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domingo, 14 de marzo de 2021

UN DIA GRIS PLOMIZO

El día era gris plomizo y algo frío, de su boca salía aquel vapor producido por el intenso frío que hacía ahí fuera y que apenas llegaba a los cinco grados, aunque la sensación era de bastante menos. Las calles que debía recorrer hasta llegar a su casa aún hacían parecer ese cielo, aún más frío y gris. Estas eran estrechas, con unas aceras aún más estrechas y ridículas por las que apenas si podía caminar una persona sin salirse de ellas, con unos edificios de más de siete pisos que se imponían en el espacio, algunos con mas de cien años sobre sus cimientos, y de los cuales, sobresalían aproximadamente un  metro de la fachada, unos pequeños balcones con barandillas de hierro carcomidas por el oxido y un suelo nada fiable. Todo ese conjunto viejo, contribuía, a que no entrará apenas un resquicio de luz en sus calles, aunque en el cielo luciese un sol radiante. No era ese el caso, ese día el sol decidió tomarse un descanso y no regalarle ni uno solo de sus rayos que aliviasen aunque solo fuese un poco, tan gélido día. Solo dos farolas, con aquelllas pantallas que debían aumentar la luminosidad de las lamparas, harto desgastadas, iluminaban en parte algunas zonas, mientras que en otras contribuían a alargar las sombras dándoles un aspecto fantasmagórico a sus calles.

El día no había sido muy bueno, aunque la rutina de su trabajo casi nunca le permitía que lo fuese. A pesar de ello intentaba poner buena cara a todo y a todos, procuraba no quejarse, al menos no abiertamente, al fin y al cabo todos en su trabajo pasaban por la misma rutina infumable casi cada día, todos estaban en el mismo entorno gris y cargado de todo lo negativo que pudiera haber, y por eso, que llegase la hora de salir y poder respirar un poco de aire, aunque no fuese puro, era todo un alivio para cualquiera de ellos, y agradecían al menos un rayo de sol les diese en los ojos, después de tanta oscuridad y luz artificial. Aquel no era el mejor día para eso, y se tuvo que conformar con poder respirar el aire que enfríaba sus fosas nasales, aún así no protestaba ni para sí mismo, agradecíaa poder respirar un aire diferente, estar en otro ambiente y escuchar el ruido de la calle, los coches que iban y venían con las mismas ganas que él de llegar a su casa, o al menos eso suponía. Agradecía escuchar a la chavalería que salía un rato a jugar y respirar después de las clases, disfrutaba viendo a la gente que se daba un respiro tomando un café en las terrazas y en los bares, aunque le ignorasen y siguieran hablando de sus cosas. Veía como algunos comercios y negocios echaban el cierre o daban las últimas pinceladas a su día de trabajo antes de salir, todo lo hacía en un recorrido que hacía sin prisa, caminando tomando con gusto cada sorbo de cuanto le rodeaba. Casi se olvidaba del resto del día que había tenido, y eso le relajaba lo suficiente para sentirse moderadamente descansado. 

Saludaba y sonreía a cuanto conocido se encontraba, con alguno charlaba un rato, y evitando hablar sobre él y su día gris, preguntaba - ¿como te va?,  o decía, - a ver si un día tomamos un café. Aquello a veces le permitía hablar de otros temas y casi no hablar de sí mismo y sus cosas, y no lo hacía porque le molestase hablar de él, lo hacía por no contagiar a los demás de la nube gris que a veces le acompañaba suspendida sobre su cabeza, y si lo hacía, no daba muchos detalles, o al menos procuraba no hacerlo, aunque a veces, y sin pretenderlo, la perspectiva de otra persona, la visión que tenían otros desde fuera sobre esto o aquello, le venía bien para ver las cosas con más claridad, a veces era ese rayo de sol que tanto buscaba y que ese día no tenía. Seguía su camino y en lo que lo recorría, pensaba esas cosas que se encontraba yendo a casa, en lo que le contaban y se distraía con eso, apaciguaba su espiritu y en ocasiones casia le hacían sonreír. Con todo ello parecía liberarse de una carga o de un peso, era como quitarse una mochila o un pesado abrigo, y casi sentía llegar más ligero a su casa y descansar mejor. 

Ya en su casa, se relajaba, se olvidaba de cuanto pasaba en el exterior y se entregaba a disfrutar de una buena y apacible cena, antes de relajarse en su viejo pero calentito butacón donde a veces se quedaba dormido con la televisión puesta. Podía despertarse a media noche, pero no le importaba, aún era de noche, no tenía que ir a trabajar, todavía no, y por ello se sentía en paz, se iba a la cama y en cuanto allí entraba de nuevo en calor, se dormía profundamente, se entregaba a sus sueños como un niño, y dejaba atrás un día gris, casi gris oscuro.

jueves, 4 de marzo de 2021

LA HABITACIÓN Nº 9

En la habitación nº 9 del hotel, habitaba desde hacía un par de noches una misteriosa y desconocida mujer que sin casi haberse dejado ver ante los demás clientes y personal del mismo, no había pasado inadvertida para nadie. Mientras Oscar, camarero del restaurante del hotel, le subía un café a la habitación, pensaba en ella y en los comentarios que le había escuchado a sus compañeros. Comentaban que "la dama", como la habían apodado, era rara, decían que estaba loca, casi les daba miedo. Decían que rara vez salía de la habitación, apenas se dejaba ver en la barra del bar, o saliendo del hotel para ir a alguna parte que nadie sabía. 

Algunos clientes de habitaciones contiguas, decían que de su habitación salían ruidos extraños, que oían voces que no eran la suya, decían que incluso escuchaban conversaciones y discusiones, peleas de pareja. Pero ninguno se quejó al hotel por todo ello, unos porque sencillamente no les molestaba, e incluso casi les parecía divertido, le entretenía; los otros no se quejaban porque, pensando que no estaba muy en sus cabales, les daba miedo lo que la dama, les pudiera hacer.

Oscar salió del ascensor con el café que dejaba olor a tostado allá por donde pasaba, avanzó por el pasillo en el que apenas se veía a alguna persona que bajaba ya a última hora a desayunar. Llegó a la puerta de la habitación número 9, se paró delante de ella y respiró. No podía evitar cierta tensión por los comentarios que había oido de la dama, no sabía que se encontraría al abrir la puerta. Se decía a sí mismo que sería lo más amable posible con ella y a su vez, lo más breve que esta le dejase ser, y saldría de la habitación lo más rapida y silenciosamente que pudiera, no la quería alterar más de lo que pudiera estar. Llamó con los nudillos, golpeando suavemente la puerta dos o tres veces, una voz ligeramente aguda pero firme y que se dejaba oir bien, preguntó -¿quién es?, Oscar respondió que era el servicio de habitaciones, intentando mostrar la misma firmeza que había escuchado al otro lado de la puerta. Inmediatamente la dama abrió y se apartó para dejarle pasar. Oscar entró saludando lo más amablemente que supo y siendo lo más servicial posible, todo ello sin perder mucho detalle de cuanto veía. La dama le impresionó, era más joven de lo que se había imaginado, y guapa, tanto que pensó que estaba buena. 

La misteriosa mujer de la que tanto hablaban, era más bien alta, buena figura, de buen porte y elegante pero sencilla, tenía buena presencia, o más bien, mucha presencia, no pasaba desapercibida. Era de pelo negro, muy negro, y labios gruesos pintados de rojo intenso que destacaban mucho en su blanca piel. Estaba descalza, con unos zapatos tan rojos como sus labios, al pie de su cama. Sonreía educadamente aunque parecía notarsele que deseaba estar sola, por lo que Oscar le dejó el café en el mueble de la televisión, donde había un ordenador portátil medio cerrado pero del que se veía perfectamente que estaba encendido, aunque no pudo ver que era lo que hacía o véía, en la cama había folios sueltos en los que no quiso fijarse para dejar notar su curiosidad por todo; también había lo que parecía ser un cuchillo de pega, como salido de una novela de suspense, y frascos pequeños que parecían querer simular veneno. No tenía claro si aquella mujer estaba loca, o si podía ser una actriz que él desconociera y que estuviese preparando un papel; también podía tratarse de una escritora concienzuda y que estuviera escribiendo con todo lujo de detalle su próxima novela policiaca, realmente en aquella habitación todo era muy raro, más de lo que la gente llegase a comentar. Sin ninguna duda ya tenía una anécdota que comentar. Salió con una sonrisa y un "buenos días" de la habitación, no sin antes echarle un último vistazo a la dama a la que de buena gana no quitaría ojo. Cerró la puerta suavemente, y se fue sin saber si esa mujer estaba tan loca como todos decían o estaba en sus cabales.

Oscar se metió en el ascensor y antes de que se cerrasen las puertas, echó un último y rápido vistazo a la puerta de la habitación nº 9, y resopló quitándose la tensión  y un gran peso de encima. Sabía que al volver a su puesto de trabajo, los compañeros, como pirañas, le preguntarían por ella, por como era, y la verdad es que no sabía muy bien que responder. Era evidente que no se podía juzgar a nadie con un vistazo y un momento tan breve como el que él había tenido con ella, y francamente le tenía confundido. No sabía que pensar de la dama de la habitación nº 9. 

jueves, 25 de febrero de 2021

ANATOMÍA DE UN VAMPIRO NOVATO

Me llamo Ángel y soy vampiro, bueno... soy vampiro desde hace poco tiempo. Ser vampiro no es como en las películas, no tenemos colmillos, tenemos incisivos muy alargados nutridos por sangre que llega de las encías, asqueroso, ¿verdad?, nos quemamos pero no ardemos al sol como si esto fuera una película de Blade, sobre la inmortalidad las películas si que han acertado. Sobrevivímos al tiempo, siendo esa parte de la historia de la humanidad que ni se cuenta ni se estudia.

