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lunes, 31 de octubre de 2022

Noche de Halloween, víspera de todos los Santos...

 

Noche de Halloween, víspera de todos los Santos... Mis colmillos aparecen solo una vez al año... Cuando el anochecer y las niebla fría y sin aliento revelan la oscuridad más profunda de la noche y de mi alma... La luna llena parece más llena que nunca, más grande y teñida de rojo sangre, sangre de los espiritus que esta noche despiertan... Los corazones laten más fuertes, los puedo oir, siento su latido, huelo su sangre en cada uno de ellos, despertando en mi, mis sentidos más primarios... Mis instintos más oscuros me ganan a medida que el cielo de la tarde desaparece bajo el negro manto del frío otoño... Gente vestida de seres oscuros llenan las calles poco a poco, ríen pensando que aquellos que visten son felices, ríen ignorando que los auténticos seres oscuros despiertan y les vigilan en esta noche de muerte, cuervos, arañas, murciélagos, todos los seres de la noche les marcan el camino a su frágil humanidad que hoy les será arrebatada sin permiso ni perdón... La sed, esa sensación tan humana y tan diabólica se apodera de mi, quiere estos corazones alegres e inocentes llenos de vida, tengo que buscar un alma generosa que en su ingenuidad me dé su torrente de vida y sacie mi sed... La encuentro, es un noche en la que estas almas ebrias se abren a la vida y socializan con cualquiera, ni siquiera me ven llegar y cuando me ven, soy una más entre ellos, una máscara más; les atrapo como si de la mismísima oscuridad se tratara, como si fuera su propia sombra pegada a ellos... Me pierdo entre ellos, entre sus calles horrendamente engalanadas de calabazas de papel y de cartón, entre fantasmas hechos con muy poca mano, fantasmas que no sabes si ríen, lloran o simplemente quieren salir corriendo como yo lo haría... Finjo dejarme llevar hasta que tomo su mano y entre la algarabía pre-cena de halloween desaparecemos sin hacer ruido como el aire se cuela entre nosotros y se va sin despedirse... El ser que ha despertado en mi necesita beber de su fuente de vida, aún con alcohol y todo, no lo notaré, la bestia que llevo dentro solo quiere sangre, su sangre y la de tantos como pueda tomar esta noche, solo esta noche, después no tendré ninguna más hasta el próximo año en que la luna llena, la luna de sangre, la luna de todos los muertos, suene como un despertador en mí y poseída por ella, me deje llevar y arrastras hasta esas almas ignorantes de mi, sean mías como lo serán esta noche... Noto la fragilidad de este ser entre mis colmillos, noto como su vida emerge de él igual que si el agua saliera de la tierra rota, y aunque quiere e intenta zafarse de mi, no puede, su estado y el monstruo que lo posee entre mis brazos, no le dejan, y no sabe que pasa, no sabe que en esta su última noche de miedo, se le va la vida... El calor de su sangre, su sabor, todo llena mis entrañas, me inunda las pupilas encendidas de sangre... Su vida es mía, ya no le pertenece, mañana su piel pálida y seca se confundirá con el maquillaje de esta noche, y ya será tarde cuando alguien se fije en él, mañana será otro santo entre los santos que venerarémos, él y unos cuantos más em esta noche de halloween, vispera de todos los santos...

miércoles, 14 de septiembre de 2022

En memoria de Javier Marías. (1951-2022)

Javier Marías Franco (1951-2022), ​fue un escritor, traductor y editorespañol. El 29 de junio de 2006 fue elegido miembro de la Real Academia Española —tomó posesión el 27 de abril de 2008—,34​ en la que ocupaba el sillón R, que quedó vacante tras la muerte de Fernando Lázaro Carreter. Anteriormente, en 1994, había declinado pertenecer a la institución porque su padre ya ocupaba una plaza.

 


 Primeras publicaciones. 

  • En 1970 escribió su primera novela, Los dominios del lobo, que saldría al año siguiente. 
  • En 1972 publicó Travesía del horizonte, y en 1978 El monarca del tiempo. Ese mismo año apareció su traducción de la novela de Laurence Sterne La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, por la que le fue concedido al año siguiente el Premio de traducción Fray Luis de León.​ 
  • En 1983 salió su cuarta novela, El siglo. El hombre sentimental aparece en 1986 y, dos años más tarde, Todas las almas, obra esta última que narra la historia de un profesor español que imparte clases en Oxford, lo que dio lugar a que el narrador fuera identificado como Marías.
  • En 1990 salió su primera recopilación de relatos breves, Mientras ellas duermen, y en 1991, la primera de artículos periodísticos, Pasiones pasadas. En años sucesivos aparecieron nuevos volúmenes recopilando su obra publicada en prensa y revistas.

Consagración. 

