos de guerra. Attán era un hombre nacido durante la Antigua Grecia que lucho contra los Persas, en una de aquellas batallas fue sometido y convertido en vampiro. Hoy en día sigue siendo el gran maestre de Rosa De Sangre y está en contra de la salida a la luz de los vampiros, el cree que son una raza superior y que han de tener verdadero respeto por su existencia, mientras los humanos se matan por pura avaricia y el egoísmo innato que les da su condición. Según Attán, los vampiros solo han matado para sobrevivir y durante siglos los diferentes clanes vampíricos han coexistido unidos por el Concilio Vampírico mientras veían a los humanos hacerse verdaderas atrocidades entre ellos, devorándose como leones, Attán quiere que los vampiros ocupen el mundo porque son una especie más desarrollada física e intelectualmente que la humana. Aunque no siempre fue de este pensamiento, pues guerras atrás abogaba por la coexistencia pacífica de las dos especies.

Viejos maestros vampiros, creían que este cambio se debía al asesinato de su esposa, también vampira, por parte de otros de su especie, que actuaban al margen de la logia, y como en toda historia de amor, este puede ser bueno y malo, grandes actos de traición, de asesinato, represión... se han hecho por amor y el amor puede volver locos incluso a los vampiros. Aún hoy, en plena era digital donde los teléfonos móviles son más que teléfonos y lo pueden grabar todo y a todos, sigue esa guerra entre Rosa De Sangre y los que actúan al margen de esta, por ver la luz o no. Los que abogan por la luz, se cuelan entre nosotros, se infiltran en nuestra sociedad, de lo más bajo a lo más alto, caminan entre nosotros, a nuestro lado sin que nos demos cuenta de su condición sobrehumana, sin que apreciemos ese olor que les hace diferentes. Al otro lado, en la oscuridad, están los otros, los que se mueven de noche, en las sombras, casi sin hacer ruido, dándonos caza en silencio, como leones cazando gacelas, aferrándose a nuestros cuellos hasta beberse nuestra última gota de vida. Se hacen llamar Rosa De Sangre.

jueves, 11 de febrero de 2021

LARGA NOCHE EN PARÍS

Estaba yo en Paris, invitado por la Sorbona a dar una master class de literatura, o más bien de como escribir un libro como el que había escrito recientemente y que con el gran éxito que me había reportado, me había llevado a tan exclusivo lugar. 

En una lluviosa noche de las que pasé en la ciudad del amor.., gozaba yo de la satisfacción de una copa de cognac, en compañía de un amigo que conocí en aquel viaje, y a quien apodé Lupin porque, con su cara de no haber roto un plato, el tipo era un astuto trilero que podría venderle hielo a un esquimal, mientras te la metía doblada por otro lado, y no podía evitar acordarme del célebre personaje literario creado por Maurice Leblanc. Estambamos sentados en un acogedor y bohemio local, de luz suave, era el típico lugar que uno se puede imaginar al penar en el París más clásico; dicho local estaba en el 33 de la rue Gounod, en Saint-Germain. Durante casi una hora habíamos estado en silencio, disfrutando del calor del lugar, de ver a la gente pasar, de verla conversar o coquetear entre copa y copa; para quien nos viese, sería raro vernos así, sin decirnos nada, observando a nuestro alrededor como mirones; afortnadamente eramos practicamente invisibles a los ojos de los demás, y nadie, salvo los camareros, parecían advertir nuestra presencia. 

Lupin, si así me permitís que le siga llamando, rompió el silencio, al preguntarme la master class, y más concretamente por Marie Cécil, mi traductora en aquellos días, y que me libraba de quedar como un patán con mi horrible y casi nulo conocimiento del francés. Lupin, de quien no he dicho que se defendía mejor en español, mejor que yo en su idioma, había advertido mi atracción por Marie. 

Marie era rubia, de rasgos suaves y dulces; de voz y gestos firmes a quien no parecía intimidarle nada en la vida. Es cierto que no pude evitar fijarame en ella, aunque intentase negarlo, me era imposible, aunque sabía que ahí no podría haber nada, al menos nada duradero, pues mi estancia en París sería corta y pronto volvería a Madrid, a mi rutina mientras recordaría la ciudad, la Sorbona y a sus muchachos preguntando en francés al tiempo que yo ponía cara de "¿que coño está diciendo?"; y por supuesto pensaría en Marie, en su trato conmigo y de cuantas veces me habría hecho de parapeto con el idioma. Y si, por supuesto que pensaría en ella como mujer, en su cara, en sus ojos brillantes cuando me miraba, en sus labios al hablar y sonreir; y, no lo niego, en aquellas curvas que se dibujaban de cuello para abajo y que a pesar de que pretendía disimularlas con ropas holgadas, creo que podría adivinar, lo cual era ciertamente excitante.

La lluvia no parecía amainar, no quería tomarse un descanso y darnos un respiro, y como aún era relativamente pronto, decidímos tomar otra copa. Entre copa y copa Lupin me animaba a invitar salir a Marie, o al menos a un café; en París había cafeterías muy pintonas que podrían servir perfectamente para invitar a un café y lo que surja. Por un lado la idea no me parecía muy buena, me conozco y sabía que si hacía eso, me engancharía a ella y querría más de todo aquello, y volver a Madrid para no volverla a ver, sería como clavarme un punzón, por otro lado podría ser una oportunidad única de estar con ella, con lo que pudiera surgir, y no hacerlo podría ser motivo de arrepentimiento toda mi vida, o al menos durante mucho tiempo. El alcohol me envalentonaba y con él recorriendo mis venas, le dije: "-si, quizá lo haga.-". Tal vez lo hiciera en ese momento en el que me vine arriba, pero ¿pensaría igual al día siguiente?. Probablemente no, mi cobardía, miedo y timidez, un cocktail muy malo, me lo impedirían, y perdería el momento que a buen seguro aprecharía cualquier otro gañán. Decidí no pensar más en eso, ni en ella, al fin y al cabo, simplemente me gustaba, me atraía fisicamente, y no pensaba más allá. Tal vez el gañán era yo. Me entregué a la segunda copa de cognac y a aquella deliciosa y larga noche en París.

jueves, 4 de febrero de 2021

ATRAPADOS EN EL TÚNEL

Laura había cogido el último tren de la tarde para aprovechar más y mejor el día con sus amigas, a las que no veía hacía meses, el confinamiento las había impedido quedar tanto como les habría gustado y tan solo pudieron verse por videollamadas que no siempre era de muy buena calidad. Cuando por fin pudieron quedar, decidieron aprovechar el mayor tiempo posible para estar juntas y ponerse al día de todo, al día y de otras cosas también. 