Para que entendáis como es un vampiro, os diré que un vampiro tiene en su sangre una bacteria que se desplaza por el torrente sanguíneo de cuerpo infectado, donde arrastra y consumen hematíes. Los glóbulos rojos que no son consumidos se reparten en los tejidos, lo que permite que nuestro cuerpo mantenga un metabolismo limitado. Tras la infección, la víctima queda en coma y no recupera una apariencia de vida hasta que el microorganismo se ha reptroducido lo bastante como para inundar sus venas y reactivar sus músculos. Según la leyenda, los vampiros poseemos una fuerza sobrehumana y somos extraordinariamente ágiles. Se nos suele representar armados con colmillos retráctiles y uñas desmesuradamente largas, falso, yo al menos me hago la pedicura. Además, somos invulnerables a la mayoría de las armas. No comemos, de hecho, somos incapaces de ingerir alimentos, lo cual me jodió bastante porque como humano, era de buen comer, solo bebemos sangre, aunque como humano prefería el vino. 

Y hablando de mí...  Nací a finales de los setenta, en Madrid y tuve una vida bastante normal. Estudié, aunque más bien poco, trabajé... pero siempre sin encontrar mi sitio en la sociedad, creo que no la comprendía, no estaba destinado a ser humano. Me convirtieron en vampiro hace unos meses y aún intento saber y entender qué y quien soy. Ser vampiro fue jodidamente doloroso y no soporto el dolor, mi umbral en este aspecto siempre ha sido sensiblemente bajo, estuve tres meses en cama, así que como veis tampoco es como en las pelis en las que  una noche estás dentro de un agujero o en un ataúd bajo tierra y te despiertas siendo un chupasangre, ¡error!, Ni te mueres, ni tardas tan poco. ¡Eso si!, beber sangre es imprescindible a la par que asqueroso. Os contaré como es el proceso de conversión a vampiro o “nacimiento Vampírico”

La primera parte de la transformación duró semanas hasta que fue completa. Las sensaciones y los síntomas que tuve fueron muy parecidos a los de la gripe, dolor muscular porque el cuerpo estaba cambiando para ser el de un vampiro, y se va haciendo más fuerte, aunque tu sensación no sea esa, además tuve fiebre bastante alta, así reaccióna el cuerpo al cambio, como rechazándo esa mutación y defendiéndose de ella, lo cual te deja echo mierda en la cama, como si te hubiese pasado por encima un autobus. Además, y por repelente que suene, tu creador te visita y te controla preiódicamente y te va absorbiendo la sangre humana y te va alimentando con la suya propia, hasta que ve como te posee por completo, hay que destacar que hasta que el cuerpo empieza a cambiar, además de fiebre alta, tienes vómitos pues ya nada de lo humano lo acepta el cuerpo, y en los pocos momentos en los que puedes dormir algo, tienes pesadillas, visiones... toda una fiesta de sensaciones horribles que no te voy a contar. No todo el mundo puede ser vampiro, hay cuerpos que no soportan tanto castigo, ni siquiera sé como lo aguantó el mío. El nacimiento vampírico lo tiene que realizar un “vampiro mayor”, lo que no implica que sea viejo, de echo hay vampiros con un aspecto muy joven y que al menos tienen decenas e incluso centenas de años. Por ley la transformación la tiene que realizar un miembro del “concilio vampírico (que data del año 1.000 a.C.)” y solo se puede realizar una vez, a no ser que tu hijo muera. Entiendase por hijo aquel miembro que ha sido convertido ha vampiro. Los vampiros no procrean ni tienen hijos como los humanos, algo en lo que tamibién me han jodido, y no es que ligase mucho ni tuviera mucho sexo, más bien poco para lo que se considera normal, pero ahora ya si que nada de nada, mi gozo en un pozo. 

En la segunda parte de la conversión, una vez que tu cuerpo vaya respondiendo al virus, empieza a dejar marchar tu humanidad para abrazar la Vampírica, esos cambios físicos duelen horriblemente, no es como la gripe pero sí como si tuvieras unas agujetas horribles el día después de haberte hecho una maratón de ejercicios. Los huesos empiezan a hacerse más sólidos, los tendones y músculos se hacen más duros y flexibles, la cabeza te duele por las modificaciones cerebrales que se están realizando, la fiebre, que persiste, es altísima, es como arder de dentro hacia afuera. 

La última es la más complicada, contener tu instinto animal y aprender a alimentarse, aceptar tu nueva condición y que la sangre es tu sustento, por lo que has de cogerle gusto. Un vampiro no necesita matar a un humano para alimentarse, tras “la caza” de hace siglos, el Concilio ordeno toda prohibición de matar humanos bajo pena de “muerte infinita”. Necesitamos la mitad de la sangre de un cuerpo humano para sobrevivir, unos tres litros, aunque me he quedado tan delgado que dudo de que este cuerpo tenga tanta sangre. Este aprendizaje nos llevara unos meses, eso me han dicho. A mi se me hace tan largo que parecen años. A veces la oscuridad de la noche se me hace tan larga que me agobia y solo quiero que salga el sol para respirar y por un instante sentirme normal.

Por otro lado hoy en día el Concilio es dueño de hospitales y laboratorios, gracias a ello disponemos de sangre y no hay necesidad de echar mano de los humanos. Con ello no os quiero decir que no se haga, diría que nunca dejó de hacerse, pues hay una antigua facción en guerra con el Concilio Vampírico. Esta facción se hace llamar Rosa de Sangre.

Como véis, ser vampiro no es como se cuenta, al menos no del todo, y a veces es todo tan ridículo, o me lo parece a mi, que casi es como ver una mala comedia en la tele.

jueves, 18 de febrero de 2021

ROSA DE SANGRE

No sé cuando escuché su nombre por primera vez, ni quien me lo dijo, hace tanto de aquello y han pasado tantas cosas..., lo que si sé es que aquella primera vez, me pareció un nombre extraño, casi estupido. No tenía claro que era, me sonaba a muchas cosas. Primero pensé que era una novela, desde luego al oirla nombrar, es en lo primero que puede pensar uno, una novela empalagosa, su nombre también sonaba a hermandad, una de esas de universidad yanqui, muy fresa, pero nada que ver con todo aquello, o no. Su realidad era tan rocambolesca que si sonaba a novela de ciencia ficción, o a película, una de esas americanadas hollywodienses magnificada y de gran presupuesto con actores de renombre a los que hacer la película no les venía muy, no les hacía un favor. Su nombre, Rosa Sangrienta.

Rosa Sangrienta es una logia o secta vampírica, si, has oído bien, vampiros, aunque no creas en ellos, existen. Los vampiros no quieren alianzas secretas con gobiernos, y sí, estos gobiernos  con los que no quieren alianzas ni acuerdos, conocen su existencia desde hace siglos. Sin embargo, condenados a entenderse, hubo vampiros que al margen de la logia, si que pactaron una alianza, secreta, nacida en años de la reina Victoria e impulsada por el Imperio Británico y que en los años siguientes vio la luz para dar a conocer la existencia de los vampiros. Rosa Sangrienta, o Rosa De Sangre, como la quieras llamar, esta en contra de esta alianza y de que los vampiros vean la luz, o más bien de que la luz les de a ellos, creen en la superioridad vampírica sobre la humana y de que son la cima de la pirámide alimenticia y los humanos son el alimento de una raza superior . Rosa De Sangre nació en los años de la inquisición (1.300 d.C) para defender a los vampiros de la persecución de la Iglesia, por aquel entonces, el vampirismo estaba asociado a lo maligno, a las brujas, pócimas y profecías oscuras, Príncipes del Infierno, los llamaban. Dentro de la inquisición había un grupo llamado “Los Caballeros del Sol” que se dedicaban a darles caza y exterminarlos a como diera lugar. La caza no era nada nuevo para los vampiros, que desde su nacimiento eran perseguidos, pero en aquella época el sumo pontífice de entonces intensifico aquella guerra. Durante aquella época el Concilio Vampírico consiguió aliarse con la corona de Francia, lo que hizo recordar los tiempos pasados en los que los vampiros llegaron hacer tratos con gobernantes de la antigua Grecia y en los comienzos del Imperio Romano.

Aprovechando esta guerra muchos vampiros del viejo continente viajaron a España, donde un maestro vampiro ayudo al rey español en aquellos años ha debilitar al papa, El maestro tenía experiencia como espía en multiples ocasiones en épocas distintas. Rosa De Sangre estaba dirigida por el gran maestro Attán, apodado así por su forma de bailar en tiempos de guerra. Attán era un hombre nacido durante la Antigua Grecia que lucho contra los Persas, en una de aquellas batallas fue sometido y convertido en vampiro. Hoy en día sigue siendo el gran maestre de Rosa De Sangre y está en contra de la salida a la luz de los vampiros, el cree que son una raza superior y que han de tener verdadero respeto por su existencia, mientras los humanos se matan por pura avaricia y el egoísmo innato que les da su condición. Según Attán, los vampiros solo han matado para sobrevivir y durante siglos los diferentes clanes vampíricos han coexistido unidos por el Concilio Vampírico mientras veían a los humanos hacerse verdaderas atrocidades entre ellos, devorándose como leones, Attán quiere que los vampiros ocupen el mundo porque son una especie más desarrollada física e intelectualmente que la humana. Aunque no siempre fue de este pensamiento, pues guerras atrás abogaba por la coexistencia pacífica de las dos especies.