  • Corazón tan blanco (1992), en la que se mezclan novela y ensayo, tuvo un gran éxito tanto de público como de crítica, supuso su consagración como escritor. Fue traducida a decenas de lenguas, y el crítico alemán Marcel Reich-Ranicki mencionó a Marías como uno de los más importantes autores vivos de todo el mundo.
  • Su siguiente novela, publicada en 1994, Mañana en la batalla piensa en mí (título tomado de un verso de Shakespeare, al igual que Corazón tan blanco), recibió importantes premios en Europa y América, como el Rómulo Gallegos (fue la primera vez que este galardón fue otorgado a un español)​ y el Fastenrath, de la Real Academia Española.
  • En 1998 apareció Negra espalda del tiempo.
  • En 2002 comenzó a publicar la que podría calificarse como su novela más ambiciosa, Tu rostro mañana. Aunque de lectura independiente, continúa con algunos de los personajes (en particular, el narrador) de Todas las almas. Debido a su extensión, más de 1500 páginas, el autor decidió publicarla en tres tomos (Fiebre y lanza, 2002; Baile y sueño, 2004; y Veneno y sombra y adiós, 2007).
  • En 2011 publicó Los enamoramientos, de abril, a octubre de 2011 la novela había sido traducida ya a 18 idiomas y la edición de Alfaguara había vendido más de 100.000 ejemplares. Fue elegida libro del año 2011 por el suplemento cultural Babelia de El País.

Novelas

  • Los dominios del lobo (Edhasa, 1971)
  • Travesía del horizonte (La Gaya Ciencia, 1973)
  • El monarca del tiempo (Alfaguara, 1978)
  • El siglo (Seix Barral, 1983)
  • El hombre sentimental (Anagrama, 1986)
  • Todas las almas (Anagrama, 1989)
  • Corazón tan blanco (Anagrama, 1992)
  • Mañana en la batalla piensa en mí (Anagrama, 1994)
  • Negra espalda del tiempo (Alfaguara, 1998)
  • Tu rostro mañana (Alfaguara, 2009)
  • Los enamoramientos (Alfaguara, 2011)
  • Así empieza lo malo (Alfaguara, 2014)
  • Berta Isla (Alfaguara, 2017)
  • Tomás Nevinson (Alfaguara, 2021)

Cuentos

  • Mientras ellas duermen (Anagrama, 1990)
  • Cuando fui mortal (Alfaguara, 1996)
  • Mala índole (Plaza & Janés, 1998)46
  • Mala índole. Cuentos aceptados y aceptables (Alfaguara, 2012)

Ensayos

  • Cuentos únicos (Siruela, 1989)
  • Vidas escritas (Siruela, 1992)
  • El hombre que parecía no querer nada (Espasa, 1996)
  • Miramientos (Alfaguara, 1997)
  • Faulkner y Nabokov: dos maestros (Debolsillo, 2009)
  • Las huellas dispersas (Contemporánea, 2013)
  • El Quijote de Wellesley: notas para un curso en 1984 (Alfaguara, 2016)
  • Entre eternidades y otros escritos (2018)

Recopilación de artículos

  • Pasiones pasadas (Anagrama, 1991)
  • Literatura y fantasma (Siruela, 1993)
  • Vida del fantasma (Aguilar, 1995)
  • Mano de sombra (Alfaguara, 1997)
  • Seré amado cuando falte (Alfaguara, 1999)
  • Salvajes y sentimentales. Letras de fútbol (Aguilar, 2000)
  • A veces un caballero (Alfaguara, 2001)
  • Harán de mí un criminal (Alfaguara, 2003)
  • El oficio de oír llover (Alfaguara, 2005)
  • Donde todo ha sucedido. Al salir del cine (Galaxia Gutenberg, 2005)
  • Demasiada nieve alrededor (Alfaguara, 2007)
  • Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás (Galaxia Gutenberg, 2008)
  • Lo que no vengo a decir (Alfaguara, 2009)
  • Los villanos de la nación. Letras de política y sociedad (Libros del Lince, 2010)
  • Ni se les ocurra disparar (Alfaguara, 2011)
  • Lección pasada de moda. Letras de lengua (Galaxia Gutenberg, 2012)
  • Tiempos ridículos (Alfaguara, 2013)
  • Juro no decir nunca la verdad (Alfaguara, 2015)
  • Cuando los tontos mandan (Alfaguara, 2018)
  • Cuando la sociedad es el tirano (Alfaguara, 2019)
  • ¿Será buena persona el cocinero? (Alfaguara, 2022)

Literatura infantil

  • Ven a buscarme (Alfaguara, 2011)

Traducciones


Galardones

Adaptaciones cinematográficas

 
 
Sus obras han sido traducidas a 40 idiomas y publicadas en 50 países.
 

viernes, 5 de agosto de 2022

Julia

JULIA

Julia, una chica de ciudad con raices provincianas, acaba de llegar de la ciudad donde todo se volvió tedioso y gris a la casa de campo familiar que apenas recordaba, una casa vieja y pequeña que ya probablemente sería de sus abuelos o incluso alguna generación anterior. La casa apenas tenía unos muebles viejos de hierro y madera, y olía a humedad y cerrado, hacía muchos años que nadie iba a ella, casi no recordaba nada de lo que se encontró. Lo que más fresco tenía en su cabeza era el vergel que la rodeaba, aunque no de manera muy nitida, pero si recordaba todo un entorno verde intenso que no había cambiado, salvo en que ahora era aún más frondoso que cuando iba de niña. 

