Mis Seguidores

lunes, 8 de abril de 2019

ABISMO: ENTRE LA ESPOSA Y LA AMANTE

          Caminaba al borde del abismo, en la cuerda floja, y aunque por un lado no podía evitar sentir cierto miedo o vértigo al hacerlo, por otro lado le gustaba esa sensación de estar ahí, apunto de resbalar y caer, y quien sabe si en la caída, dejarse llevar, le gustaba ese subidón de adrenalina que le recorría todo el cuerpo y le hacía querer más. Eran dos lados totalmente opuestos, y eso es lo que le gustaba, lo que le ponía, le gustaba ese lado salvaje y desatado que había descubierto de si mismo.

Por un lado estaba ella, la esposa, con la que llevaba tanto tiempo y que le daba estabilidad y equilibrio a su vida, aunque tales cosas en ese tiempo, se habían vuelto algo rutinarias y repetitivas, tal vez monótonas, y por ello le gustaba tanto ese otro lado en el que no hacía tanto que se había adentrado, y por ese lado, estaba la otra, la amante que le daba todo lo contrario, le desequilibraba y le desestabilizaba, y eso, ciertamente lejos de repelerle y hacerle huir, le atraía cada vez más y más.

Con el tiempo, necesitaba con más frecuencia ese lado prohibido y que ocultaba a los demás, que tenía solo para si mismo, necesitaba estar ahí, sin ataduras de ningún tipo, sentirse libre como solo ella le hacía sentir, sin etiquetas, sin razones ni porqués, sin horas, ni días.

Tal vez era lo que había estado buscando toda la vida, tal vez ese era su verdadero ser, el que había ocultado toda la vida por hacer lo correcto, lo que querían y hacían los demás, pero ya no, ya no lo haría más, al menos no del todo, porque ya no sentía ser así, ni quería serlo, solo quería ser libre, poder volar a donde quisiera, sin fronteras, ni peajes, y allí, con ella, con su amante salvaje y libre, podía hacerlo, podía ser todo eso que siempre quiso y reprimió ser y hacer, aunque para ello tuviera que andar en ciertos momentos en el abismo, entre la esposa y la amante.

lunes, 1 de abril de 2019

EL INFIEL CONFESO

             Lo reconozco, no lo niego, fui débil y te engañé, te fui infiel, no pude resistirme ante esa piel preciosa de color chocolate, ante su aroma dulce y ese rico sabor que inundaron mis labios al tocarla, cada sorbo, cada roce, con su intenso calor llenándome, fue un momento de placer infinito, que saboreé lentamente y con gusto.

No es que no me guste tu piel color café, ni tu aroma intenso al estar junto a mi, ni ese sabor igual de intenso que me queda en el paladar cada vez que estamos juntos, todo lo contrario, pero esa mañana no pude resistirme, ni decir que no, no pude dejar aquella ocasión única y de la que no puedo decir que no se repetirá jamás, porque soy así, y aunque siempre estaré junto a ti, a veces, solo a veces, necesito cambiar, esto solo ha sido un paréntesis entre los dos.

Sabes, que a pesar de eso, te quiero y te deseo, sabes que siempre vuelvo a ti, pero aquella mañana no pude rechazar aquel chocolate a la taza de toda la vida, fue algo que no se da todos los días, fue especial, como un día de fiesta, pero tú, mi querida taza de café intenso de cada mañana, eres única para mi, insustituible.

Siempre estaré ahí para saborearte y llenarme de placer con gusto de tostado amargo que me das, para llenarme de tu calor, al sentirte dentro de mi, al tenerte entre mis manos.

Te pido perdón por este desliz, y te pido que me des una nueva oportunidad, porque esto tan bonito que que tenemos entre los dos, ningún chocolate lo podrá cambiar.

lunes, 25 de marzo de 2019

EL NIÑO QUE SOÑABA SER COMO LOS DIOSES

     De niño miraba al cielo, lo miraba durante largos minutos, tal vez horas, miraba y pensaba, e incluso soñaba, soñaba con alcanzarlo, soñaba con llegar más allá de las nubes, y literalmente tener el mundo a los pies, soñaba con ser un Dios. 