Viejos maestros vampiros, creían que este cambio se debía al asesinato de su esposa, también vampira, por parte de otros de su especie, que actuaban al margen de la logia, y como en toda historia de amor, este puede ser bueno y malo, grandes actos de traición, de asesinato, represión... se han hecho por amor y el amor puede volver locos incluso a los vampiros. Aún hoy, en plena era digital donde los teléfonos móviles son más que teléfonos y lo pueden grabar todo y a todos, sigue esa guerra entre Rosa De Sangre y los que actúan al margen de esta, por ver la luz o no. Los que abogan por la luz, se cuelan entre nosotros, se infiltran en nuestra sociedad, de lo más bajo a lo más alto, caminan entre nosotros, a nuestro lado sin que nos demos cuenta de su condición sobrehumana, sin que apreciemos ese olor que les hace diferentes. Al otro lado, en la oscuridad, están los otros, los que se mueven de noche, en las sombras, casi sin hacer ruido, dándonos caza en silencio, como leones cazando gacelas, aferrándose a nuestros cuellos hasta beberse nuestra última gota de vida. Se hacen llamar Rosa De Sangre.

jueves, 11 de febrero de 2021

LARGA NOCHE EN PARÍS

Estaba yo en Paris, invitado por la Sorbona a dar una master class de literatura, o más bien de como escribir un libro como el que había escrito recientemente y que con el gran éxito que me había reportado, me había llevado a tan exclusivo lugar. 

En una lluviosa noche de las que pasé en la ciudad del amor.., gozaba yo de la satisfacción de una copa de cognac, en compañía de un amigo que conocí en aquel viaje, y a quien apodé Lupin porque, con su cara de no haber roto un plato, el tipo era un astuto trilero que podría venderle hielo a un esquimal, mientras te la metía doblada por otro lado, y no podía evitar acordarme del célebre personaje literario creado por Maurice Leblanc. Estambamos sentados en un acogedor y bohemio local, de luz suave, era el típico lugar que uno se puede imaginar al penar en el París más clásico; dicho local estaba en el 33 de la rue Gounod, en Saint-Germain. Durante casi una hora habíamos estado en silencio, disfrutando del calor del lugar, de ver a la gente pasar, de verla conversar o coquetear entre copa y copa; para quien nos viese, sería raro vernos así, sin decirnos nada, observando a nuestro alrededor como mirones; afortnadamente eramos practicamente invisibles a los ojos de los demás, y nadie, salvo los camareros, parecían advertir nuestra presencia. 

Lupin, si así me permitís que le siga llamando, rompió el silencio, al preguntarme la master class, y más concretamente por Marie Cécil, mi traductora en aquellos días, y que me libraba de quedar como un patán con mi horrible y casi nulo conocimiento del francés. Lupin, de quien no he dicho que se defendía mejor en español, mejor que yo en su idioma, había advertido mi atracción por Marie. 

Marie era rubia, de rasgos suaves y dulces; de voz y gestos firmes a quien no parecía intimidarle nada en la vida. Es cierto que no pude evitar fijarame en ella, aunque intentase negarlo, me era imposible, aunque sabía que ahí no podría haber nada, al menos nada duradero, pues mi estancia en París sería corta y pronto volvería a Madrid, a mi rutina mientras recordaría la ciudad, la Sorbona y a sus muchachos preguntando en francés al tiempo que yo ponía cara de "¿que coño está diciendo?"; y por supuesto pensaría en Marie, en su trato conmigo y de cuantas veces me habría hecho de parapeto con el idioma. Y si, por supuesto que pensaría en ella como mujer, en su cara, en sus ojos brillantes cuando me miraba, en sus labios al hablar y sonreir; y, no lo niego, en aquellas curvas que se dibujaban de cuello para abajo y que a pesar de que pretendía disimularlas con ropas holgadas, creo que podría adivinar, lo cual era ciertamente excitante.

La lluvia no parecía amainar, no quería tomarse un descanso y darnos un respiro, y como aún era relativamente pronto, decidímos tomar otra copa. Entre copa y copa Lupin me animaba a invitar salir a Marie, o al menos a un café; en París había cafeterías muy pintonas que podrían servir perfectamente para invitar a un café y lo que surja. Por un lado la idea no me parecía muy buena, me conozco y sabía que si hacía eso, me engancharía a ella y querría más de todo aquello, y volver a Madrid para no volverla a ver, sería como clavarme un punzón, por otro lado podría ser una oportunidad única de estar con ella, con lo que pudiera surgir, y no hacerlo podría ser motivo de arrepentimiento toda mi vida, o al menos durante mucho tiempo. El alcohol me envalentonaba y con él recorriendo mis venas, le dije: "-si, quizá lo haga.-". Tal vez lo hiciera en ese momento en el que me vine arriba, pero ¿pensaría igual al día siguiente?. Probablemente no, mi cobardía, miedo y timidez, un cocktail muy malo, me lo impedirían, y perdería el momento que a buen seguro aprecharía cualquier otro gañán. Decidí no pensar más en eso, ni en ella, al fin y al cabo, simplemente me gustaba, me atraía fisicamente, y no pensaba más allá. Tal vez el gañán era yo. Me entregué a la segunda copa de cognac y a aquella deliciosa y larga noche en París.

jueves, 4 de febrero de 2021

ATRAPADOS EN EL TÚNEL

Laura había cogido el último tren de la tarde para aprovechar más y mejor el día con sus amigas, a las que no veía hacía meses, el confinamiento las había impedido quedar tanto como les habría gustado y tan solo pudieron verse por videollamadas que no siempre era de muy buena calidad. Cuando por fin pudieron quedar, decidieron aprovechar el mayor tiempo posible para estar juntas y ponerse al día de todo, al día y de otras cosas también. 

Llegando a Madrid empezó a recoger sus cosas para no perder tiempo en la salida, no es que tuviese muchas ganas de llegar, más bien quería volver con sus amigas, porque el tiempo que estuvo con ellas se le pasó rápido y le supo a poco. Con los bártulos mano, cogió el móvil para llamar a su padre de que no tardaría mucho en llegar a la estación. Por suerte tenía buena cobertura y no tardó en dar señal. Dos o tres toques y al otro lado del teléfono ya escuchaba la voz de su padre. 

- Hola Laura, ¿por donde vas?, ¿estás llegando?.-

- Si papá, en unos 15 minutos estoy allí.-

En lo que respondía su padre, el tren quedó envuelto por la casi total oscuridad de un túnel poco iluminado y sombrío donde perdió cobertura y la señal se entrecortaba, a penas le entendía y lo que le oía sonaba como enlatado. Ella no quería alzar la voz en el silencio del vagón por no dar la nota, pero la tentación casi la ganaba. Escuchaba a los otros pasajeros que se movían  y se levantaban, algunos estaban en su misma situación, teléfono en mano y sin poder oír, ella no escuchaba nada, y veía poco. El tren parecía coger velocidad y no parar, no se veía  luz al final del túnel, la oscuridad se los tragaba. Al otro lado su padre que tampoco la escuchaba, la hablaba y la preguntaba...

- Hija, ¿estás ahí?, ¿Laura?. ¡No te oigo!.

La señal se cortó, no la volvió a escuchar más. Intranquilo, llegó a la estación, buscó su tren y salió al andén a esperarla. El tren no llegó, nadie tenia noticias de él, perdieron toda señal con él. Y Laura no estaba en el andén. La oscuridad se la tragó, quedando atrapados en el túnel.

jueves, 28 de enero de 2021

EL TREN DEL SILENCIO

Se abrió la puerta de cada vagón dejando paso a los pocos viajeros, que se bajaban al andén esa mañana, en silencio, todos con la mitad de la cara tapada por la mascarilla, algunos casi hasta los ojos, otros con la nariz fuera, cada uno a su manera. Los que esperábamos fuera subimos con celeridad, el tren casi parecía no esperar a nadie y pronto partiría a la siguiente estación. Los que nos subimos, buscábamos asientos libres para evitar el contacto entre nosotros, y en los que no era posible, evitabamos el contacto en la medida de lo posible, casi ni nos mirabamos. La escena era tan surrealista que casi parecía sacada de una novela apocalíptica o de ciencia ficción. El resto mirábamos y sentábamos ordenadamente en los espacios libres del vagón. 

El tren, en un silencio casi ceremonial, se puso en marcho y partió dejando un andén casi vacío y en silencio, dejándome la sensación de partir de una estación abandonada. En el tren me senté al final del vagón, o del coche como le llaman algunos, iba en sentido contrario a la marcha, por lo que siempre iba viendo por la venta lo que dejábamos atras en el camino, y cuando no miraba por la ventana, miraba a los pasajeros que tenía frente a mi, unos estaban de cara y a otros les daba la espalda. Recuerdo que entre los pasajeros había una administrativa treintañera, muy pulcra en su vestuario, apoyada en una puerta, miraba con una amplia sonrisa que se adivinaba a pesar de llevar una mascarilla personalizada puesta, la pantalla de su teléfono móvil mientras movía rápidamente los dedos sobre ella. Había un joven, pegado a un rincón, con un amplio cinturón repleto de alicates, destornilladores y otras herramientas, parecía arrastrar el cansancio de la semana y apuntaba con su mirada perdida a la ventana, viendo como a gran velocidad se acercaba a un destino al que parecía no querer ir. Una mujer de avanzada edad, ayudada por un viajero solícito, se acomodaba en un asiento. A sus pies, caía un bolso enorme que casi parecía ser su maleta de viaje. Un viajero que parecía ser el vendedor de unos grandes almacenes enfundado en un ajustado traje azul marino sujetaba con una mano un maletín que aparentaba ser nuevo, casi podría apostar a que todavía olía a material nuevo. Pocas personas conversaban entre sí, y algunas lo hacían por teléfono, unas casi en susurro, y otras a un volumen que al resto de pasajeros nos hacía participes de la conversación. 