Julia llegó a media mañana en su pequeño coche al calor del campo, un calor ya notable, el verano estaba cerca y parecía que allí ya había llegado, estaba todo en silencio salvo por el sonido casi musical de la naturaleza que la rodeaba, y por ella misma. Tras inspeccionar más o menos cuanto la rodeaba y después de medio instalarse en la vieja casa, recordó que cerca de ella había un lago en al que solía ir toda la familia en las vacaciones veraniegas, recordaba el olor a tierra mojada tras la lluvia y que su madre no la dejaba ir sola o no la debaja bañarse en según que momentos. Abrazada por el calor del campo, cogió una toalla de playa y se encaminó al lago. Al llegar no encontró a nadie, ni a nada, parecía un lugar abandonado, solo cuidado por el entorno que lo acompañaba. En soledad, Julia extendió la toalla a unos pasos del agua y se quitó la ropa, se quedó totalmente desnuda bañada por el sol y el calor que se hacían con cada rincón de su cuerpo, y así, medio sudorosa, se metió en el agua. Primero la tanteo con la punta de los pies, sus largos dedos la permitían mantener cierta distancia con el agua; estaba fría, pero no mucho, seguro que con el tiempo su cuerpo se adaptaría a la temperatura y ya no notaría el frío. Se metió casi hasta los hombros, el agua le cubría la mitad de su larga melena negra.

Pasado un rato en el que había nadado e incluso buceado hasta el fondo del lago, Julia se quedó en el lugar donde dejó su toalla, era un lugar donde hacía pie, un lugar donde no le cubría ni la mitad del cuerpo y el agua apenas le llegaba por debajo de las caderas, envuelta en el silencio del lago, a su espalda escuchó una pequeña tos nerviosa de hombre, era una tos como de disculpa que rompía la paz de la que había disfrutado hasta ahora. La molestó un poco pero decidió ignorarla y se quedó donde estaba. La tos se convirtió en voz, una voz joven, no de hombre maduro, de hecho y a juzgar por sus palabras, era más bien un joven aún muy verde. Él se disculpó timida y tartamudamente diciendo: —perdón, no sabía que había nadie aquí —, Julia mirando hacia atrás pero sin verle, le dijo que no pasaba nada, que podía quedarse, y se quedó donde estaba, delante de él sin inmutarse, con casi todo su cuerpo desnudo a la vista de él. Él, timido, no dejaba de mirarla, no podía apartar la vista de su desnudez hasta que un nudo en la garganta y el sudor del cuello le hicieron ir unos pasos atras más allá de la toalla de Julia, había notado que aquella imagen en el lago le estaba provocando sensaciones que no había tenido antes. Por su parte, Julia se perdió en el agua, de un momento a otro, aquel chaval que la sorprendió, la perdió de vista, apenas le dio tiempo a ver su cuerpo desnudo tragado por el lago. Al cabo de unos segundos que se hicieron minutos, Julia emergió en medio del lago y por un breve instante, él le vio sus pechos empapados hasta que bajo la cabeza por no parecer un descarado, y porque no sabía que más hacer, mil pensamientos le asaltaban, la sudoración y una extraña tensión en la entrepierna hacían visible su tensión, sopló. De repente escuchó como ella salía del agua, y no pudo evitar verla salir, desnuda y chorreando agua como una cascada. El agua resbalaba por su cuerpo, goteando como lluvia. No podia dejar de mirar su generoso pecho desnudo, ni su frondosa entrepierna perlada por el agua. Julia por su parte, le miró divertida y como si no pasara nada. De camino a la toalla le preguntó: —¿nunca has visto a una chica desnuda? —. Él respondió que no, que allí apenas había gente, y mucho menos chicas que se bañasen desnudas, Julia rió casi compadeciéndose de él al tiempo que se tumbaba cara al sol sabiendo que él aún la miraba, miraba sus pechos que casi caían a cada lado del cuerpo, brillantes por el sol y el agua, miraba su peluda entrepierna de la que él pensaba que tenía que hacerle cosquillas en los muslos de sus largas piernas, eso le excitaba aún más. Esos pensamientos acentuaban el calor y la erección, la respiración era más pronunciada aunque él procuraba silenciarla. Incómodo y excitado pensó en decir que se iba, ese pensamiento fue interrumpido por Julia que en ese instante se levantó y dijo que se iba a dar otro baño, y se fue ante la atónita mirada de su acompañante que no medió palabra. Julia nadó y se sumergió en el lago, y volvió a aparecer de nuevo diciendo: —¡meteté, el agua está muy buena —, 'buena estás tú', pensó él que no sabía que decir, ella le animó con un "no me dejes sola". Él, tembloroso, aceptó y se desvistió hasta quedarse en ropa interior, le daba mucho corte quedarse a la par que ella, se le notaba la erección que parecía haberle bajado con los nervios. 

LEO

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Julia al tiempo que se metía en el agua. 

—Leo —le respondió distanciado de ella, solo ante el peligro de su desnudez y Julia en aquel lago solitario. 