Soñaba con ser como los dioses, o al menos como se los imaginaba, se veía así mismo grande, muy grande, casi gigante, gigante y fuerte, tan fuerte como diez mil hombres, y ataviado con una larga capa, tan larga como el cielo, y se imaginaba volar, volar con unas alas tan grandes como las nubes que cubren el cielo un día de tormenta. 

Soñaba con tener el mundo en la palma de su mano, domar el mar como Poseidón con su tridente, y cubrir el cielo de nubes a golpe de rayo como Zeus, soñaba con ser como ellos, ser tan grande como sus leyendas y todas aquellas historias que desde hacía generaciones se contaban. 

Mirando al cielo sus sueños iban más allá, soñaba con ser el dios de dioses, el hombre de hombres, el más fuerte y poderoso de todos ellos, sería el creador de un universo infinito, un creador de mundos, mundos todos ellos envuelto por sus manos, siempre bajo su atenta mirada, siempre obedientes a su voz. Sería el escritor de su destino. 

De niño miraba al cielo, más allá de donde se perdía el horizonte, soñando ser tan infinito como él, soñaba con ser como los dioses.

lunes, 18 de marzo de 2019

UN AMOR DE PRINCIPES Y PRINCESAS

         Aunque a ojos de propios y extraños se veía joven, ante el espejo no se veía así, se veía mayor y con con madurez, la suficiente para tener ya esos sueños y anhelos que cualquier persona mayor y madura pudiera tener, o tal vez fuesen fantasías de esa persona que era ante los demás, por eso no se las contaba a nadie, tan solo a ese montón de folios sueltos que hacían de diario y confidente, a quienes se los revelaba, a ellos y a la noche, a cada noche de cada día.

Soñaba ya con el amor, ese amor del que hablaban ya los que eran, se creían y se veían mayores a su lado, ese amor con el que soñaban y fantaseaban en voz alta, mientras el suyo callaba. 

A su diario de hojas sueltas, le contaba que soñaba con un amor de principes y princesas, uno de esos de novelas en las que todo lo podían, uno de esos donde se desafiaba a la naturaleza, y se cruzaban fronteras, uno de esos donde había villanos, y villanas también, y grandes espadas de caballeros que defendían a sus princesas. Un amor de aventuras y locuras, y en el que se perdía la cordura. 

Soñaba con un amor de esos que se contaban y se cantaban al pie de la ventana, a altas horas de la madrugada, y donde se decía todo con miradas de las que nadie se enteraba. Los vivía en sueños, y los soñaba con los ojos abiertos, esperando que llegase un día de esos, mientras se distraía en clase ante sus maestros. 

Un amor de principes y princesas, o tal vez duques y duquesas.

lunes, 11 de marzo de 2019

DE MADRUGADA

      De madrugada, casi amaneciendo, caminaba con calma, casi sin pisar el suelo, aquellos tacones de aguja, y tras una larga noche, se le hacían largos. Tenía toda la calle para ella, una calle silenciosa y vacía, como sin poner aún. Los demás ya se habían ido hace rato, dejándola sola y con frío, solo acompañada del cansancio que la empujaba a querer llegar cuanto antes a su casa, y a su cama. Solo escuchaba el golpeteo de sus tacones sobre las calles empedradas y que por momentos casi la hacen caer, y preguntándose porque coño los lleva. 

Una voz rompe el silencio, y el repicar de sus tacones, haciéndole frenar en seco y preguntarse de donde viene la voz, al tiempo que la busca. La voz, borracha y con medio cigarro en la mano, estaba sentada en un banco, con la chaqueta sin poner a pesar el frío. Ella no le había visto, no se percató de sus presencia, aún habiéndole llegado el olor a tabaco. No respondió, se dio la vuelta y caminó con un paso más ligero, esperando dejarle atrás. La voz borracha, se levantó y la empezó a seguir, al tiempo que pregunta que a donde va con tanta prisa. 