En general, estabamos abstraídos en nuestros propios pensamientos, unos ojeando el periódico o simplemente pasando sus páginas, y otros mirando  sus teléfonos móviles, los que iban en plan ejecutivo, imagino que irían mirando el correo electrónico, gmail probablemente, el correo de los pijos; y otros estarían matando el tiempo de sus monótonas vidas en las redes sociales, criticándose los unos a los otros, o mostrando al mundo una vida irreal, y todo en un ambiente tan sobrio que parecíamos alumnos en una clase haciendo los ejercicios que hubiese mandado el profesor. No reconocía aquel ambiente que en otras ocasiones me había gustado tanto por lo imprevisible que era. 

En otras ocasiones en las que había viajado, siempre tenía alguna anécdota que contar a mi familia o amigos al llegar, siempre ocurría algo como que un hombre que viajaba desde Bilbao y cambió de tren en Madrid, decidía asearse en el baño y aplicándose desodorante en aerosol, provocaba que saltaran las alarmas en la cabina del maquinista y el tren se detuviera unos minutos en medio de la nada, atrayendo la atención de los viajeros, o que un chaval que se subía sin billete tuviera que ir sentado en el suelo, o que un hombre que ayudaba a su padre a subir al tren, se viera encerrado en el "coche" y tuviera que esperar a poder bajar en la siguiente estación; o simplemente hablaba con alguien con quien casualmente había coincidido en viajes anteriores, aunque fuera brevemente. 

En ese tren, ese día no pasaba nada de eso. Era el tren del silencio.

viernes, 22 de enero de 2021

Y QUE ES LA VIDA SINO UNA PUTA LOCURA


Y que es la vida sino una puta locura en la que de repente, mientras estás con los colegas, o con tu mejor amigo o amiga, sin pensartelo dos veces, decides que te vas, que os váis, que os cogéis las maletas y os piráis, e incluso sin maletas, con lo puesto y nada más. Sin previo aviso, sin despediros de nadie, sin llamar a casa, paráis un taxi y le decís al taxista que os lleve a la estación, y en le camino pensáis que estáis como una puta cabra, que todo esto es una locura, pero ¿qué es la vida sino eso una sucesión de ideas locas y actos locos?. De repente decides andar en el desorden, entre momentos y decisiones desordenadas sin un por qué. Y aunque sabes que todo eso es de locos, y en el fondo la estás cagando mucho, no te importa, no sabes por que pero te da igual, te sientes bien en el desorden y la locura y no miras atrás, no piensas hacerlo.  

Llegáis a la estación y salís del taxi y os despedís del taxista que os mira con cara de estar pensando que estáis como una regadera. Entráis en la estación y ni siquiera sabéis donde vais a ir, no tenéis ni idea, puede que incluso alguien esté a tiempo de parar esta locura. Miráis destinos y decidís que os vais a ir lo más lejos posible, a tomar por culo, donde nadie sepa quienes sois, iréis allí donde podáis ser otras personas, inventaros unos nombres y unas vidas, o simplemente ser quienes sois realmente sin que ninguna realidad os reprima serlo.

Con los billetes en la mano, corréis al anden, no podéis perder ese tren a locuralandia, y aún sabiendo que todo eso que estáis haciendo es una puta locura, pero no podéis parar, si lo hacéis quedaréis como idiotas. Os subís al tren y relajáis vuestras risas y bajáis el tono en los comentarios mientras buscáis el vagón que os corresponde y quedáis en vuestro asiento, para que los demás pasajeros no piensen que sois idiotas o vais pedo, aunque vais pedo. Os sentáis y casi os ocultáis para que nadie os mire, y cuchicheáis sobre lo locos que estáis, ni siquiera sabéis donde iréis o que haréis al llegar, no conocéis a nadie allí, no sois nadie allí. Simplemente os vais. Arranca el tren, ya se mueve, ya se va. La locura se consuma, ya no podéis echaros atras, el tren parte y poco a poco dejáis todo atras, y el tren se pierde en el camino, sigue adelante en su destino igual que la vida sigue sin parar. 

 

jueves, 14 de enero de 2021

TRAS LA ESTRELLA DEL CIELO

Hacía un casí un día que caminaban los tres por el desierto, cargados cada uno con todos su enseres y unos presentes para quienes iban a darles posada en las noches que venían, cuando ya bajo el manto de la noche cerrada de invierno, se vieron perdidos en medio de la nada, sin estar muy seguros de que dirección tomar... No había signo de vida alguno allá donde miraban, tampoco se avistaba nada en el horizonte desde hacía horas, y el cansancio que ya acusaban, tampoco ayudaba a tener mejor lucidez en semejante situación. Parados los tres como palmeras en medio de ningún lugar, cada cual dijo de ir en una dirección, norte, este y oeste, sin estar en absoluto seguros de que cada una de ellas fuera la correcta... Ninguno de ellos estaba seguro de que el otro indicase bien la dirección en la que retomar tan arduo viaje, por lo que se quedaron ahí encallados en el mismo lugar en el que pararon, durante un buen rato, casi sin apenas dar unos pasos aquí o allá, y el frío de la noche, en la arena que antes les quemaba al andar, tampoco ayudaba a pensar, y mucho menos a razonar... 

Entonces, uno de ellos, el más mayor de los tres, con su pelo plateado y su poblada barba cana, miró desesperado al cielo infinito y suplicó a Dios por una señal que les indicase hacia donde ir... Sus amigos se quedaron más fríos que la propia noche con aquella suplica de quien jamás habían visto así, y el silencio, más ensordecedor que nunca en ese lugar, se hizo dueños de ellos. Vieron a su amigo mirar al cielo en busca de respuesta, en busca de la señal, y ellos miraron también... Al principio no vieron nada, solo una inmensa oscuridad que se perdía más allá de donde ellos mismos lograban ver, hasta que uno de los tres, casi en frente de él, en el cielo, vio una luz entre dos dunas, tintineante como una llama, y avisó a los otros dos, que tardaron un poco en ver la misma luz en el cielo, era una estrella que se encontraba tan alta que parecía inalcanzable hasta para los mismísimos dioses... Sonrieron aliviados de ver algo en medio de tanta oscuridad, era la señal por la que el más longevo de ellos había clamado y suplicado... 

Como refortalecidos y llenos de energía por el avistamiento de la estrella, cargaron de nuevo sus bartulos y decidieron seguir la dirección en la que se encontraba la estrella, sin tan siquiera saber si esta era realmente la señal que habían pedido o simplemente una casualidad del destino... No sabían si llegarían a su destino, ni a donde irían a para, pero reanudaron el camino tras la estrella del cielo, perdiéndose con ella en la oscuridad del desierto...

jueves, 7 de enero de 2021

LA CASA DE LA NIEVE

Salío de su casa en una de las primeras mañanas de Enero, en medio de aquel invierno, uno de los inviernos más fríos que había vivído en los últimos años. Salío bien abrigado con su chaquetón marrón y su gorra recién estrenada que tan calentita le mantenía la cabeza. Apenas a unos metros de su casa, empezaron a caer los primeros copos de la tan anunciada nieve para aquel fin de semana. Caminando entre los diminutos copos pensó en como estaría ya la montaña, aquella sierra a la que de vez en cuando escapa de la rutina y el mundanal ruido y se refugiaba en su casa de campo, o como él la llamaba, "la casa de la nieve"

La casa de la nieve se encontraba cerca de una montaña que en días de nieve, era traicionera y si no mirabas bien donde pisabas, podrías resbalar y desandar de mala manera el camino que marcabas de ida. Se encontraba en medio de un valle con un río no muy caudaloso que sobre las grandes rocas sobre las que transcurría, se coloreaba en plata durante el día. A lo lejos, la casa se veía casi diminuta y el fuego de la chimenea que avivaba en los días más fríos, apenas se veía con la nieve de fondo, por lo fría que solía estar la leña y que costaba quemar. Dentro de la casa, el fuego mitigaba el gélido ambiente que le rodeaba por la nieve, y daba gusto sentarse junto a él con la manta de oso echada sobre las piernas. Así, al calor del hogar que se había echo solo para él, daba gusto pasar las largas y frías noches de invierno. Allí no pensaba en nada, no se acordaba de la gran ciudad, ni de quienes la habitaban, no había problemas, ni ruido, todo era paz y tranquilidad, solo escuchaba los pequeños y placenteros ruidos que la naturaleza, sin la mano del hombre, cantaban en ese remanso de paz en el que tan agusto se encontraba consigo mismo. 

De vez en cuando, y según el ánimo que tuviese, invitaba a algún conocido a su casa, pero solo gente de campo, gente que vivía o pasaba tiempo cerca del valle, nunca gente de ciudad que le trasladase el tormentoso sin vivir de cada día en sus histéricas y estresantes calles. Ni lo quería, ni lo necesitaba. No se escapaba a la casa de la nieve para eso. Allí solo quería paz y tranquilidad, una buena conversación silenciosa y placentera sobre la vida, alrededor de una botella vino, o de coñac, a veces de whisky con la que calentarse el gaznate y pasar el rato sin preocuparse del tiempo, ni de nada más. 