—¿Sólo Leo? —volvió a preguntar ella quedándose de cara al cielo, dejando asomar sus pechos y su frondosa entrepierna entre el agua; Leonardo, respondió él tartamudo y sin dejar de mirarla. 'Yo soy Julia' le dijo ella al tiempo que volvía a ponerse de pie en el agua. Julia, que disfrutaba con todo aquello, apremió a Leo a acercarse con un —¡ven, no te voy a morder! —, 'o si', pensó ella. Leo se acercó más, apenas había un metro entre los dos. Julia rió, y Leo preguntó que de qué se reía, un 'de nada' fue su respuesta cuando sin esperarlo, se vio con los calzoncillos abajo, descubriendo sus vergüenzas que para Julia no lo eran tanto. Leo, un joven de apenas veinte años, era delgado pero fuerte, estaba bien dotado entre sus piernas, de eso Julia daba fé, tenía tanto pelo ahí como en su rizada cabeza castaña, parecía un arbusto arriba y abajo, algo que a Julia le hacía gracia. Leo enseguida se llevó las manos para taparse, rojo de vergüenza y casi enfadado por aquel atropello. Julia le dijo: —no te tapes, ¡no pasa nada!, además me lo debes, tú me has visto desnuda —. Leo le dijo que ella se dejó mirar, y Julia le contestó que ahora él debia de dejarse ver también. Estaban empatados. Leo apartó las manos diciéndo: —bueno, ya da igual —, porque muy en el fondo de sí mismo él quería eso. ¿Y ahora qué?, preguntó Julia divertida mientras se acercaba a Leo hasta casi juntar sus cuerpos, ambas entrepiernas se rozaban en un cosquilleo excitante. ¿Qué de qué?, preguntó él que se mordía el labio, nervioso. Julia acarició con los dedos su vello púbico ante la ruborización de un Leo excitado y sin contención. —Te gusta —dijo Julia que notaba cada vez más el miembro empalmado de Leo, se mordió el labio y casi en un susurro añadió: —a mi también —. 

Sin poder ni querer evitarlo se besaron ávidamente juntando plenamente sus cuerpos desnudos. Julia notó rápidamente que Leo no tenía experiencia en el sexo, ni siquiera besando, era torpe en sus besos y con las manos tocando la suave y resbalosa piel de Julia, seguramente en aquel paraje tan solitario no había visto ni estado con una chica en su vida. Dejó de besarle y le dijo: —dejate llevar —, Julia bajó su mano por su pecho suavemente hasta su frondosa erección, jugueteó con su vello provocándole un cosquilleo de placer que le excitaba más y más, sacándole un gemido que Leo nunca pensó que podría pronunciar. Le llevó a la orilla del lago donde le apoyó mientras ella acariciaba y jugaba con su sexo latente y duro, la firme erección casi le tiraba, no había sentido nada igual nunca, era una mezcla de dolor y placer. Leo, con los ojos entrecerrados de placer notó como los labios de Julia jugaban con su verga, sentía su lengua mojada como el lago, sentía como su miembro desparecía por completo en la boca de Julia en un baile de placer donde sus vergüenzas bailaban adelante y atras, las notaba también entre sus labios y su lengua que jugaba justo en el límite entre estas y su erección, Leo apretaba y se mordía los labios entre jadeos. Julia sabía muy bien lo que hacía, ya lo había heche antes, le tenía en el culmén de un estado placentero que no había sentido jamás. Volvió a masturbarle hasta que su erección entró en erupción como un volcán y empapó su mano de semen. Julia rió divertida por el cambio que había provocado en aquel chico timido, había sacado al hombre que habitaba en él.

Dejó a Leo extenuado sobre la orilla del lago. Se le acerco a la cara, y en otro susurro le dijo: —te ha encatado —, al tiempo que le apretaba suave pero firmemente los testiculos, provocándole un gemido de dolor. Julia pasó por encima de Leo al salir del agua, mojándole la cara; a él le daba igual, no tenía fuerzas para nada, le había exprimido como a un limón. Ella se secó y se vistió mientras Leo aún seguía en la orilla, Julia se fue a su casa no sin antes despedirse de él, que a duras penas se giró para verla. 

— Mañana más, ¡adiós! —fue lo último que le dijo Julia antes de perderse en el camino, Leo se quedó recuperando fuerzas y procesando todo aquello que ya no sabía ni en que momento empezó. Fue una experiencia que jamás pensó que se pudiera dar en un lugar como ese, y solo tenía una cosa en la cabeza, Julia.

 

sábado, 26 de marzo de 2022

No me llame Mr. Bond

Mi vecino Tracy, un hombre con nombre de mujer y que en la primera impresión cuando le conocí, me pareció un tanto afeminado a la par que un ególatra de mierda sin razón alguna, invitó a mi mujer a una pseudo-fiesta en su casa de campo a las afueras de Nueva York, para celebrar que por fin una pequeña editorial de la ciudad que subsistía con pequeños escritores como él, le había publicado uno de sus bodrios novelescos infumables a modo de libro, que probablemente ni la mitad de los neoyorkinos llegaría a leer. Tracy era un intento de escritor pretencioso que se creía el Agatha Christie del lado masculino de los escritores, aunque en su caso el único misterio era saber qué o quien le había dado pie a creer semejante cosa. No es que escribiese mal, le ponía voluntad, pero francamente, no veía una de sus "novelas" llevadas a la gran pantalla. Era frecuente en él que a los amigos o conocidos les diese un puñado de folios manuscritos con las historias que se le ocurrían para que los leyeran y dieran su opinión; a mi mujer, Anna, a quien conocía desde hacía un tiempo, le daba de vez en cuando uno de esos bocetos de novela, ella con una sonrisa de oreja a oreja se los aceptaba y leía como si fuera una fan de sus novelas, yo en cambio jamás mostré interés en ellos aunque ella me intentaba animar a leerlos. La cuestión de todo esto es que al estar Anna invitada, tuve que ir yo también a la dichosa fiesta, y aunque normalmente intentaría por cualquier medio escaquearme de ella, en esa ocasión tenía un interés especial en ir. 