Ella, nerviosa, coge el móvil para llamar, y la voz pregunta que a quien va a llamar. Marca el primer número de la lista, suena un primer tono a la vez que ella espera que respondan ya, en la espera la voz borracha la alcanza poniéndole la mano en el hombro, ella se da la vuelta y grita, y del miedo el teléfono se le cae, no le da tiempo a oír ninguna respuesta del otro lado. Llevada por el miedo, y sin pensar, le da una sonora bofetada a la voz, haciéndole tambalear, le grita y le insulta, llenando con su miedo el silencio de la noche. Camina como puede hacia atrás, pidiendo que la deje en paz, dejándose el móvil tirado. 

La voz, que logra no caerse, avanza hacia ella. Algunas luces se encienden, y alguien, alarmado por la mujer, sale de un portal, la voz no se percata, no lo ve, y ese alguien que no sabe quien es, le empuja, facilmente le hace caer. Coge el móvil y se lo da, interponiéndose entre ella y la voz, a la que no deja levantar del suelo. Ella no sabe que decir, no puede contestar, solo mira con la respiración casi ahogada, hasta que consigue respirar y dar las gracias, a la vez que la dice que es peligroso ir sola por esas calles, y de madrugada.

lunes, 4 de marzo de 2019

AQUELLOS AÑOS GRISES QUE NUNCA SE OLVIDAN

   Llevaba su vieja maleta en la mano, esa con la que tanto había viajado, y una dirección en uno de sus muchos bolsillos, con una calle que no conocía, que no había visto en su vida. No tenía el número de la calle, tan solo el nombre. 

Cuando llegaron a buscarle, el tren ya se había ido, apenas quedaban unas cuantas personas en el andén de esa vieja estación, que antaño se veía muy poblada, y hoy casi parecía abandonada. Se vio un poco desbordado a su llegada, le hacían fotos con teléfonos que ni cable llevaban. 

Le impresionaba sentir las mismas cosas que no sentía desde que dejó aquel pueblo que hoy veía tan cambiado. Tal vez fuese porque lo recordaba bajo la huella de la guerra de la que huyó, y veía como nuevas sus calles y sus plazas, pequeños rincones que recordaba viejos y grises, y hoy tenían color. 

Se emocionaba y sonreía al oír el ruido de la nueva vida que había en sus calles, y que casi le apagaba el de aquellos días grises de miedo y tensión que aún escuchaba en su cabeza y que durante tanto tiempo había guardado en su corazón. 

Había flores y plantas por todas partes, en balcones y terrazas, dando color a las viejas fachadas. Agradecía que el sol lo acompañara, mientras buscaba la dirección en todos los bolsillos que llevaba. No sabía si lo encontraría, ni que haría, ni que diría al llegar. Fue a paso lento mientras la buscaba, mirando a todas partes, grabando en su interior cualquier lugar, a cada persona con la que se cruzaba, los corrillos de vecinas que iban o volvían de ir a por el pan, y hablaban y reían a las puerta de sus casas, o en escalones de callejuelas que se perdían... Miraba a los escaparates de las tiendas que en sus días no estaban, o por las puertas de los bares que regentaban los hijos de los que entonces con él jugaban. Su corazón galopaba, todo aquello le superaba. Preguntaba aquí y allá por la calle y llegando a ella, se hacía mil preguntas, mil dudas le asaltaban, sin embargo no dejaba de avanzar, no se detenía, ni volvía atrás. Más que andar, flotaba sobre los adoquines y las piedras de aquellas calles, para él casi nuevas, sin soltar la maleta, que parecía pesar cada vez más 

Llegando a una esquina, se paró, dejó la maleta en el suelo y suspiró. Delante de él, había una fachada, que aunque renovada y restaurada, si reconocía, estaba al lado de una tienda de toda la vida, vida que había pasado él comprando y jugando, y de la que muchas veces, casi ni salía. 

Tras pasarle por encima mil y un recuerdos de aquellos años grises que nunca se olvidan, cogió su maleta, diciéndose, -¡qué demonios!, y avanzó hasta llegar a la puerta, y ante ella, plantado y esta vez, sin soltar la maleta, llamó, y después de tantos años, aquella puerta se abrió.

lunes, 25 de febrero de 2019

LA FELICIDAD

   La felicidad vive ahí, al lado de la culpa, al lado del peligro, al lado del miedo. 