Cuando estaba allí, ya fuera solo o en buena compañía, no tenía prisa por nada, no había límite de tiempo, no había que ir a ningún otro lugar, tan solo caminar por sus silenciosos caminos llenos de vida y hechos de manera natural. Respirar y no oler gasolina ni tabáco, solo a campo, a brotes verdes y leña quemada de las cabañas que se encontraba en sus paseos campestres. De buena gana y con gusto se quedaría a pasar el resto de sus días en aquel lugar inundado de paz y que pareciera estar lejos del mundo, lejos de cualquier lugar imaginable. Tenía muy claro que su lugar favorito en el mundo para estar y pasar el tiempo, era la casa de la nieve.

viernes, 27 de noviembre de 2020

ENTRE TUS PÁGINAS

Hoy me acordé de ti, de cuando te conocí, me acordé de ese pequeño tiempo que pasamos juntos y en el que entre los dos no pasó nada, aunque ganas no me faltaron. Hoy me acordé de tu libro, aquel que me regalaste sin especial motivo, pero que no tardé en leer porque leerlo era leerte a tí, era saber más de ti, y quería saber de ti, tenía ganas de tí. Hacía tiempo que no lo leía, hacía tiempo que lo dejé ahí, cerca de mi y no lo toqué, quizá porque no quería aferrarme a una historia que si entonces no pudo ser, ahora menos, y tenía que pasar la página. Creo que esta noche, después de tanto tiempo, lo volveré a leer, quizá para leerte a ti otra vez, lo volveré a leer para revivir tus recuerdos. 

Buscaré entre tus páginas el consuelo de tu recuerdo con el que olvidar los pensamientos que me embriagan desde la mañana. La idea de que esos tiempos tan efímeros no volverán, me entristecen y me llevan a una profunda nostalgia gris, gris como el día, una nostalgia lluviosa y encapotada de nubarrones que nos tapan el sol. Supongo que nos aferramos al pasado, ese que siempre nos parece un tiempo mejor que el que vivímos, y por momentos nos cuesta pasar la página, quedándonos anclados en el mismo capítulo una y otra vez. A veces pienso que he cambiado, que me volví más frío y que ya no miro atrás, que ya no pienso en el pasado, aunque realmente no lo dejo de rememorar una y otra vez, y en él estás tú, vuelves una vez tras otra. Sin embargo, todo esto es solo eso, pasado, un pasado que ya no volverá, porque ni tú ni yo estamos ahí, apenas nos volvímos a reencontrar una vez, y después cada cual siguió su camino, un camino que cada día nos ha ido separando más y más. 

Tú te fuiste a una isla de ensueño y con la que todos soñamos alguna vez, y allí encontraste el amor que no encontraste en mi, o te lo llevaste contigo, y lo sembraste recogiendo su fruto, un fruto que yo no te habría podido dar, o tal vez si, nunca lo sabremos. ¿Y yo?, yo sigo aquí, donde me dejaste, donde nos dejamos de ver porque así había de ser, porque, aunque conectamos muy bien, ni tú eras para mi, ni yo era para tí a pesar de que en ese momento de la vida y por capricho del destino, coincidieramos en ese momento. 

No creo que tú busques entre mis páginas, bastante tendrás con las tuyas, probablemente ni siquiera pienses en mi, aunque seguro que me recuerdas. Es lógico, ahora no soy más que ese libro que ves solo de paso y devuelves a su sitio, y en ese sitio me quedo, leyendo el tuyo, leyéndote a tí, y recordándote, porque las historias bonitas, nunca se olvidan.


miércoles, 18 de noviembre de 2020

EL FACTOR SORPRESA

Había conducido durante más de una hora su viejo Ford de los 80 que todavía, y sin quejarse, le llevaba a todas partes. No había avisado a nadie que de saldría de la ciudad, ni de que iría a ver a su familia por el cumpleaños de su pequeña nieta que ya se hacía mayor y al que en su momento no pudo asistir, ni siquiera a ellos les dijo nada, quería darles una sorpresa. 

La casa en la que vivían estaba tan alejada de todo, que ni se podía considerar de pueblo, estaba apartada de la civilización, apartada del mundanal ruido, en medio de un silencio casi tétrico, solo una desgastada carretera rompía la virginidad de aquellas tierras. Al llegar, aparcó relativamente lejos de la casa, no quería que ni el ruido del viejo motor le delatara y le estropease el factor sorpresa con el que fantaseaba. Se bajó del coche y sacó del maletero varias bolsas de la compra que había guardado y que ese día había llenado de todo lo que se le ocurrió que pudieran necesitar, además del regalo que con bastante antelación al cumpleaños, había comprado. Se repartió las bolsas entre las dos manos y echó a andar hacia la casa campo a través, intentando evitar que le vieran llegar por la entrada principal.

El camino estaba cubierto de árboles bien tupidos que en verano daban una agradable sombra en la que refugiarse del tremendo calor, sin embargo, en esos días en los que el otoño ya estaba en plenitud, dejaban el suelo repleto de hojas secas, coloreando el paseo de un marrón verdoso y seco que era casi acogedor. Llegando a la casa, aminoró el paso por el crujir de las hojas que chivarían su llegada. Cada pisada de sus viejas botas eran una señal de alarma que saltaba diciendo que se alguien llegaba. Procuraba pisar despacio, no sabía si pisar de punta o con el tacón. Las hojas no hacían más que quejarse a modo de crujido con cada una de sus pisadas que las machacaban y las partían. 

Cuando ya la tenía a la vista, se quedó detrás de un árbol, intentando ver por alguna de sus ventanas si alguien le pudiera ver llegar, no le pareció ver a nadie y supuso que estarían por las habitaciones, o el sótano quizá. Conservando el factor sorpresa de su llegada, apresuró el paso para evitar que le viesen. Algo cansado, pues había tomado el camino más largo para llegar, se plantó delante de la puerta y antes de llamar, se paró y tomo aire, aire puro del campo, sin contaminar, no como el de la ciudad que olía a gasolina y quien sabe a cuantas mierdas más que respiraba cada día. Más relajado, cogió las bolsas con una sola mano y con la otra llamó a la puerta con los nudillos, dando tres o cuatro golpes, quizá cinco. Esperó un rato hasta que escuchó pisadas que corrían a la puerta, seguramente era la cumpleañera a la que daría una gran sorpresa, y se la dió.

Era ella quien corría y quien abrió la puerta, la puerta y la boca ante la llegada de su abuelo a quien no esperaban ese día. Le gritó a su madre -¡mamá, es el abuelo!, mirando a las escaleras que llevaban al piso de arriba, a las habitaciones. Poco tardó en bajar junto a su marido, con la misma cara de sorpresa que puso la niña al abrir. 

Hubo besos y abrazos en lo que iba a ser una mañana cualquiera. Había logrado lo que quería, conservando hasta su llegada, el factor sorpresa.

domingo, 25 de octubre de 2020

EL NÁUFRAGO PERDIDO

Cuando se despertó, Sebastián estaba empapado, tenía la ropa pegada al cuerpo y tenia frío, el cielo estaba cubierto de nubes grises que amenzaban con echar más agua sobre él. Le dolía todo el cuerpo, y sabía que hacía en esa pequeña balsa en medio de ningún lugar. Levantó la cabeza y solo veía agua a su alrededor, y una roca que asomaba al fondo como si del iceberg del Titanic se tratara. No se escuchaba nada, todo era silencio roto por su respiración. 

Se sentó como pudo, escuchando el crujido de su cuerpo con cada movimiento que hacía, debía de llevar horas ahí tirado, perdido en Dios sabe donde. En la balsa no había nada, solo agua fría que le hacía tiritar. Buscó un remo o una tabla con la que remar y poder ir a algún lugar, aunque no tenía ni idea de en que dirección ir. No se veía nada ni en el punto más lejano que su vista alcanzaba a avistar, el mar de nubes que había sobre su cabeza no ayudaban mucho a dejarle ver, solo veía agua desde donde estaba, hasta donde se le dibujaba el oscuro horizonte. Palpó los bolsillos de su chaqueta azul, ahora casi negra por el agua, y no tenía nada, no llevaba nada encima, ni su cartera, ni papeles, ni siquiera su cajetilla de cigarros. Tampoco tenía nada en los bolsillos del pantalón, solo agua, ni en el bolsillo de la camisa, aunque eso era habitual en él, aunque ahora le habría ido bien, aunque fuera como distracción ante esa situación. 

Recordaba que había ido de crucero por el mediterráneo como despedida de soltero, era un crucero pequeño organizado por sus amigos que buscaban tener con él una última aventura, la última travesura antes de sentar la cabeza y volverse un hombre formal. Recordaba estar en la cubierta del barco con ellos, todo se movía, probablemente por una monumental borrachera que se habría enganchado con ellos, o tal vez fuera el barco, no sabía. Tal vez fueron ellos quienes gaastándole una tremenda inocentada le dejaron ahí, ebrio, como una cuba, pero después ¿qué?. A los dos días de iniciar el crucero se casaba, en Ibiza, en una boda rollo hawiana, hippie, muy loca. ¿Dos días?, puede que fuese ese mismo día en el que estaba perdido en medio de ningún lugar, en el que se casaba, y no tenía modo de hacer nada. 