Llegando a Madrid empezó a recoger sus cosas para no perder tiempo en la salida, no es que tuviese muchas ganas de llegar, más bien quería volver con sus amigas, porque el tiempo que estuvo con ellas se le pasó rápido y le supo a poco. Con los bártulos mano, cogió el móvil para llamar a su padre de que no tardaría mucho en llegar a la estación. Por suerte tenía buena cobertura y no tardó en dar señal. Dos o tres toques y al otro lado del teléfono ya escuchaba la voz de su padre. 

- Hola Laura, ¿por donde vas?, ¿estás llegando?.-

- Si papá, en unos 15 minutos estoy allí.-

En lo que respondía su padre, el tren quedó envuelto por la casi total oscuridad de un túnel poco iluminado y sombrío donde perdió cobertura y la señal se entrecortaba, a penas le entendía y lo que le oía sonaba como enlatado. Ella no quería alzar la voz en el silencio del vagón por no dar la nota, pero la tentación casi la ganaba. Escuchaba a los otros pasajeros que se movían  y se levantaban, algunos estaban en su misma situación, teléfono en mano y sin poder oír, ella no escuchaba nada, y veía poco. El tren parecía coger velocidad y no parar, no se veía  luz al final del túnel, la oscuridad se los tragaba. Al otro lado su padre que tampoco la escuchaba, la hablaba y la preguntaba...

- Hija, ¿estás ahí?, ¿Laura?. ¡No te oigo!.

La señal se cortó, no la volvió a escuchar más. Intranquilo, llegó a la estación, buscó su tren y salió al andén a esperarla. El tren no llegó, nadie tenia noticias de él, perdieron toda señal con él. Y Laura no estaba en el andén. La oscuridad se la tragó, quedando atrapados en el túnel.

jueves, 28 de enero de 2021

EL TREN DEL SILENCIO

Se abrió la puerta de cada vagón dejando paso a los pocos viajeros, que se bajaban al andén esa mañana, en silencio, todos con la mitad de la cara tapada por la mascarilla, algunos casi hasta los ojos, otros con la nariz fuera, cada uno a su manera. Los que esperábamos fuera subimos con celeridad, el tren casi parecía no esperar a nadie y pronto partiría a la siguiente estación. Los que nos subimos, buscábamos asientos libres para evitar el contacto entre nosotros, y en los que no era posible, evitabamos el contacto en la medida de lo posible, casi ni nos mirabamos. La escena era tan surrealista que casi parecía sacada de una novela apocalíptica o de ciencia ficción. El resto mirábamos y sentábamos ordenadamente en los espacios libres del vagón. 

El tren, en un silencio casi ceremonial, se puso en marcho y partió dejando un andén casi vacío y en silencio, dejándome la sensación de partir de una estación abandonada. En el tren me senté al final del vagón, o del coche como le llaman algunos, iba en sentido contrario a la marcha, por lo que siempre iba viendo por la venta lo que dejábamos atras en el camino, y cuando no miraba por la ventana, miraba a los pasajeros que tenía frente a mi, unos estaban de cara y a otros les daba la espalda. Recuerdo que entre los pasajeros había una administrativa treintañera, muy pulcra en su vestuario, apoyada en una puerta, miraba con una amplia sonrisa que se adivinaba a pesar de llevar una mascarilla personalizada puesta, la pantalla de su teléfono móvil mientras movía rápidamente los dedos sobre ella. Había un joven, pegado a un rincón, con un amplio cinturón repleto de alicates, destornilladores y otras herramientas, parecía arrastrar el cansancio de la semana y apuntaba con su mirada perdida a la ventana, viendo como a gran velocidad se acercaba a un destino al que parecía no querer ir. Una mujer de avanzada edad, ayudada por un viajero solícito, se acomodaba en un asiento. A sus pies, caía un bolso enorme que casi parecía ser su maleta de viaje. Un viajero que parecía ser el vendedor de unos grandes almacenes enfundado en un ajustado traje azul marino sujetaba con una mano un maletín que aparentaba ser nuevo, casi podría apostar a que todavía olía a material nuevo. Pocas personas conversaban entre sí, y algunas lo hacían por teléfono, unas casi en susurro, y otras a un volumen que al resto de pasajeros nos hacía participes de la conversación. 

En general, estabamos abstraídos en nuestros propios pensamientos, unos ojeando el periódico o simplemente pasando sus páginas, y otros mirando  sus teléfonos móviles, los que iban en plan ejecutivo, imagino que irían mirando el correo electrónico, gmail probablemente, el correo de los pijos; y otros estarían matando el tiempo de sus monótonas vidas en las redes sociales, criticándose los unos a los otros, o mostrando al mundo una vida irreal, y todo en un ambiente tan sobrio que parecíamos alumnos en una clase haciendo los ejercicios que hubiese mandado el profesor. No reconocía aquel ambiente que en otras ocasiones me había gustado tanto por lo imprevisible que era. 