Aunque estabamos citados en su casa a las 7 de la tarde, el ansia de Anna por llegar, nos hizo adelantarnos a la hora, llegando casi media hora antes. El camino hasta allí se me hizo un poco largo porque para llegar tuvimos que ir por carreteras secundarias un tanto incómodas y que te limitan la velocidad y te retrasan, eso hacía que mis ganas por ir y ver a Tracy fuesen menos. La casa, aunque era grande y probablemente un derroche de dinero innecesario para impresionar a propios y extraños, no me pareció gran cosa, seguramente no era muy diferente a otras de las afueras de la ciudad. Al llegar, Tracy, que nos había visto por una ventana salió a recibirnos con una sonrisa y un efusivo abrazo a Anna. Ella nos presentó, y él me dió un apretón a dos manos y su eterna sonrisa, a la que respondí con otro apretón y una leve sonrisa sin mucho interés. 

—¡Caray Anna, no sabía que estabas casada con James Bond! —dijo él al verme, supongo que impresionado por ser más alto de lo que pudo suponer e ir bien vestido para la ocasión.

Ella le rió la gracia, como si la tuviera. Entramos en su casa precedidos por él; era una casa acogedora, bien iluminada, aunque algo recargada de todo para mi gusto. Nos presentó a su mujer y a su hija pre-adolescente, de las cuales yo no sabía nada, Anna nunca las menciona, como si Tracy viviese solo. Nos invitaron al salón donde tomámos café en lo que venían los demás invitados. No tardaron en llegar los primeros invitados, lo cual me alivió, ya no eramos el centro de atención del estúpìdo y soporífero Tracy, por lo que la atención se fue desviando y repartiendo, aunque no dejaba de acaparar la de Anna, ella tampoco la rehuía, más bien la buscaba, iba detrás de Tracy todo el tiempo, de echo no creo que hubiesen estado separados más de dos metros en casi ningún momento. 

Aprovechando uno de esos momentos en los que si parecían no estar en el mismo espacio, y notando la ausencia de Tracy y la distracción del resto de los invitados, husmeé un poco por la casa, cotilleaba por ella a la par que miraba donde andaba el pedorro de Tracy. Estaba en una especie de despacho que se había montado en un pequeño cubículo de la casa bien iluminado, donde escribía sus pseudo-novelas. Le encontré solo entre folios manuscritos, supuse que sería otra novela más, tampoco pregunté. 

¡Mr. Bond! —dijó él en tono de broma por mi lustroso aspecto. Ya me tenía bajo el mote nada gracioso de Bond, James Bond entre los invitados, como si realmente esa gilipollez fuera graciosa. 

No me llame Mr. Bond, no soy James Bond. —dije tratándole en ese instante de usted, sin disimular que sus gracietas no me hacían ni puta gracia. —Ni siquiera soy inglés y mucho menos espía de su majestad la reina de Inglaterra, y disculpe que haya traído mi pequeña pistola, es una Walther PPK alemana. Es ligera y precisa.

Tracy se quedó blanco al verme allí parado frente a él sin atisbo de sonrisa y con una pistola en la mano. Se sentó o más bien se dejó caer sobre su butacón de despacho sin dejar de mirar la pistola, no acertaba a articular palabra entre los mil pensamientos que le estarían pasando por la cabeza, mientras de fondo se escuchaban las voces y risas de los invitados. Apostaría lo que fuese a que en ese momento a Tracy le recorría un sudor frío por todo el cuerpo, como si la temperatura hubiese bajado diez grados o más. 

¡Oh!, y por el silenciador de la pistola, no se preocupe, es que no quiero alarmar a los invitados y aguarles la fiesta. Acepté venir a su estupida fiesta por no dejar solo a Anna y porque quería verle cara a cara y decirle o más bien pedirle por las buenas que la deje en paz, que deje de verla y de tirarsela. Es una falta de respeto hacia mi y hacia su propia esposa, quien seguramente no se merece que un capullo como usted le ponga los cuernos sistemáticamente. Sé que esta aventurilla a Anna le hace gracia, busca el riesgo de que la pillen con otro hombre en cualquier lugar, y en esta ocasión le ha elegido a usted para ello, aunque no es el primero ni el único en este juego, pero no sé por que, en esta ocasión me molesta especialmente, así que le ruego que termine con esto y le preste más atención en su mujer. —le dije sin dejar de mover la pistola que tenía en mi mano derecha para no dejar de captar su atención. 