Se echó las manos a la cara, como queriendo que la oscuridad que formaba con ellas, le aclarase las ideas. Al levantar la cabeza, miró de frente y vio que algo parecía ir en su dirección. Se acercaba rapido, de pronto se le pasó todo el entumecimiento y se le encendieron todos los sentidos como si de alarmas se tratase. El objeto en cuestión parecía ser de gris claro, parecía bastante evidente que se trataba de un tiburón con intención de rondarle. Se quedó en silencio, bajó su respiración todo lo que pudo y casi no se movía, todo salvo su cerebro que puso a dar vueltas a mil revoluciones. Con el mínimo ruido que pudo hacer, se tumbó y se quedó lo más inmóvil que pudo. Intentó relajar el cuerpo para dejarlo muerto, pero sentía rigidez en la espalda y eso no ayudaba a la relajación. Ni siquiera pudo cerrar los ojos, y se quedó como una tabla más de la balsa, mirando al cielo gris que parecía confabularse con el tiburón. No había nada en él, solo nubes amenazantes que intimidaban todo cuanto había a su paso, ni un triste pájaro las acompañaba. Pensó que prefería tener algún pájaro sobre cagándole encima, a tener un tiburón con ganas de banquete, rondándole. 

Esperó y esperó, inmóvil, sin emitir sonido alguno, la tensión del momento hacía que ya ni notase el agua empapándole. A penas respiraba y suspiraba practicamente en silencio, rezándole a algún dios que anduviese por ahí y le echara la mano de alguna manera. Resignado, cerró los ojos y se dejó llevar con la esperanza de que algún milagro le salvase. De pronto y sin previo aviso, sintió un empujón enorme, notó como era levantado por algo enorme, quizá fuese el tiburón, o tal vez una ola que lo llevase y lo alejase del escualo, librándole del peligro. Lo levantó tanto que de repente se vio volando por los aires, sin poder reaccionar. 

Tan pronto se voló por los aires, como se estampó contra el mar, engulléndole como si del propio tiburón se tratará, y todo se volvió oscuro y frío, envuelto por el agua que se lo tragaba de un bocado, al tiempo que el temido visitante del náufrago se iba sin hincarle el diente, tal vez en busca de una victima mejor.

Sebastián no volvió a sacar la cabeza del mar.

lunes, 28 de septiembre de 2020

LA OSCURIDAD QUE LLEVABA DENTRO DE SI

No sabía como empezaron esas pesadillas, pero si se cuando. No empezó a tenerlas a raíz del accidente con el coche, ya las tenía de antes, quizá por ellas tuvo el accidente aquella tarde gris y ligeramente lluviosa, ellas le tenían distraido y casi nervioso. 
 
La noche antes del accidente tuvo el mismo sueño que hacía días se le repetía como una historia macabra de cine negro. Era un sueño extraño, extraño y desagradable. 
 
Veía la escena desde dentro de si mismo, la veía de tal manera que no sabía explicarla, y sin embargo la veía casi nitida en su mente una y otra vez, era un observador impasible dentro de su propio cuerpo. No sabía donde estaba, porque nunca estuvo en un lugar así, y sin embargo se le hacía familiar, como si hubiera estado allí antes, o siempre, era como déjà vu
 
Estaba en una especie de cloaca, sucia y humeda, tanto que prefería pensar que lo que pisaba era solo agua. Solo entraba algo de luz por una un lado y no iluminaba mucho. Había un hombre, o eso le parecía por la silueta que se dejaba adivinar por la débil luz. No le veía la cara, era como si siempre estuviera en la sombra, solo sabía que esa silueta no le era desconocida, la conocía y no sabía de qué ni de donde, pero ya se habían visto antes. Estaba a su espalda, sentía su respiración en la nuca y en el cuello cuando este le hablaba, sentía su aliento frío, tanto que se subió el cuello del abrigo, y lo cerró más entorno a si mismo para darse calor. Al depertar nunca recordaba lo que le decía el misterioso hombre que siempre tenía a su lado en las pesadillas, nunca le oía al hablar, pero si le entendía lo que decía. 
 
La imagen que tenía de él no era clara, era como si le viera en blanco y negro o a través de la niebla, tenía la sensación de que era mucho más alto que él, casi gigante, y tenía unas gafas toda de cristal o de una montura ligeramente brillante. La verdad es que no recordaba bien la conversación con ese hombre, si es que la tenía, pero siempre estaba en algún rincón de su mente, como escondida, era como si el misterioso hombre le persiguiera a distancia, ¿qué quería de él?. 
 
Solo sabía que acaba derribando al misterioso hombre en la oscuridad en un ataque de ira y hartazgo. Y le estrangulaba, le envolvía el cuello con sus manos y le clavaba las uñas con tal fuerza que le dolían las manos, y el hombre de la sombra se reía gozoso, se reía de él porque había sacado a la luz la oscuridad que llevaba dentro de si.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

GUSANOS POR MARIPOSAS

Estaba solo en su habitación con el ruido del cortacésped como único acompañamiento, se encontraba casi a oscuras, tan solo iluminado por la pantalla de su ordenador y la poca luz que le entraba de la calle a media mañana. Estaba nublado y hacía fresco, el verano ya se había ido y los primeros vientos de otoño se hacían notar levemente en sus heladas manos, siempre las tenía frías aunque no hiciese mucho frío, era como si la sangre se hubiese ido con aquel verano que todos los años se le hacía tan corto, muchos eran los meses que le esperaban de frío, lluvia y viento, y nieve tal vez, se le hacía demasiado largo. 

Sentado frente a la hoja en blanco del ordenador, le daba mil vueltas a la cabeza intentando sacar una historia para su próxima publicación, pensaba en todo tipo de historias sin saber muy bien cual contar, no tenía decidido a que público dirigirse, sabía que en su mayoría sus lectores, eran lectoras, o al menos eso pensaba porque sus seguidores mayormenete eran seguidoras, y por los comentarios que otras veces había recibido en sus ya viejas publicaciones, pero también pensaba en aquellos que alguna vez le habían escrito, lo que a veces le había llevado a publicar algo quizá más masculino, y pensaba en historias más oscuras que las que había publicado, historias grises de suspense o de asesinato, misterios tal vez, historias que las visulizaba como si se dieran casi en los años 30, 40 o 50, aunque casi siempre ocurrían en la actualidad. Veía a sus personajes que muchas veces se basaban historias que había visto en películas o series de televisión. Sin embargo, esta vez no sabía o simplemente no tenía que escribir.

Tantas vueltas a la cabeza, le bloqueaban, no sabía como empezar o si empezaba, no sabía como seguir, apenas escribía un par de párrafos y no sabía como continuar, y el ruido de la máquina que cortaba el césped de su jardín no ayudaba a aclarar las ideas, más bien las llenaba de ruido, mientras la escuchaba ir de un lado a otro, ¿tanto tenía que cortar?, ¡si había estado allí mismo hace nada!, y el jardín era pequeño, apenas doblaba la esquina del bloque donde vivía, no era el jardín de una mansión que mantuviera al jardinero ocupado media mañana, aunque esa media allí se la pasara. Tal vez lo hacía para justificar el sueldo y el tiempo y no tener que ir a ningún otro sitio más. Se paraba y bostezaba y se volvía a parar, pensaba y pensaba sin saber con que más se podría enrollar, al final solo tenía palabrería para rellenar. Escribía, borraba y volvía sobre sus letras como quien vuelve sobre sus pasos y en teoría lo escrito era mejor que lo anterior, o no, pero ahí lo dejaba cansado de no escribir nada. 

Las ideas ya no fluían como antes, serían los años o simplemente que ya no había inspiración, había querido hacer tanto que ya casi no hacía nada. Tal vez escribió tanto antes, que no se guardó nada y su cabeza, su corazón y hasta sus mismas entrañas eran como un cajón vacío que suena a hueco y huele a viejo y cerrado, y el único papel que ahora quiere guardar ahí es el que pueda acabar fumado. A veces se veía a si mismo en el espejo tocándose la barba de 3 días, como si de esta pudiera sacar las ideas y la inspiración que ahora le faltaban, y a veces, como si esta le hablara, sacaba al menos una frase o dos con las que continuar. 

Cuando el jardinero y su cortacésped se habían ido, solo quedaba un vacío que se extendía a él, miraba a ese vacío en el que no veía nada, y nada le inspiraba para continuar, quizá ese ruido que iba de un lado a otro, si le ayudaba y cuando no estaba, no escribía nada. Y todo aquello, mientras el tiempo corría se le echaba encima, le ponía ciertamente nervioso, le cortaba la respiración en busca de inspiración y el estómago le arrugaba, le doblaba. Aquello no eran mariposas en el estómago ni en el corazón, sentía que esas cosas eran gusanos por mariposas.

lunes, 7 de septiembre de 2020

UN WHISKY QUE SABE A JUVENTUD

Hacía mucho tiempo que no me tomaba un whisky, años sin catarlo, ya casi no recordaba su olor y su sabor, un sabor que me recordaba a mis años juventud no tan lejana, aunque cada vez se alejaba más. 

Con el primer trago me vinieron recuerdos de sus noches en la discoteca Kapital, en Atocha y algunos sitios más, me llegaban flashbacks de aquellos fines de semana de ron y vodka, era como volver a ellas, como si nuevamente estuviera allí. Y las borracheras, recordaba aquellas borracheras de mezclar que tan mal me sentaban, que me quitasen lo bailao, me daba igual, aquellos años, mis años 20, ya no iban a volver y nadie me los iba a quitar. Fueron años jovenes en los que la testosterona se disparaba y donde creo comerme un mundo que se sin darme, como todos a esa edad, cuenta me lo comería a mi.