En otras ocasiones en las que había viajado, siempre tenía alguna anécdota que contar a mi familia o amigos al llegar, siempre ocurría algo como que un hombre que viajaba desde Bilbao y cambió de tren en Madrid, decidía asearse en el baño y aplicándose desodorante en aerosol, provocaba que saltaran las alarmas en la cabina del maquinista y el tren se detuviera unos minutos en medio de la nada, atrayendo la atención de los viajeros, o que un chaval que se subía sin billete tuviera que ir sentado en el suelo, o que un hombre que ayudaba a su padre a subir al tren, se viera encerrado en el "coche" y tuviera que esperar a poder bajar en la siguiente estación; o simplemente hablaba con alguien con quien casualmente había coincidido en viajes anteriores, aunque fuera brevemente. 

En ese tren, ese día no pasaba nada de eso. Era el tren del silencio.

viernes, 22 de enero de 2021

Y QUE ES LA VIDA SINO UNA PUTA LOCURA


Y que es la vida sino una puta locura en la que de repente, mientras estás con los colegas, o con tu mejor amigo o amiga, sin pensartelo dos veces, decides que te vas, que os váis, que os cogéis las maletas y os piráis, e incluso sin maletas, con lo puesto y nada más. Sin previo aviso, sin despediros de nadie, sin llamar a casa, paráis un taxi y le decís al taxista que os lleve a la estación, y en le camino pensáis que estáis como una puta cabra, que todo esto es una locura, pero ¿qué es la vida sino eso una sucesión de ideas locas y actos locos?. De repente decides andar en el desorden, entre momentos y decisiones desordenadas sin un por qué. Y aunque sabes que todo eso es de locos, y en el fondo la estás cagando mucho, no te importa, no sabes por que pero te da igual, te sientes bien en el desorden y la locura y no miras atrás, no piensas hacerlo.  

Llegáis a la estación y salís del taxi y os despedís del taxista que os mira con cara de estar pensando que estáis como una regadera. Entráis en la estación y ni siquiera sabéis donde vais a ir, no tenéis ni idea, puede que incluso alguien esté a tiempo de parar esta locura. Miráis destinos y decidís que os vais a ir lo más lejos posible, a tomar por culo, donde nadie sepa quienes sois, iréis allí donde podáis ser otras personas, inventaros unos nombres y unas vidas, o simplemente ser quienes sois realmente sin que ninguna realidad os reprima serlo.

Con los billetes en la mano, corréis al anden, no podéis perder ese tren a locuralandia, y aún sabiendo que todo eso que estáis haciendo es una puta locura, pero no podéis parar, si lo hacéis quedaréis como idiotas. Os subís al tren y relajáis vuestras risas y bajáis el tono en los comentarios mientras buscáis el vagón que os corresponde y quedáis en vuestro asiento, para que los demás pasajeros no piensen que sois idiotas o vais pedo, aunque vais pedo. Os sentáis y casi os ocultáis para que nadie os mire, y cuchicheáis sobre lo locos que estáis, ni siquiera sabéis donde iréis o que haréis al llegar, no conocéis a nadie allí, no sois nadie allí. Simplemente os vais. Arranca el tren, ya se mueve, ya se va. La locura se consuma, ya no podéis echaros atras, el tren parte y poco a poco dejáis todo atras, y el tren se pierde en el camino, sigue adelante en su destino igual que la vida sigue sin parar. 

 

jueves, 14 de enero de 2021

TRAS LA ESTRELLA DEL CIELO

Hacía un casí un día que caminaban los tres por el desierto, cargados cada uno con todos su enseres y unos presentes para quienes iban a darles posada en las noches que venían, cuando ya bajo el manto de la noche cerrada de invierno, se vieron perdidos en medio de la nada, sin estar muy seguros de que dirección tomar... No había signo de vida alguno allá donde miraban, tampoco se avistaba nada en el horizonte desde hacía horas, y el cansancio que ya acusaban, tampoco ayudaba a tener mejor lucidez en semejante situación. Parados los tres como palmeras en medio de ningún lugar, cada cual dijo de ir en una dirección, norte, este y oeste, sin estar en absoluto seguros de que cada una de ellas fuera la correcta... Ninguno de ellos estaba seguro de que el otro indicase bien la dirección en la que retomar tan arduo viaje, por lo que se quedaron ahí encallados en el mismo lugar en el que pararon, durante un buen rato, casi sin apenas dar unos pasos aquí o allá, y el frío de la noche, en la arena que antes les quemaba al andar, tampoco ayudaba a pensar, y mucho menos a razonar... 

Entonces, uno de ellos, el más mayor de los tres, con su pelo plateado y su poblada barba cana, miró desesperado al cielo infinito y suplicó a Dios por una señal que les indicase hacia donde ir... Sus amigos se quedaron más fríos que la propia noche con aquella suplica de quien jamás habían visto así, y el silencio, más ensordecedor que nunca en ese lugar, se hizo dueños de ellos. Vieron a su amigo mirar al cielo en busca de respuesta, en busca de la señal, y ellos miraron también... Al principio no vieron nada, solo una inmensa oscuridad que se perdía más allá de donde ellos mismos lograban ver, hasta que uno de los tres, casi en frente de él, en el cielo, vio una luz entre dos dunas, tintineante como una llama, y avisó a los otros dos, que tardaron un poco en ver la misma luz en el cielo, era una estrella que se encontraba tan alta que parecía inalcanzable hasta para los mismísimos dioses... Sonrieron aliviados de ver algo en medio de tanta oscuridad, era la señal por la que el más longevo de ellos había clamado y suplicado... 