Continuando con la conversación le dije —no querrá que yo haga lo propio con su esposa, es guapa, muy atractiva y puede atraer la atención de cualquier hombre, y no me ha quitado ojo en toda la tarde, por lo que, humildemente creo que no me costaría acercarme más a ella. 

Tracy apenas balbuceaba temblando, no sé si de miedo o de frío, o quizá de las dos cosas. Apenas llegó a decir un "no". Le agradecí su tiempo y tras guardarme mi Walther PPK, salí con los demás invitados. El resto de la velada estuvo como ausente y más serio de lo normal en él, lo que no pasó desapercibido para Anna. Creo que después de aquello, apenas se volvieron a ver, lo que tenía a Anna más sería de lo que solía ser ella, estaba pensativa y desconcertada. Por su parte Tracy, no volvió a llamarme Mr. Bond.

 

 

 

 

 

 


lunes, 7 de febrero de 2022

A media noche de ti

Estoy a solo media noche de ti, a media noche de verte, de oler tu perfume de azahar que me invade y me llena de ti. Estoy a media noche de escuchar tu voz, tu risa, de ver como me miras con disimulo ocultando tus ojos en la oscuridad de la noche, estoy a media noche de ver dibujada tu sonrisa bajo el rojo intenso de tu pinta labios. Solo unas horas nos separan, una cena con la familia o con los amigos, unos comentarios vagos sobre el día, el trabajo, los niños, y unos cuantos kilometros en coche que se me harán eternos hasta que te pueda ver.

Estoy a media noche de ti, media noche con muchos pensamientos entre tú y yo, distracción disimulada entre copas y unas tapas refritas que me repelen como polos opuestos. Estoy a media noche de ti, media noche entre gente que me distrae de tus pensamientos, o al menos eso intento. Porque son más las ganas de estar contigo que con ellos. Estoy a media noche de terminar de darle vueltas a la cabeza pensando en ti, de imaginarte como irás esta noche, de saber si pasarás por delante de mi sin verme, ignorándome como si fuera un rincón de la pared en el que nadie se apoya. Da igual, yo estaré ahí, mirándote, siguiéndote con la mirada hasta perderte de vista o hasta que algún invitado a la velada desvíe mi atención de ti y por educación y decoro no me quede más remedio que atenderle y sonreírle como si me agradase su interrupción. Llevaré conmigo la invitación que a tu nombre me llegó para asistir a la inauguración de tu galería de arte, por si en un descuido o error se te ocurriese apreciar que yo, además del jugoso donativo que tu invitación anda buscando de mi, estoy ahí, en el mismo espacio y tiempo en el que estás tú, y quizá (maybe) te animes a tan siquiera saludarme y darme las gracias por asistir. Tal vez me preguntes si estoy bien y/o si necesito algo, y de paso que me parece tu obra, a la que ahora confieso que haré menos caso que a tí, aunque todo lo que tenga que ver contigo sea difícil de ignorar o de que pase inadvertido. Si tienes una buena noche, y no una de esas en las que dicen que sale relucir tu mal genio o tu desgana (habladurías), tal vez me presentes a alguien, algún colega, alguna amiga, quizá un futuro contacto que nos interese a los dos, y puede que a partir de ahí nazca una buena relación interesada de trabajo o favores entre los dos, e incluso podría ser que por un capricho de la vida, todo eso termine en el principio de una bonita o buena amistad.

Ahora solo sé que estoy a media noche de ti, media noche de mirar muchas veces un reloj por el que pasan las horas muy lentamente, haciendo de la noche, un momento eterno que no termina de pasar. Intentaré mirarlo con disimulo para que no se noten las desganas de estar ahí menos que contigo, para que no se note lo tedioso del momento, aunque tenga más ganas de salir corriendo que de cualquier otra cosa, mientras no dejo de pensar que estoy a media noche de ti.

martes, 4 de enero de 2022

La última cena en familia

1 de Enero, 12:00 de la mañana.

Era mediodia cuando me desperté en el sofá de mi pequeño salón, aún estaba vestido de calle. El abrigo y la bufanda que llevé a la cena de Nochevieja estaban tirados en el sofá, y la resaca que llevaba encima era tremenda, tenía la boca seca, muy seca, y aunque estabamos en pleno invierno, sudaba. Los litros de alcohol de la noche anterior todavía estaban en plena ebullición. Buena manera de empezar el año, y esto no era nada en comparación con lo que me podría venir en los próximos días. Y no me refiero al alcohol, ni a las borracheras.