Con aquel whisky que llevaba tanto tiempo sin beber, recordé aquellas noches en las que en muchas ocasiones me llegaba a amencer, recordé ese sabor que me dejaban en la boca los no más de tres o cuatro cubatas, probablemente de garrafón, que me podía llegar a tomar, recordé también, a medida que lo bebía, aquellas vueltas en taxi, a primera hora de la mañana, e incluso aún de noche sin llegar a amanecer, con la boca medio dormida. Recordaba que solo quería dormir, y solo dormía, a veces tantas horas que se me iba el día, y llegaba la noche en la que volvería a salir.

Ya no recuerdo cual fue el primero, hace tanto de eso, tantos años y tantos pelotazos que me había tomado, al fin y al cabo todos me sabía igual. Aquel whiskola, no era de mis favoritos, casi prefería el ron con el que también tuve mis buenas borracheras, sin embargo y después de tantos años, me reencontré con ese viejo amigo que me supo hasta bien, me supo a buenos tiempos, a mis salidas por Madrid y quemar noches sin dormir, por un momento, hizo de este cuarentón un veinteañero lleno de energía más de noche que de día.

Puedo decir que ese era un whisky que sabe a juventud.

viernes, 21 de agosto de 2020

EL AIRE ARDE

 

El aire arde, 

me quema la garganta al respirar, 

me ahoga y me abrasa la piel. 

No puedo pisar el suelo, 

me quema los pies. 

Es como estar dentro de una burbuja de aire, 

denso y candente que te envuelve y te atrapa, 

no te deja respirar, 

te ahoga.

Solo espero que acabe pronto con esta agonía, 

ni siquiera puedo pensar con claridad.

Todo está borroso y confuso, 

una neblina me ciega y me quema los ojos,

casi no puedo abrirlos, me mareo y siento que caigo al suelo ardiendo,

me quema la piel y la funde capa a capa hasta llegar al hueso, 

quema tanto que ni me duele.

Pronto seré huesos deshechos y carbonizados, 

nadie sabrá quien soy, 

y quien fui se lo llevará el viento abrasador.

El aire arde.

martes, 4 de agosto de 2020

¿DÓNDE ESTÁ SANDRA?

-¿Qué pasó anoche con Sandra, tío?, ¿qué has hecho?.
-¿Que qué he hecho?, no sé, me acabo de despertar, no me acuerdo de nada.

Ese fue el despertar del niño Carlos tras desperezarse de la resaca, una taza de café cargado y la llamada de su amigo Andrés. Era cierto que no se acordaba de nada, la borrachera que se pilló era tan grande que no sabía que hizo esa noche. Sandra era su chica, no llevaba mucho tiempo con ella, tan solo unos meses, y la relación no parecía que tuviera mucho futuro. Asustado por la pregunta de Andrés, intentó recordar que hizo o que pasó, no tenía ni idea, solo se acordaba de el sabor amargo de la última copa.


Sandra había desaparecido, nadie sabía donde estaba. No sabían nada de ella desde que la noche anterior se había despedido de unas amigas para ir a cenar con Carlos. Ni siquiera había por whatsapp sabían de ella, no había escrito en toda la noche, algo inusual en Sandra que hasta solía mandar mensajes tan banales como " El primer copazo de la noche, chicas!!!", cuando solo tenía una coca cola helada en la mano. Al principio no le habían dado importancia al no tener nada de ella, imaginaban que se estaría enrollando con Carlos y se olvidó de todo o sencillamente pasó del móvil, así que la dejaron a su bola, que estuviera con su chico y ya por la mañana la darían un telefonazo para que les contara. En algún momento de la madrugada hasta la habían llamado sin tener respuesta, pensando que probablemente se estuviera tirando a Carlos y hubiera silenciado el teléfono, o simplemente que estuviera dormida, por lo que dejaron de preocuparse por ella y no darle más la chapa, al menos hasta que la volvieron a escribir y a llamar por la mañana.

Era casi mediodía cuando aún seguían sin saber nada de Sandra, ni un mensaje, ni una llamada, ninguna señal de ella, no se había conectado desde la noche anterior, más de doce horas sin saber de ella. Carlos tampoco se había conectado, no sabían nada de ninguno de los dos, pensaban que estarían como troncos, borracho él y desnudos, así se los imaginaban, y hasta les hacía gracia al principio, pero era muy extraño en ellos. Leticia, amiga íntima de Sandra, y Andrés, con quien tenía bastante buena relación, fueron a casa de Sandra, se les hacía muy raro no saber de ella, que vivía pegada al móvil, y les preocupaba mucho no tener noticias suyas.

Sandra estaba rehabilitándose de su adicción a las drogas, llevaba casi un año y parecía que empezaba a enderezar un poco su vida, se estaba desenganchando del alcohol que se bebía como agua y de sustancias varias como las tachas, o de vapear, lo que unido al alcohol, la colocaba y la hacía perder el norte. Como suele ocurrir en la mayoría de casos de adicciones, Sandra empezó con ellas en su adolescencia, con una unidad familiar desunida, con unos padres separados y que transitaban por mal camino. Su padre era un vago que solo quería vivir de un cuento que solo él se contaba, y acabó yéndose de casa a vaya a saber Dios donde, llevaba años sin verle ni saber de él, y su madre, que quería vivir un sueño americano en Madrid, abrió un local cutre de tattoos con un bala perdida que la perdió a ella. De su madre si sabía, aunque no quería saber nada de ella. La rebeldía de los años adolescentes la hizo caer en las adicciones, eran tiempos convulsos en los que todo le daba igual, y a la vez no quería como esos padres que se olvidaron de ella, obligándola a cuidar de si misma como podía. Andrés y Leticia habían estado con ella desde el principio y Sandra, consciente de su situación y de que no podía seguir así, por su propia seguridad, le había dado a su amiga una copia de las llaves de su casa, y llaves en mano decidió ir a su casa, esperando verla tirada en la cama.

Al entrar, se encontraron abiertas todas las puertas interiores del piso, algo que no solía hacer Sandra, antes de irse a dormir, siempre las cerraba, era parte de la terapia, una pauta marcada para seguir y tener orden en su alocada vida. Había un silencio casi sepulcral, olía a cerrado y a tabáco, alguien había fumado y temían que fuera su amiga, temían que hubiese recaído, y más desde que estaba con Carlos, que fumaba y bebía, aunque ella estuviese delante. En el salón se encontraron una lata de coca cola vacía, varías botellas de cerveza tipo ale de alta graduación, también vacías y lo que más temían y no querían ver, una vapeadora, seguro que Sandra había fumado y bebido. Sabían que con Carlos eso podría pasar, sabían que algún día podría recaer, y ese día llegó. La llamaron, recorrieron todas las habitaciones, que tampoco eran muchas, no era un palacio. Todo parecía en orden, las camas hechas, armarios cerrados..., todo hacía pensar que solo estuvieron en el salón, donde llevaron la cita y evidentemente se desfasaron.

Sandra no estaba.

Sandra no estaba, y no se había llevado nada, solo la cartera y lo puesto, hasta se había dejado el móvil tirado en el sofá, casi no tenía batería, y si se había vuelto a emborrachar y a colocar, quien sabe a donde habría ido, no tenían ni idea. Leticia, muy preocupada, empezó a llamar a cuanta gente conocía a Sandra, y a cuanto sitio solía ir, nadie sabía nada, nadie la había visto ni hablado con ella, algunos en horas, otros en días. Entonces fue cuando Andrés, más cabreado que preocupado, llamó a Carlos para preguntarle por ella.

-¿Qué pasó anoche con Sandra, tío?, ¿qué has hecho?.
-¿Que qué he hecho?, no sé, me acabo de despertar, no me acuerdo de nada.

martes, 14 de julio de 2020

EL SABOR AMARGO DE LA ÚLTIMA COPA


        A duras penas el niño Carlos, como aún le decían en casa, abrió los ojos aún pesados por tan profundo sueño, sentía como si tuviera una piedra atada a su cabeza. Atontado y sin saber muy bien donde había caído dormido, intentó moverse y desentumecerse, quiso despejarse cuando el estridente despertador le sonó como una chirriante obra de la calle en su embotada cabeza. Estaba en la cama, ya era mediodía aunque para él era como si apenas acabase de amanecer, todavía esperaba oir a la gente de la calle darse los bueno días como si fuesen a desayunar.

Tardó un rato en poder moverse, no sabía si eran segundos o minutos. El sabor amargo de la última copa, le traía retales de la noche anterior que la resaca le impedía recordar con claridad, -¿tanto bebí?-, pensó mientras se sentaba en la cama, moviéndose como si fuese una enorme piedra. Por el sabor casi vomitivo y por como se sentía, parecía ser que si, debió de beber bastante, más de lo que él estaba acostumbrado. No eran sensaciones agradables, nunca se había sentido así de mal, tan pesado y tan borracho. El corazón le iba a mil, demasiado acelerado para su edad sin haber hecho esfuerzo alguno. Luchaba contra todo, contra la somnolencia y la pesadez, luchaba contra la borrachera intentando erguirse y despejarse, esforzándose por estar fresco. Todavía estaba vestido de calle, así se acostó o simplemente se dejó caer sin saber donde y cayó tan profundamente dormido que ni siquiera recordaba como y cuando llegó a casa, no se acordaba de nada. Con un grandísimo esfuerzo y pesar, se levantó de la cama y suspiró como queriendo liberarse de tan pesada carga que llevaba consigo mismo, y sin lograrlo y como pudo llegó a la cocina, casi arrastrando los pies y se hizo un largo café que le quitase todo ese lastre.