Como refortalecidos y llenos de energía por el avistamiento de la estrella, cargaron de nuevo sus bartulos y decidieron seguir la dirección en la que se encontraba la estrella, sin tan siquiera saber si esta era realmente la señal que habían pedido o simplemente una casualidad del destino... No sabían si llegarían a su destino, ni a donde irían a para, pero reanudaron el camino tras la estrella del cielo, perdiéndose con ella en la oscuridad del desierto...

jueves, 7 de enero de 2021

LA CASA DE LA NIEVE

Salío de su casa en una de las primeras mañanas de Enero, en medio de aquel invierno, uno de los inviernos más fríos que había vivído en los últimos años. Salío bien abrigado con su chaquetón marrón y su gorra recién estrenada que tan calentita le mantenía la cabeza. Apenas a unos metros de su casa, empezaron a caer los primeros copos de la tan anunciada nieve para aquel fin de semana. Caminando entre los diminutos copos pensó en como estaría ya la montaña, aquella sierra a la que de vez en cuando escapa de la rutina y el mundanal ruido y se refugiaba en su casa de campo, o como él la llamaba, "la casa de la nieve"

La casa de la nieve se encontraba cerca de una montaña que en días de nieve, era traicionera y si no mirabas bien donde pisabas, podrías resbalar y desandar de mala manera el camino que marcabas de ida. Se encontraba en medio de un valle con un río no muy caudaloso que sobre las grandes rocas sobre las que transcurría, se coloreaba en plata durante el día. A lo lejos, la casa se veía casi diminuta y el fuego de la chimenea que avivaba en los días más fríos, apenas se veía con la nieve de fondo, por lo fría que solía estar la leña y que costaba quemar. Dentro de la casa, el fuego mitigaba el gélido ambiente que le rodeaba por la nieve, y daba gusto sentarse junto a él con la manta de oso echada sobre las piernas. Así, al calor del hogar que se había echo solo para él, daba gusto pasar las largas y frías noches de invierno. Allí no pensaba en nada, no se acordaba de la gran ciudad, ni de quienes la habitaban, no había problemas, ni ruido, todo era paz y tranquilidad, solo escuchaba los pequeños y placenteros ruidos que la naturaleza, sin la mano del hombre, cantaban en ese remanso de paz en el que tan agusto se encontraba consigo mismo. 

De vez en cuando, y según el ánimo que tuviese, invitaba a algún conocido a su casa, pero solo gente de campo, gente que vivía o pasaba tiempo cerca del valle, nunca gente de ciudad que le trasladase el tormentoso sin vivir de cada día en sus histéricas y estresantes calles. Ni lo quería, ni lo necesitaba. No se escapaba a la casa de la nieve para eso. Allí solo quería paz y tranquilidad, una buena conversación silenciosa y placentera sobre la vida, alrededor de una botella vino, o de coñac, a veces de whisky con la que calentarse el gaznate y pasar el rato sin preocuparse del tiempo, ni de nada más. 

Cuando estaba allí, ya fuera solo o en buena compañía, no tenía prisa por nada, no había límite de tiempo, no había que ir a ningún otro lugar, tan solo caminar por sus silenciosos caminos llenos de vida y hechos de manera natural. Respirar y no oler gasolina ni tabáco, solo a campo, a brotes verdes y leña quemada de las cabañas que se encontraba en sus paseos campestres. De buena gana y con gusto se quedaría a pasar el resto de sus días en aquel lugar inundado de paz y que pareciera estar lejos del mundo, lejos de cualquier lugar imaginable. Tenía muy claro que su lugar favorito en el mundo para estar y pasar el tiempo, era la casa de la nieve.

viernes, 27 de noviembre de 2020

ENTRE TUS PÁGINAS

Hoy me acordé de ti, de cuando te conocí, me acordé de ese pequeño tiempo que pasamos juntos y en el que entre los dos no pasó nada, aunque ganas no me faltaron. Hoy me acordé de tu libro, aquel que me regalaste sin especial motivo, pero que no tardé en leer porque leerlo era leerte a tí, era saber más de ti, y quería saber de ti, tenía ganas de tí. Hacía tiempo que no lo leía, hacía tiempo que lo dejé ahí, cerca de mi y no lo toqué, quizá porque no quería aferrarme a una historia que si entonces no pudo ser, ahora menos, y tenía que pasar la página. Creo que esta noche, después de tanto tiempo, lo volveré a leer, quizá para leerte a ti otra vez, lo volveré a leer para revivir tus recuerdos. 

Buscaré entre tus páginas el consuelo de tu recuerdo con el que olvidar los pensamientos que me embriagan desde la mañana. La idea de que esos tiempos tan efímeros no volverán, me entristecen y me llevan a una profunda nostalgia gris, gris como el día, una nostalgia lluviosa y encapotada de nubarrones que nos tapan el sol. Supongo que nos aferramos al pasado, ese que siempre nos parece un tiempo mejor que el que vivímos, y por momentos nos cuesta pasar la página, quedándonos anclados en el mismo capítulo una y otra vez. A veces pienso que he cambiado, que me volví más frío y que ya no miro atrás, que ya no pienso en el pasado, aunque realmente no lo dejo de rememorar una y otra vez, y en él estás tú, vuelves una vez tras otra. Sin embargo, todo esto es solo eso, pasado, un pasado que ya no volverá, porque ni tú ni yo estamos ahí, apenas nos volvímos a reencontrar una vez, y después cada cual siguió su camino, un camino que cada día nos ha ido separando más y más. 

Tú te fuiste a una isla de ensueño y con la que todos soñamos alguna vez, y allí encontraste el amor que no encontraste en mi, o te lo llevaste contigo, y lo sembraste recogiendo su fruto, un fruto que yo no te habría podido dar, o tal vez si, nunca lo sabremos. ¿Y yo?, yo sigo aquí, donde me dejaste, donde nos dejamos de ver porque así había de ser, porque, aunque conectamos muy bien, ni tú eras para mi, ni yo era para tí a pesar de que en ese momento de la vida y por capricho del destino, coincidieramos en ese momento. 

