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jueves, 11 de febrero de 2021

LARGA NOCHE EN PARÍS

Estaba yo en Paris, invitado por la Sorbona a dar una master class de literatura, o más bien de como escribir un libro como el que había escrito recientemente y que con el gran éxito que me había reportado, me había llevado a tan exclusivo lugar. 

En una lluviosa noche de las que pasé en la ciudad del amor.., gozaba yo de la satisfacción de una copa de cognac, en compañía de un amigo que conocí en aquel viaje, y a quien apodé Lupin porque, con su cara de no haber roto un plato, el tipo era un astuto trilero que podría venderle hielo a un esquimal, mientras te la metía doblada por otro lado, y no podía evitar acordarme del célebre personaje literario creado por Maurice Leblanc. Estambamos sentados en un acogedor y bohemio local, de luz suave, era el típico lugar que uno se puede imaginar al penar en el París más clásico; dicho local estaba en el 33 de la rue Gounod, en Saint-Germain. Durante casi una hora habíamos estado en silencio, disfrutando del calor del lugar, de ver a la gente pasar, de verla conversar o coquetear entre copa y copa; para quien nos viese, sería raro vernos así, sin decirnos nada, observando a nuestro alrededor como mirones; afortnadamente eramos practicamente invisibles a los ojos de los demás, y nadie, salvo los camareros, parecían advertir nuestra presencia. 

Lupin, si así me permitís que le siga llamando, rompió el silencio, al preguntarme la master class, y más concretamente por Marie Cécil, mi traductora en aquellos días, y que me libraba de quedar como un patán con mi horrible y casi nulo conocimiento del francés. Lupin, de quien no he dicho que se defendía mejor en español, mejor que yo en su idioma, había advertido mi atracción por Marie. 

Marie era rubia, de rasgos suaves y dulces; de voz y gestos firmes a quien no parecía intimidarle nada en la vida. Es cierto que no pude evitar fijarame en ella, aunque intentase negarlo, me era imposible, aunque sabía que ahí no podría haber nada, al menos nada duradero, pues mi estancia en París sería corta y pronto volvería a Madrid, a mi rutina mientras recordaría la ciudad, la Sorbona y a sus muchachos preguntando en francés al tiempo que yo ponía cara de "¿que coño está diciendo?"; y por supuesto pensaría en Marie, en su trato conmigo y de cuantas veces me habría hecho de parapeto con el idioma. Y si, por supuesto que pensaría en ella como mujer, en su cara, en sus ojos brillantes cuando me miraba, en sus labios al hablar y sonreir; y, no lo niego, en aquellas curvas que se dibujaban de cuello para abajo y que a pesar de que pretendía disimularlas con ropas holgadas, creo que podría adivinar, lo cual era ciertamente excitante.

La lluvia no parecía amainar, no quería tomarse un descanso y darnos un respiro, y como aún era relativamente pronto, decidímos tomar otra copa. Entre copa y copa Lupin me animaba a invitar salir a Marie, o al menos a un café; en París había cafeterías muy pintonas que podrían servir perfectamente para invitar a un café y lo que surja. Por un lado la idea no me parecía muy buena, me conozco y sabía que si hacía eso, me engancharía a ella y querría más de todo aquello, y volver a Madrid para no volverla a ver, sería como clavarme un punzón, por otro lado podría ser una oportunidad única de estar con ella, con lo que pudiera surgir, y no hacerlo podría ser motivo de arrepentimiento toda mi vida, o al menos durante mucho tiempo. El alcohol me envalentonaba y con él recorriendo mis venas, le dije: "-si, quizá lo haga.-". Tal vez lo hiciera en ese momento en el que me vine arriba, pero ¿pensaría igual al día siguiente?. Probablemente no, mi cobardía, miedo y timidez, un cocktail muy malo, me lo impedirían, y perdería el momento que a buen seguro aprecharía cualquier otro gañán. Decidí no pensar más en eso, ni en ella, al fin y al cabo, simplemente me gustaba, me atraía fisicamente, y no pensaba más allá. Tal vez el gañán era yo. Me entregué a la segunda copa de cognac y a aquella deliciosa y larga noche en París.

miércoles, 15 de agosto de 2018

CIELO GRIS

    ¿Qué hacer cuando tienes un día o un momento lluvioso?, no se sabe, es un momento que se presenta sin más, sin avisar, sin buscarlo ni esperarlo, llega de repente como en llega en un día gris, tu cielo se encapota, se nubla cubriéndose de negros nubarrones que amenazan lluvia, la lluvia que sin poder hacer nada, brota de tus ojos, nublando por completo tu día y tu cielo, una lluvia que te encoge el corazón y te hace sentir triste y melancólico como un día lluvioso, y no lo puedes evitar. 

Notas las lágrimas que se amotonan en tus ojos queriendo salir a borbotones atropellándose unas a otras, y no puedes hacer nada por impedírselo, porque de todas formas van a salir, necesitas que salgan y por tanto se lo permites, y lloras como llora el cielo, salen dejándose caer frías, recorriéndote la cara y bajando por el cuello, y no las paras, te da igual, necesitas descargar igual que descarga la tormenta hasta que no quede ni una en tu cielo nublando, y lo haces sabiendo que detrás de estas, probablemente vengan más como vienen mas nubes por detrás, para llover más y más. 

Dejas que llueva en silencio, sin que nadie de ello se pueda percatar, sin que nadie se pueda ni se llegue a mojar, porque es tu tormenta, es tu lluvia, y con ella, solo tú te has de mojar hasta que no quede ni una nube que te haga llorar más.

Dejas que las lágrimas arrecien como arrecia la lluvia en una tarde de otoño, fría, triste y gris, así como te sientes, como lluvia de otoño, y sabes que pasará, y que probablemente mañana salga el sol, pero hoy no, hoy no es su día, ni su momento, ni el tuyo tampoco, y lo llevas como puedes, te rindes y te dejas llevar hasta que de tus nubes, no pueda llover más, y lo dejarás pasar, esperando que mañana sea un día mejor, esperando que mañana quiera salir el sol.


viernes, 8 de diciembre de 2017

LLUEVE

    Cae agua sobre la ciudad en la que nunca llueve ni cae nieve. 

Prisas y estrés a la hora del trabajo y el café, contaminación que nos hace caminar bajo una nube de polución que va en todas sus tonalidades del gris al marrón. 

Gente que a la carrera se guarda y resguarda bajo la lluvia que no amaina y les deja encerrados para no quedar hasta los huesos calados. 

Pies del derecho y del revés que a buen ritmo no dejan de andar sobre calles que se mojan sin parar, sin paraguas y solo bajo sus abrigos sin importar cuanto se puedan mojar hasta empapar. 

Dejan lágrimas en esas huellas que quedan en el camino esperando que pronto bajo otros pies hayan desaparecido. 

Miradas extrañas en caras de las que ni se percatan pero que sonrisas para dentro sacan, esperando que alguien les pregunten si bajo la música de la lluvia, bailan.