La noche del 31 nos juntamos la parte de la familia que en Nochebuena no pudimos, y esos eramos mis padres, mi hermano Carlos, Anya, su mujer y yo, mala idea, y no por ir a ver a mis padres, que aunque pueden ser un poco pesados en muchos temas puntuales, se les aguanta, sino por mi hermano y su mujer; por un lado estaba el hecho de que estaban atravesando una mala etapa y andaban más cada uno por su lado que juntos, y por otra parte ahí andaba yo que a la chita callando estaba colado por ella, y no es que estuviese enamorado de ella, pero me ponía mucho, siempre que nos encontrabamos en algún sitio, no podía dejar de mirarla, y no es que fuese especialmente guapa, era guapa pero no guapísima, sin embargo tenía algo que me atraía mucho sexualmente, era muy sensual y sin tener una belleza especial, atraía mucho a todos los que la rodeaban, hombres e incluso mujeres. Conocí a Anya a principios de una primavera lluviosa, cuando ya llevaba unos meses saliendo con Carlos, y aunque entonces no me atrajo especialmente y mi carácter introvertido no me llevo a intimar mucho con ella, fue llegar los primeros rayos de sol previos al verano y ella empezó a ir algo más ligera de ropa, y ahí es donde empecé a darme cuenta de su figura, me fijé en sus caderas y en que tenía mejor culo del que creía. Y de pecho no es que fuese exuberante, pero este era firme y redondo, ¡uf!, me empezó a atraer demasiado, posiblemente como a todos esos a los que se les iban los ojos, hasta empecé a verla guapa e incluso sensual. Y ella lo sabía, me miraba y sin decir nada me lo decía, me sonreía sibilinamente, se colocaba el pelo mirandome o se mordía el labio sauvemente en una sonrisa, y yo trataba torpemente de que no se me notase el sonrojo.

Aquella noche del 31 Carlos y Anya habían discutido, él le había puesto los cuernos con otra y ella en respuesta había tenido algún tonteo que no llegó a nada. Sin embargo esa noche ella ya tenía el vaso de la paciencia a rebosar y estaba tocando el límite. Aunque hablaban con todos de lo más normal, entre ellos no cruzaron palabra ni mirada, la distancia entre ellos era tal que se sentaron uno frente al otro para no estar juntos y al mismo tiempo que no se les notara nada. La cena fue bien hasta que el alcohol se fue acumulando en cada uno de nosotros, lo que sumado al vaso rebosante de Anya, hacía una mala mezcla. Pasado un rato de habernos comido las uvas de la Puerta del Sol y las de Canarias también, me di cuenta de que Anya no estaba con nosotros, Carlos no dijo ni hizo nada, o no se dio cuenta o le daba igual, probablemente era más lo segundo que lo primero. Fingiendo ir al baño, subí a la planta superior de la casa de mis padres, me encaminé al fondo del pasillo de las habitaciones cuando al pasar por una, vi que de ella salía luz por la puerta a medio cerrar, miré y en ella estaba Anya, borracha, con el móvil en la cama y bailando sola una canción que había puesto en él. 

Aún con su embriaguez y la mía, la vi preciosa con aquel vestido de rojo pasión que llevaba esa noche. El vestido dejaba la espalda totalmente al aire, casi hasta donde perdía su digno nombre, lo que le daba un sexualidad imponente, y dejaba bastante claro que no llevaba nada que lo acompañase debajo. No sé si se habría dado cuenta o le daba igual, pero por un lateral del vestido asomaba un pecho, un pecho desnudo que no podía dejar de mirar, ni a él ni a ella, el calor que me provocaba verla aumentaba mi temperatura corporal y mi excitación ya notable en los pantalones. Me vio, vino hacia mi con su pecho aún asomando y abrió mas la puerta, tiró de mi y cerró con los dos dentro de la habitación. Pasó sus brazos alrededor de mi cuello y sin decir palabra siguió bailando, yo no sabía que hacer, aunque si sabía en lo más profundo de mi lo que quería, la quería a ella, a su cuerpo, y ella lo sabía. Me beso con aquellos labios que iban a juego con el vestido. Seguramente fue el alcohol que recorría mis venas lo que hizo que me dejase llevar y la correspondiese a ese beso. La tenía atrapada entorno a mi con mis brazos alrededor de su espalda, su piel era cálida, y eso me excitaba más. Me desabrochó la camisa y con sus besos bajó hasta el pantalón, cuando me quise dar cuenta lo tenía todo abajo con mi erección a la vista de ella y a la de cualquiera que pudiera entrar en ese momento. Anya acarició mi erección con sus labios, mis más profundos y lascivos deseos se veían cumplidos en ese instante. Mi verga llenaba su boca, sus labios se cerraban entorno a ella y tiraban suavemente. Sus manos acariciaban y atrapaban suavemente mis agallas, provocándome un gemido. Ella era insaciable.

Se quitó el vestido, debajo de él no había nada que dejar a la imaginación, no llevaba nada más, a duras penas podía contenerme, ella lo veía en mis ojos, en mis labios que me mordía por no moderla a ella. Nos comimos la boca como si no hubiesemos cenado, nuestros cuerpos desnudos se excitaban mutuamente. Echado sobre ella la erección era tal que no podía ser más. Mis besos en su cuello y mi erección empalmada con su entrepierna ardiente le sacó un gemido más embriagador que cualquiera de las copas que habíamos tomado esa noche. Mis manos y mis labios llenaándose de la ardiente calidez de sus pechos, bebiendo de ellos, recorrían sus curvas hasta perderse entre sus piernas. Mi lengua saboreaba el dulce néctar de su flor. Gemidos, jadeos, sudor y penetración llenaban el vacío de la habitación solo roto por una música que ni escuchabamos. Sus piernas y sus brazos me atrapaban, no quería salir de ahí, quería follarmela más y más. 

Eyaculación, extenuación y respiración.