No creo que tú busques entre mis páginas, bastante tendrás con las tuyas, probablemente ni siquiera pienses en mi, aunque seguro que me recuerdas. Es lógico, ahora no soy más que ese libro que ves solo de paso y devuelves a su sitio, y en ese sitio me quedo, leyendo el tuyo, leyéndote a tí, y recordándote, porque las historias bonitas, nunca se olvidan.


miércoles, 18 de noviembre de 2020

EL FACTOR SORPRESA

Había conducido durante más de una hora su viejo Ford de los 80 que todavía, y sin quejarse, le llevaba a todas partes. No había avisado a nadie que de saldría de la ciudad, ni de que iría a ver a su familia por el cumpleaños de su pequeña nieta que ya se hacía mayor y al que en su momento no pudo asistir, ni siquiera a ellos les dijo nada, quería darles una sorpresa. 

La casa en la que vivían estaba tan alejada de todo, que ni se podía considerar de pueblo, estaba apartada de la civilización, apartada del mundanal ruido, en medio de un silencio casi tétrico, solo una desgastada carretera rompía la virginidad de aquellas tierras. Al llegar, aparcó relativamente lejos de la casa, no quería que ni el ruido del viejo motor le delatara y le estropease el factor sorpresa con el que fantaseaba. Se bajó del coche y sacó del maletero varias bolsas de la compra que había guardado y que ese día había llenado de todo lo que se le ocurrió que pudieran necesitar, además del regalo que con bastante antelación al cumpleaños, había comprado. Se repartió las bolsas entre las dos manos y echó a andar hacia la casa campo a través, intentando evitar que le vieran llegar por la entrada principal.

El camino estaba cubierto de árboles bien tupidos que en verano daban una agradable sombra en la que refugiarse del tremendo calor, sin embargo, en esos días en los que el otoño ya estaba en plenitud, dejaban el suelo repleto de hojas secas, coloreando el paseo de un marrón verdoso y seco que era casi acogedor. Llegando a la casa, aminoró el paso por el crujir de las hojas que chivarían su llegada. Cada pisada de sus viejas botas eran una señal de alarma que saltaba diciendo que se alguien llegaba. Procuraba pisar despacio, no sabía si pisar de punta o con el tacón. Las hojas no hacían más que quejarse a modo de crujido con cada una de sus pisadas que las machacaban y las partían. 

Cuando ya la tenía a la vista, se quedó detrás de un árbol, intentando ver por alguna de sus ventanas si alguien le pudiera ver llegar, no le pareció ver a nadie y supuso que estarían por las habitaciones, o el sótano quizá. Conservando el factor sorpresa de su llegada, apresuró el paso para evitar que le viesen. Algo cansado, pues había tomado el camino más largo para llegar, se plantó delante de la puerta y antes de llamar, se paró y tomo aire, aire puro del campo, sin contaminar, no como el de la ciudad que olía a gasolina y quien sabe a cuantas mierdas más que respiraba cada día. Más relajado, cogió las bolsas con una sola mano y con la otra llamó a la puerta con los nudillos, dando tres o cuatro golpes, quizá cinco. Esperó un rato hasta que escuchó pisadas que corrían a la puerta, seguramente era la cumpleañera a la que daría una gran sorpresa, y se la dió.

Era ella quien corría y quien abrió la puerta, la puerta y la boca ante la llegada de su abuelo a quien no esperaban ese día. Le gritó a su madre -¡mamá, es el abuelo!, mirando a las escaleras que llevaban al piso de arriba, a las habitaciones. Poco tardó en bajar junto a su marido, con la misma cara de sorpresa que puso la niña al abrir. 

Hubo besos y abrazos en lo que iba a ser una mañana cualquiera. Había logrado lo que quería, conservando hasta su llegada, el factor sorpresa.

domingo, 25 de octubre de 2020

EL NÁUFRAGO PERDIDO

Cuando se despertó, Sebastián estaba empapado, tenía la ropa pegada al cuerpo y tenia frío, el cielo estaba cubierto de nubes grises que amenzaban con echar más agua sobre él. Le dolía todo el cuerpo, y sabía que hacía en esa pequeña balsa en medio de ningún lugar. Levantó la cabeza y solo veía agua a su alrededor, y una roca que asomaba al fondo como si del iceberg del Titanic se tratara. No se escuchaba nada, todo era silencio roto por su respiración. 

Se sentó como pudo, escuchando el crujido de su cuerpo con cada movimiento que hacía, debía de llevar horas ahí tirado, perdido en Dios sabe donde. En la balsa no había nada, solo agua fría que le hacía tiritar. Buscó un remo o una tabla con la que remar y poder ir a algún lugar, aunque no tenía ni idea de en que dirección ir. No se veía nada ni en el punto más lejano que su vista alcanzaba a avistar, el mar de nubes que había sobre su cabeza no ayudaban mucho a dejarle ver, solo veía agua desde donde estaba, hasta donde se le dibujaba el oscuro horizonte. Palpó los bolsillos de su chaqueta azul, ahora casi negra por el agua, y no tenía nada, no llevaba nada encima, ni su cartera, ni papeles, ni siquiera su cajetilla de cigarros. Tampoco tenía nada en los bolsillos del pantalón, solo agua, ni en el bolsillo de la camisa, aunque eso era habitual en él, aunque ahora le habría ido bien, aunque fuera como distracción ante esa situación. 

Recordaba que había ido de crucero por el mediterráneo como despedida de soltero, era un crucero pequeño organizado por sus amigos que buscaban tener con él una última aventura, la última travesura antes de sentar la cabeza y volverse un hombre formal. Recordaba estar en la cubierta del barco con ellos, todo se movía, probablemente por una monumental borrachera que se habría enganchado con ellos, o tal vez fuera el barco, no sabía. Tal vez fueron ellos quienes gaastándole una tremenda inocentada le dejaron ahí, ebrio, como una cuba, pero después ¿qué?. A los dos días de iniciar el crucero se casaba, en Ibiza, en una boda rollo hawiana, hippie, muy loca. ¿Dos días?, puede que fuese ese mismo día en el que estaba perdido en medio de ningún lugar, en el que se casaba, y no tenía modo de hacer nada. 