Es frágil, en cualquier momento, sus tres compañeros con los que hace frontera, la pueden hacer saltar y romper, cualquiera de ellos, la pueden hacer efímera como una estrella fugaz, su eternidad puede durar un momento, pero no por ello, se deja de disfrutar, ni se deja escapar. 

Si pasa, la tienes que agarrar, cogerla al vuelo, fuerte, y no dejarla ir, tienes que hacerla tuya, y que sea plena, y más que plena, inmensa, aunque esa inmensidad no sea eterna. 

La felicidad está ahí para hacerle frente a la culpa, al peligro y al miedo, es como la Cenicienta y sus hermanastras, es la luz ante esas tres nubes negras que siempre, más o menos cerca, están ahí, acechándonos, esperándonos como depredadores a su presa. 

Es el sol, que aunque escondido detrás de las nubes, u oculto por el manto de la noche, siempre está, siempre sale a despejar nuestros cielos, y darnos luz y calor, a calmar nuestros mares tras la tormenta. La felicidad, nos saca del ahogo, permitiéndonos respirar, son alas que nos hacen volar hacia la paz.

La felicidad vive ahí, al lado de la culpa, al lado del peligro, al lado del miedo, pero también, junto a nosotros, a nuestro lado.

lunes, 18 de febrero de 2019

EN MEDIO DE NINGÚN LUGAR

    Llegó allí sin pensar en aquel lugar, sin planear que aquel fuera su destino, casi sin saber como. Se despertó en la arena, casi húmedo y con olor a mar, y sin poder explicárselo, desnudo, no veía su ropa, ni sus cosas por ningún lugar. 

Se sentía aletargado, resacoso y con sabor a agrio coñac, estaba claro que había bebido, y mucho, se sentía aún en estado de embriaguez. Hacía ya algunas horas que había amanecido y no sabía muy bien que había pasado esa noche, ni que había hecho, se sentía perdido, allí sentado y desnudo en medio de ningún lugar. 

Se levantó como si pesara tres veces más de lo normal, lento y casi torpe, respiró y tapándose sus partes, casi escondidas por el frío de la noche y el amanecer, como buenamente podía, echó a andar a ninguna parte, sin saber muy bien a donde ir, y en ese caminar a ningún lugar, se fue acercando un coche, le oía, pero no se atrevía a mirar, se debatía consiguió mismo, porque una parte de él quería que parase y le ayudara, la otra quería pasara de largo como si no le hubiese visto, al tiempo que se decía "tierra trágame", pero le vio, y no solo le vio, sino que según se le acercaba, aminoró la marcha hasta estar a su altura.

Él continuó caminando, sin mirar, abochornado y casi colorado por la situación, y con él continuó aquel coche a marcha lenta. No quería mirar, temía que fuera la guardia civil y se lo llevaran esposado y desnudo por quien sabe que cargos; o peor aún, que fuera algún conocido que quien sabe porque maldita razón, se encontrase, precisamente allí, y de todas las situaciones imaginables, y que se pudieran dar, se dio una que si bien no era la peor, tampoco llegaba a ser la mejor, en aquel coche, y casi parada a su lado, se encontraba una mujer, sonriendo divertida, por lo cómico de la situación. Al final se rindió y paró, y ella también, y evidentemente se tuvo que explicar, si es que era posible explicarlo, ni siquiera sabía muy bien como, lo cual para él hacía que todo aquello fuera mucho más bochornoso, y para ella más divertido aún. 

Con ambos parados, ella se bajó, y le ayudó, le cubrió con una manta, que si bien, con aquel calor no era lo mejor, fue una buena solución, y ya cubierto, se lo llevó a su casa, que a buen seguro quedaría más cerca que de donde él estuviera o pudiera ir. Y allí, pasó unos días, o unas semanas que le parecieron días, hasta que, gracias a ella, pudo ponerlo todo más o menos en orden y recuperar su vida, aunque desde entonces, y desde aquel lugar, ya no sería igual, porque se había enamorado de ella, y de aquel paisaje perdido en medio de ningún lugar que jamás podría olvidar.