Sexo vengativo, eso había sido lo que habíamos tenido, y no me importaba, lo había disfrutado mucho, mis más oscuros deseos habían salido a la luz, estaban saciados, y su venganza cumplida. No sé si fue aquel momento o qué, pero de repente era como si la embriaguez no fuese tanta, el caso es que caímos en donde estabamos y en que en cualquier momento podía subir alguien y vernos, ni siquiera sabíamos cuanto tiempo había pasado. Nos vestimos y arreglamos lo mejor que pudimos. Todo era extraño, sin ser los más afines del mundo, en ese instante habíamos congeniado mejor que una pareja de gemelos siameses. 

Sin arrepentimiento.

Despierto y con resaca cambié todo el alcohol de esa noche por un café que me despejase. No me arrepentía de lo que hice aunque era la mujer de mi hermano, y eso quiérase o no era una putada. Lo peor no era la conciencia, cuando haces algo que deseas desde hace tiempo, la conciencia no pesa, lo peor era que ella, por tocarle los huevos a mi hermano, tarde o temprano se lo contaría y nos iba a joder a los dos. Seguramente aquella sería la primera y la última vez que me la follase, y probablemente aquella, durante un buen tiempo, habría sido la última cena en familia.


lunes, 3 de enero de 2022

Te llamé por Navidad

24 de Diciembre. 

Era 24 de Diciembre cuando me quedé solo en casa. Ella se fue a hacer las clásicas compras de última hora para la cena de Nochebuena y tardaría en volver, los niños tampoco estaban, ya que estaban de vacaciones, querían estar a sus anchas, sin cole ni profesores, y tampoco querían padres durante un rato, bastante familia tendrían que aguantar ya esa noche. La cuestión es que, aprovechando esa soledad y que tenía la casa para mi, me abrí una cerveza bien fría y aproveché para llamarte, hacía tiempo que no hablabamos y como siempre dices que no te llamo, decidí hacerlo entonces. Me abrí la cerveza, me la serví en el vaso dejándola bien espumosa, demasiado tal vez, y busqué tu última llamada, hacía ya mucho desde entonces; fue en mi cumpleaños, y desde entonces no volvimos a hablar, ni siquiera a escribirnos. Tú siempre andas muy liada y cuando llamas o escribes tienes que hacerlo a escondidas para que ni te oigan ni te lean, y cuando te escribo yo, porque reconozco que llamar no te llamo nunca, no me lees, es como si nunca mirases el teléfono. En cualquier caso quería oír tu voz y contarnos nuestras banalidades de siempre.

Era la una de la tarde cuando descolgué y dejé que sonase la llamada. Tardó un rato hasta que te llegó la señal, y entonces sonó y sonó, y esperé, esperé y esperé, pero no lo cogías, no estabas o quizá no querías estar, o tal vez no podías. Tu voz estaba muda al otro lado del teléfono, quizás era mala hora para hablar contigo, colgué. Le dí un largo trago a la cerveza esperando y casi dando por echo que esa misma tarde me llamarías, sin embargo no fue así, no me devolviste la llamada esa tarde, ni a la siguiente tampoco, no hubo feliz navidad. Tampoco en los días sucesivos, algo extraño en tí, aunque era posible que te hubiese ocurrido algo y no pudieras. Pasaron los días y llegó el 31 de Diciembre, una cena más, más compras de última hora..., y ninguna llamada, ni tan siquiera un mensaje de feliz año, bla bla..., nada. Decidí escribirte para felicitarte yo aún sabiendo que siendo por mensaje me podrías leer el año que viene, y pasaron las horas entre otras felicitaciones, llamadas..., llamadas de todos menos de ti, y así me dormí. 

 

1 de Enero.

Amaneció el 1 de Enero, año nuevo, misma vida. Me costó despertar, de echo no quería despertar, solo quería dormir más, amaneció demasiado pronto, como siempre. Cuando estuve lo suficientemente espabilado, miré el móvil, entre los varios mensajes de whatsapp que tenía, había uno tuyo que no oí. Me escribiste de madrugada, más allá de las 3, y aunque lo normal a esa hora es que estuviese de fiesta y borrachera, lo cierto es que ya estaba dormido como una marmota, será la edad. Tu mensaje fue el primero que leí, en él tal vez explicases, como otras veces por qué no me habías llamado, como estabas..., etc, pero no. El mensaje para felicitarme el año era más escueto de lo normal, en él me felicitabas el año, me decías "querido amigo", y poco más. En eso se quedó todo, ni una llamada de vuelta, ni más mensajes ni por tu parte ni por la mía. 

Hoy, varios días después sigo sin saber más de ti y no sé por que. Y aunque contigo aprendí que siempre puede haber una buena razón de fondo para todo, y por tanto puede ser que no puedas decir más, tampoco dejo de pensar que pueda haber algún problema que no me hayas contado, aunque en ese aspecto mi conciencia está tranquila, sé que no hice nada que te haya podido molestar ni causar problema alguno. Y si lo hay, tienes dos opciones, hablarlo o quedártelo para ti, porque desde luego, mío no es. Dejo el teléfono a mano por si llamas o escribes, y si lo haces, ahí estaré, al otro lado de la línea, esperándote. Solo quería decirte que te llamé por navidad.