Se echó las manos a la cara, como queriendo que la oscuridad que formaba con ellas, le aclarase las ideas. Al levantar la cabeza, miró de frente y vio que algo parecía ir en su dirección. Se acercaba rapido, de pronto se le pasó todo el entumecimiento y se le encendieron todos los sentidos como si de alarmas se tratase. El objeto en cuestión parecía ser de gris claro, parecía bastante evidente que se trataba de un tiburón con intención de rondarle. Se quedó en silencio, bajó su respiración todo lo que pudo y casi no se movía, todo salvo su cerebro que puso a dar vueltas a mil revoluciones. Con el mínimo ruido que pudo hacer, se tumbó y se quedó lo más inmóvil que pudo. Intentó relajar el cuerpo para dejarlo muerto, pero sentía rigidez en la espalda y eso no ayudaba a la relajación. Ni siquiera pudo cerrar los ojos, y se quedó como una tabla más de la balsa, mirando al cielo gris que parecía confabularse con el tiburón. No había nada en él, solo nubes amenazantes que intimidaban todo cuanto había a su paso, ni un triste pájaro las acompañaba. Pensó que prefería tener algún pájaro sobre cagándole encima, a tener un tiburón con ganas de banquete, rondándole. 

Esperó y esperó, inmóvil, sin emitir sonido alguno, la tensión del momento hacía que ya ni notase el agua empapándole. A penas respiraba y suspiraba practicamente en silencio, rezándole a algún dios que anduviese por ahí y le echara la mano de alguna manera. Resignado, cerró los ojos y se dejó llevar con la esperanza de que algún milagro le salvase. De pronto y sin previo aviso, sintió un empujón enorme, notó como era levantado por algo enorme, quizá fuese el tiburón, o tal vez una ola que lo llevase y lo alejase del escualo, librándole del peligro. Lo levantó tanto que de repente se vio volando por los aires, sin poder reaccionar. 

Tan pronto se voló por los aires, como se estampó contra el mar, engulléndole como si del propio tiburón se tratará, y todo se volvió oscuro y frío, envuelto por el agua que se lo tragaba de un bocado, al tiempo que el temido visitante del náufrago se iba sin hincarle el diente, tal vez en busca de una victima mejor.

Sebastián no volvió a sacar la cabeza del mar.

lunes, 28 de septiembre de 2020

LA OSCURIDAD QUE LLEVABA DENTRO DE SI

No sabía como empezaron esas pesadillas, pero si se cuando. No empezó a tenerlas a raíz del accidente con el coche, ya las tenía de antes, quizá por ellas tuvo el accidente aquella tarde gris y ligeramente lluviosa, ellas le tenían distraido y casi nervioso. 
 
La noche antes del accidente tuvo el mismo sueño que hacía días se le repetía como una historia macabra de cine negro. Era un sueño extraño, extraño y desagradable. 
 
Veía la escena desde dentro de si mismo, la veía de tal manera que no sabía explicarla, y sin embargo la veía casi nitida en su mente una y otra vez, era un observador impasible dentro de su propio cuerpo. No sabía donde estaba, porque nunca estuvo en un lugar así, y sin embargo se le hacía familiar, como si hubiera estado allí antes, o siempre, era como déjà vu
 
Estaba en una especie de cloaca, sucia y humeda, tanto que prefería pensar que lo que pisaba era solo agua. Solo entraba algo de luz por una un lado y no iluminaba mucho. Había un hombre, o eso le parecía por la silueta que se dejaba adivinar por la débil luz. No le veía la cara, era como si siempre estuviera en la sombra, solo sabía que esa silueta no le era desconocida, la conocía y no sabía de qué ni de donde, pero ya se habían visto antes. Estaba a su espalda, sentía su respiración en la nuca y en el cuello cuando este le hablaba, sentía su aliento frío, tanto que se subió el cuello del abrigo, y lo cerró más entorno a si mismo para darse calor. Al depertar nunca recordaba lo que le decía el misterioso hombre que siempre tenía a su lado en las pesadillas, nunca le oía al hablar, pero si le entendía lo que decía. 
 
La imagen que tenía de él no era clara, era como si le viera en blanco y negro o a través de la niebla, tenía la sensación de que era mucho más alto que él, casi gigante, y tenía unas gafas toda de cristal o de una montura ligeramente brillante. La verdad es que no recordaba bien la conversación con ese hombre, si es que la tenía, pero siempre estaba en algún rincón de su mente, como escondida, era como si el misterioso hombre le persiguiera a distancia, ¿qué quería de él?. 
 
Solo sabía que acaba derribando al misterioso hombre en la oscuridad en un ataque de ira y hartazgo. Y le estrangulaba, le envolvía el cuello con sus manos y le clavaba las uñas con tal fuerza que le dolían las manos, y el hombre de la sombra se reía gozoso, se reía de él porque había sacado a la luz la oscuridad que llevaba dentro de si.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

GUSANOS POR MARIPOSAS

Estaba solo en su habitación con el ruido del cortacésped como único acompañamiento, se encontraba casi a oscuras, tan solo iluminado por la pantalla de su ordenador y la poca luz que le entraba de la calle a media mañana. Estaba nublado y hacía fresco, el verano ya se había ido y los primeros vientos de otoño se hacían notar levemente en sus heladas manos, siempre las tenía frías aunque no hiciese mucho frío, era como si la sangre se hubiese ido con aquel verano que todos los años se le hacía tan corto, muchos eran los meses que le esperaban de frío, lluvia y viento, y nieve tal vez, se le hacía demasiado largo. 