Con el vaso llenó de negro café, se dejó invadir por su intenso olor, en un intento de ese aroma sustituyera el recuerdo y el sabor a licor ya agrio que le acompañaba, y llevado por él, tomó el primer trago que en un primer instante le calmó y casi le supo a gloria, hasta que se mezcló con la noche y le revolvió el estómago. Con rapidez inusitada llegó al baño y descargó todo el pesar de la noche, liberándose de un gran peso, se enjuagó la boca en el lavabo y se lavó la cara, sintiéndose más ligero, aunque todavía le duraba la resaca. Volvió a la cocina y casi de un trago se tomó lo que quedaba de café, sentándole, ahora si, tan bien que casi volvía a ser el mismo niño Carlos de siempre.

Volvió a la habitación, tenía que poner un poco de orden en si mismo, y eso pasaba por darse una ducha para la resaca y cambiarse de ropa, además de ordenar un poco la cama en la que sin abrirla, se habia dejado caer a plomo toda la noche. En lo que intentaba empezar por algún lado y de alguna manera, le sonó el móvil, ya ni se acordaba de él, no lo echó de menos hasta que en el bolsillo de la chaqueta le vibró dándole un susto que le hizo respingar, era Andrés, un amigo que al descolgar le dijo:

-¿Qué pasó anoche con Sandra, tío?, ¿qué has hecho?.
-¿Que qué he hecho?, no sé, me acabo de despertar, no me acuerdo de nada.

Era cierto que no se acordaba de nada, la borrachera que se pilló era tan grande que no sabía que hizo esa noche. Sandra era su chica, no llevaba mucho tiempo con ella, tan solo unos meses, y la relación no le parecía que tuviera mucho futuro. Asustado por la pregunta de Andrés, intentó recordar que hizo o que pasó, no tenía ni idea, solo se acordaba de el sabor amargo de la última copa.

domingo, 28 de junio de 2020

LILITH, MI AMANTE VAMPIRO


        Lilith me miraba tranquila, paciente, sabedora de lo que me costaría creer y aceptar todo lo que estaba pasando, y todo lo que estaba por pasar. Yo, joven de cuerpo y espíritu me había convertido en su nuevo pupilo, ella me había convertido, y ahora tendría que enseñarme un nuevo mundo, tendría que enseñarme que era otra persona, alguien distinto, y tendría que hacerlo con mucha calma, sin prisa, aunque el tiempo para nosotros no sería un problema, teníamos toda la eternidad. Ella era consciente de que allí sentados, yo no saldría de su estupor, no dejaría de darle mil vueltas a la cabeza, y tampoco teníamos toda la noche para quedarnos allí, se levantó ante mi atenta mirada, la de su criatura y me ofreció la mano para que la acompañará, teníamos mucho de que hablar. Yo, a pesar de las mil preguntas que tenía por hacerle, no pude negarme a su ofrecimiento, de algún modo, aún más intenso que antes, seguía sometido a su voluntad, que en todos los aspectos parecía ser más fuerte que yo. Tomado de su mano, noté que había recuperado la temperatura perdida, o tal vez estuvieramos los dos igual de fríos, no lo notaba, para mi la mano de Lilith era suave y cálida, su tacto era agradable, me relajaba. Los dos juntos salimos de la morgue para perdernos en la oscuridad de la noche en la que por sus labios, sin ser un beso, morí humano, la noche que nací vampiro.

Tras esa noche, Lilith se convirtió en mi universo, todo giraba en torno a ella, a su lado no había espacio para nadie más. Me enseñó quienes y que eramos, que hacíamos, me enseñó el por que de nuestra existencia, con ella me sentía como una cría de león con su madre, en el que cada día era una lección nueva para mi; con todo lo que había aprendido como un humano normal, me sentía un completo ignorante, como si no supiera nada, porque nada o muy poco de lo que sabía me servía para ser vampiro. Lilith me enseñó a ver a los humanos de una manera diferente, con ella aprendí a verles como ganado que estaba a mi servidumbre, estaban para mi cuando lo necesitase; aprender esto, aceptarlo como tal, me llevó muchísimo tiempo, en mi nueva condición sobre humana, rechazaba tal situación, no podía ser que aquellos que hasta hace nada eran mis congéneres, ahora solo fueran carne para mi, porque, según ella, nosotros eramos superiores a ellos en todo, eramos una civilización más avanzada que la humana, yendo unos pasos por delante, como si fueramos de otro planeta. Lo cierto es que incluso me costaba aceptar quien era ahora, no asumía mi nueva condición. Me miraba al espejo y odiaba lo que veía, me daba asco verme en él, me veía pálido, muy pálido y ojeroso, parecía enfermo y moribundo, Lilith decía que era porque mi cuerpo necesitaba adaptarse a lo que era ahora, y para ello necesitaba sangre, para que lo entiendas, era lo mismo que cuando al cuerpo se le implanta un órgano nuevo y adecuarse a él, aceptándolo como parte de si mismo; atrás quedaba el Gael humano, el hijo y el amigo, el compañero, atrás quedaba la gente que ahora me daba por desaparecido. Por cierto, si alguna vez has oido o leído que los vampiros no nos reflejamos en el espejo, si lo has visto en alguna película, y seguro que lo has visto, es falso, una auténtica gilipollez, porque cuando te convierten en vampiro, no pierdas toda tu condición humana, y desde luego, no nos hacemos invisibles.

Para no pensar mucho en mi nuevo yo y en como me veía, me centraba en Lilith, le hacía mil preguntas sobre ella, sobre nosotros. Lilith era en la comunidad de los vampiros uno de los miembros más antiguos, tanto como la propia biblia o más, era como la Eva nacida de la costilla de Adán, era tan vieja que la llamaban la madre de los vampiros, pues cuanto menos era una de las primeras mujer-vampiro de la historia, no sé si Drácula existe, no sé si ella nació de él o él de ella, su historia es tan antigua que se pierde en el tiempo. A pesar del rechazo que mi nuevo mundo me causaba, estar con Lilith me fascinaba, tenía un poder de atracción al que nadie se podía resistir, ni humanos ni vampiros, convertía cualquier cosa que hacía en una aventura, y su autoridad en la comunidad vampira, al igual que su fuerza y poder eran incuestionables e increiblemente grandes. Mi llegada a la comunidad, como la de cualquier recién llegado, no fue bien recibida, recelaban de cualquier novato y sobre todo de un vampiro que no fuera un pura sangre, un nacido de vampiro y no un convertido como yo. Lo cierto es que entre ellos corría cierto peligro por el rechazo que causaba, tenía que demostrar cada noche que era un buen vampiro, y mi rechazo a tener que alimentarme de una vida humana a través de la sangre para conservar la mía, no me lo ponía fácil, mi único escudo frente a los demás vampiros y que momentaneamente me hacía conservar la vida, era Lilith, ella era mi guardaespaldas, yo era su protegido, aunque me tocaría espabilar si no quería dormir con un ojo abierto cada día.

La primera vez que probé la sangre, realmente fue asqueroso, tacto y su sabor a hierro como si tuviera un tubo en la boca, eran repulsivos y nauseabundos, y sin embargo no podía parar chupar la vida a traves de ella, era saciante y casi orgásmico, daba placer y poder, me sentía fuerte cuando la bebía, y al mismo tiempo no podía quitarme esa sensacion asquerosa por haberlo hecho, me sentía como un animal carroñero, como una rata asquerosa salida de una cloaca. Por otro lado la envidia y los celos en esa parte humana que ningún convertido pierde, estaba presente bajo el ala protectora de Lilith, y llegaba a tal punto que entre algunos grupos vampíricos corrió el rumor de que yo era algo más que el protegido de la madre de los vampiros, se decía que eramos amantes, y la verdad es que no les faltaba razón.

Con el tiempo y con ella a mi lado, me encontraba cada vez más agusto o acomodado en mi nuevo ser, aceptaba más todo lo que ese nuevo ser conllevaba, asumía lo que necesitaba hacer, era cuestión de supervivencia, y cada vez me encontraba mejor, más fuerte y mi tez ya no la veía tan enfermiza, aunque a ojos humanos siempre me vería pálido, y a ella cada vez la encontraba más hermosa, no solo como vampiro, sino como mujer, una mujer que no había apreciado la primera vez que la vi moribunda en la morgue. Ahora, con mis sentido agudizados, veía la belleza de todo su ser, su hermosa y larga melena negra y sus bellas curvas de mujer, tal vez mi parte humana no podía fijarse en ellas y desearlas, y ella lo sabía, se daba cuenta de ello, y le divertía que los humanos desearan de esa manera el cuerpo ajeno, le divertía la sexualidad y jugaba con ella, jugó conmigo. Me provocaba con insinuaciones, dejaba ver parte de si para alimentar esa sed humana por su cuerpo, y a veces, sabiendo que yo la miraba en su intimidad, se desnudaba para excitar al humano que llevaba dentro, hasta que ya no pude más y dejé de esconderme para verla, no podía resistirme, no quería hacerlo, si tenía que dejarme llevar por la sed de la sangre, no veía porque no dejarme llevar por la sed que sentía por ella. Era todo tan evidente que una noche, casi al amanecer, no me quiso hacer padecer más esa sed y me dejó beber de ella, y no hablo de su sangre, y bebí de aquella mujer, beber de ella fue tan saciante y placentero que era como beber la sangre de joven e inocente virgen deseosa de que la hagan mujer. Después de hacerme vampiro, Lilith me hizo hombre, lo que hizo que la amara en todo su ser. Tras ese amanecer, Lilith era mi todo, era mi creadora, mi mentora y mi protectora, era mi madre y mi hermana, era Lilith, mi amante vampiro.