Sentado frente a la hoja en blanco del ordenador, le daba mil vueltas a la cabeza intentando sacar una historia para su próxima publicación, pensaba en todo tipo de historias sin saber muy bien cual contar, no tenía decidido a que público dirigirse, sabía que en su mayoría sus lectores, eran lectoras, o al menos eso pensaba porque sus seguidores mayormenete eran seguidoras, y por los comentarios que otras veces había recibido en sus ya viejas publicaciones, pero también pensaba en aquellos que alguna vez le habían escrito, lo que a veces le había llevado a publicar algo quizá más masculino, y pensaba en historias más oscuras que las que había publicado, historias grises de suspense o de asesinato, misterios tal vez, historias que las visulizaba como si se dieran casi en los años 30, 40 o 50, aunque casi siempre ocurrían en la actualidad. Veía a sus personajes que muchas veces se basaban historias que había visto en películas o series de televisión. Sin embargo, esta vez no sabía o simplemente no tenía que escribir.

Tantas vueltas a la cabeza, le bloqueaban, no sabía como empezar o si empezaba, no sabía como seguir, apenas escribía un par de párrafos y no sabía como continuar, y el ruido de la máquina que cortaba el césped de su jardín no ayudaba a aclarar las ideas, más bien las llenaba de ruido, mientras la escuchaba ir de un lado a otro, ¿tanto tenía que cortar?, ¡si había estado allí mismo hace nada!, y el jardín era pequeño, apenas doblaba la esquina del bloque donde vivía, no era el jardín de una mansión que mantuviera al jardinero ocupado media mañana, aunque esa media allí se la pasara. Tal vez lo hacía para justificar el sueldo y el tiempo y no tener que ir a ningún otro sitio más. Se paraba y bostezaba y se volvía a parar, pensaba y pensaba sin saber con que más se podría enrollar, al final solo tenía palabrería para rellenar. Escribía, borraba y volvía sobre sus letras como quien vuelve sobre sus pasos y en teoría lo escrito era mejor que lo anterior, o no, pero ahí lo dejaba cansado de no escribir nada. 

Las ideas ya no fluían como antes, serían los años o simplemente que ya no había inspiración, había querido hacer tanto que ya casi no hacía nada. Tal vez escribió tanto antes, que no se guardó nada y su cabeza, su corazón y hasta sus mismas entrañas eran como un cajón vacío que suena a hueco y huele a viejo y cerrado, y el único papel que ahora quiere guardar ahí es el que pueda acabar fumado. A veces se veía a si mismo en el espejo tocándose la barba de 3 días, como si de esta pudiera sacar las ideas y la inspiración que ahora le faltaban, y a veces, como si esta le hablara, sacaba al menos una frase o dos con las que continuar. 

Cuando el jardinero y su cortacésped se habían ido, solo quedaba un vacío que se extendía a él, miraba a ese vacío en el que no veía nada, y nada le inspiraba para continuar, quizá ese ruido que iba de un lado a otro, si le ayudaba y cuando no estaba, no escribía nada. Y todo aquello, mientras el tiempo corría se le echaba encima, le ponía ciertamente nervioso, le cortaba la respiración en busca de inspiración y el estómago le arrugaba, le doblaba. Aquello no eran mariposas en el estómago ni en el corazón, sentía que esas cosas eran gusanos por mariposas.

lunes, 7 de septiembre de 2020

UN WHISKY QUE SABE A JUVENTUD

Hacía mucho tiempo que no me tomaba un whisky, años sin catarlo, ya casi no recordaba su olor y su sabor, un sabor que me recordaba a mis años juventud no tan lejana, aunque cada vez se alejaba más. 

Con el primer trago me vinieron recuerdos de sus noches en la discoteca Kapital, en Atocha y algunos sitios más, me llegaban flashbacks de aquellos fines de semana de ron y vodka, era como volver a ellas, como si nuevamente estuviera allí. Y las borracheras, recordaba aquellas borracheras de mezclar que tan mal me sentaban, que me quitasen lo bailao, me daba igual, aquellos años, mis años 20, ya no iban a volver y nadie me los iba a quitar. Fueron años jovenes en los que la testosterona se disparaba y donde creo comerme un mundo que se sin darme, como todos a esa edad, cuenta me lo comería a mi.

Con aquel whisky que llevaba tanto tiempo sin beber, recordé aquellas noches en las que en muchas ocasiones me llegaba a amencer, recordé ese sabor que me dejaban en la boca los no más de tres o cuatro cubatas, probablemente de garrafón, que me podía llegar a tomar, recordé también, a medida que lo bebía, aquellas vueltas en taxi, a primera hora de la mañana, e incluso aún de noche sin llegar a amanecer, con la boca medio dormida. Recordaba que solo quería dormir, y solo dormía, a veces tantas horas que se me iba el día, y llegaba la noche en la que volvería a salir.

Ya no recuerdo cual fue el primero, hace tanto de eso, tantos años y tantos pelotazos que me había tomado, al fin y al cabo todos me sabía igual. Aquel whiskola, no era de mis favoritos, casi prefería el ron con el que también tuve mis buenas borracheras, sin embargo y después de tantos años, me reencontré con ese viejo amigo que me supo hasta bien, me supo a buenos tiempos, a mis salidas por Madrid y quemar noches sin dormir, por un momento, hizo de este cuarentón un veinteañero lleno de energía más de noche que de día.

Puedo decir que ese era un whisky que sabe a juventud.

viernes, 21 de agosto de 2020

EL AIRE ARDE

 

El aire arde, 

me quema la garganta al respirar, 

me ahoga y me abrasa la piel. 

No puedo pisar el suelo, 

me quema los pies. 

Es como estar dentro de una burbuja de aire, 

denso y candente que te envuelve y te atrapa, 

no te deja respirar, 

te ahoga.

Solo espero que acabe pronto con esta agonía, 

ni siquiera puedo pensar con claridad.

Todo está borroso y confuso, 

una neblina me ciega y me quema los ojos,

casi no puedo abrirlos, me mareo y siento que caigo al suelo ardiendo,

me quema la piel y la funde capa a capa hasta llegar al hueso, 

quema tanto que ni me duele.

Pronto seré huesos deshechos y carbonizados, 

nadie sabrá quien soy, 

y quien fui se lo llevará el viento abrasador.

El aire arde.

martes, 4 de agosto de 2020

¿DÓNDE ESTÁ SANDRA?

-¿Qué pasó anoche con Sandra, tío?, ¿qué has hecho?.
-¿Que qué he hecho?, no sé, me acabo de despertar, no me acuerdo de nada.

Ese fue el despertar del niño Carlos tras desperezarse de la resaca, una taza de café cargado y la llamada de su amigo Andrés. Era cierto que no se acordaba de nada, la borrachera que se pilló era tan grande que no sabía que hizo esa noche. Sandra era su chica, no llevaba mucho tiempo con ella, tan solo unos meses, y la relación no parecía que tuviera mucho futuro. Asustado por la pregunta de Andrés, intentó recordar que hizo o que pasó, no tenía ni idea, solo se acordaba de el sabor amargo de la última copa.


Sandra había desaparecido, nadie sabía donde estaba. No sabían nada de ella desde que la noche anterior se había despedido de unas amigas para ir a cenar con Carlos. Ni siquiera había por whatsapp sabían de ella, no había escrito en toda la noche, algo inusual en Sandra que hasta solía mandar mensajes tan banales como " El primer copazo de la noche, chicas!!!", cuando solo tenía una coca cola helada en la mano. Al principio no le habían dado importancia al no tener nada de ella, imaginaban que se estaría enrollando con Carlos y se olvidó de todo o sencillamente pasó del móvil, así que la dejaron a su bola, que estuviera con su chico y ya por la mañana la darían un telefonazo para que les contara. En algún momento de la madrugada hasta la habían llamado sin tener respuesta, pensando que probablemente se estuviera tirando a Carlos y hubiera silenciado el teléfono, o simplemente que estuviera dormida, por lo que dejaron de preocuparse por ella y no darle más la chapa, al menos hasta que la volvieron a escribir y a llamar por la mañana.

Era casi mediodía cuando aún seguían sin saber nada de Sandra, ni un mensaje, ni una llamada, ninguna señal de ella, no se había conectado desde la noche anterior, más de doce horas sin saber de ella. Carlos tampoco se había conectado, no sabían nada de ninguno de los dos, pensaban que estarían como troncos, borracho él y desnudos, así se los imaginaban, y hasta les hacía gracia al principio, pero era muy extraño en ellos. Leticia, amiga íntima de Sandra, y Andrés, con quien tenía bastante buena relación, fueron a casa de Sandra, se les hacía muy raro no saber de ella, que vivía pegada al móvil, y les preocupaba mucho no tener noticias suyas.

Sandra estaba rehabilitándose de su adicción a las drogas, llevaba casi un año y parecía que empezaba a enderezar un poco su vida, se estaba desenganchando del alcohol que se bebía como agua y de sustancias varias como las tachas, o de vapear, lo que unido al alcohol, la colocaba y la hacía perder el norte. Como suele ocurrir en la mayoría de casos de adicciones, Sandra empezó con ellas en su adolescencia, con una unidad familiar desunida, con unos padres separados y que transitaban por mal camino. Su padre era un vago que solo quería vivir de un cuento que solo él se contaba, y acabó yéndose de casa a vaya a saber Dios donde, llevaba años sin verle ni saber de él, y su madre, que quería vivir un sueño americano en Madrid, abrió un local cutre de tattoos con un bala perdida que la perdió a ella. De su madre si sabía, aunque no quería saber nada de ella. La rebeldía de los años adolescentes la hizo caer en las adicciones, eran tiempos convulsos en los que todo le daba igual, y a la vez no quería como esos padres que se olvidaron de ella, obligándola a cuidar de si misma como podía. Andrés y Leticia habían estado con ella desde el principio y Sandra, consciente de su situación y de que no podía seguir así, por su propia seguridad, le había dado a su amiga una copia de las llaves de su casa, y llaves en mano decidió ir a su casa, esperando verla tirada en la cama.

Al entrar, se encontraron abiertas todas las puertas interiores del piso, algo que no solía hacer Sandra, antes de irse a dormir, siempre las cerraba, era parte de la terapia, una pauta marcada para seguir y tener orden en su alocada vida. Había un silencio casi sepulcral, olía a cerrado y a tabáco, alguien había fumado y temían que fuera su amiga, temían que hubiese recaído, y más desde que estaba con Carlos, que fumaba y bebía, aunque ella estuviese delante. En el salón se encontraron una lata de coca cola vacía, varías botellas de cerveza tipo ale de alta graduación, también vacías y lo que más temían y no querían ver, una vapeadora, seguro que Sandra había fumado y bebido. Sabían que con Carlos eso podría pasar, sabían que algún día podría recaer, y ese día llegó. La llamaron, recorrieron todas las habitaciones, que tampoco eran muchas, no era un palacio. Todo parecía en orden, las camas hechas, armarios cerrados..., todo hacía pensar que solo estuvieron en el salón, donde llevaron la cita y evidentemente se desfasaron.

Sandra no estaba.

Sandra no estaba, y no se había llevado nada, solo la cartera y lo puesto, hasta se había dejado el móvil tirado en el sofá, casi no tenía batería, y si se había vuelto a emborrachar y a colocar, quien sabe a donde habría ido, no tenían ni idea. Leticia, muy preocupada, empezó a llamar a cuanta gente conocía a Sandra, y a cuanto sitio solía ir, nadie sabía nada, nadie la había visto ni hablado con ella, algunos en horas, otros en días. Entonces fue cuando Andrés, más cabreado que preocupado, llamó a Carlos para preguntarle por ella.

-¿Qué pasó anoche con Sandra, tío?, ¿qué has hecho?.
-¿Que qué he hecho?, no sé, me acabo de despertar, no me acuerdo de nada.