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lunes, 1 de abril de 2019

EL INFIEL CONFESO

             Lo reconozco, no lo niego, fui débil y te engañé, te fui infiel, no pude resistirme ante esa piel preciosa de color chocolate, ante su aroma dulce y ese rico sabor que inundaron mis labios al tocarla, cada sorbo, cada roce, con su intenso calor llenándome, fue un momento de placer infinito, que saboreé lentamente y con gusto.

No es que no me guste tu piel color café, ni tu aroma intenso al estar junto a mi, ni ese sabor igual de intenso que me queda en el paladar cada vez que estamos juntos, todo lo contrario, pero esa mañana no pude resistirme, ni decir que no, no pude dejar aquella ocasión única y de la que no puedo decir que no se repetirá jamás, porque soy así, y aunque siempre estaré junto a ti, a veces, solo a veces, necesito cambiar, esto solo ha sido un paréntesis entre los dos.

Sabes, que a pesar de eso, te quiero y te deseo, sabes que siempre vuelvo a ti, pero aquella mañana no pude rechazar aquel chocolate a la taza de toda la vida, fue algo que no se da todos los días, fue especial, como un día de fiesta, pero tú, mi querida taza de café intenso de cada mañana, eres única para mi, insustituible.

Siempre estaré ahí para saborearte y llenarme de placer con gusto de tostado amargo que me das, para llenarme de tu calor, al sentirte dentro de mi, al tenerte entre mis manos.

Te pido perdón por este desliz, y te pido que me des una nueva oportunidad, porque esto tan bonito que que tenemos entre los dos, ningún chocolate lo podrá cambiar.

viernes, 11 de mayo de 2018

DAHYANA, LA SIRENA DE COLOR TURQUESA

  
      Dicen que llegó como traída por el cielo o el mar, nadie lo sabe, solo saben o dicen, cuentan, que llegó sin esperar, y sin saber si se quedaría o algún día, tendría que marchar.

Dicen que quien la ve, ya no la puede olvidar, no la puede dejar de pensar e incluso de desear, dicen que no es una mujer, dicen que es una sirena de color turquesa, una princesa valiente, una princesa guerrera. Dicen que es un imán que hipnotiza y atrae sin poderlo, ni quererlo evitar.

Nadie se resiste a sus ojos, a su risa ni a su sonrisa, ni su piel porcelana, la cual, si la tocas, parece que se fuera a romper y con la que cualquiera se dejaría envolver, y se perdería en las olas de sus curvas interminables, y se dejaría acariciar por el mar de sus labios, que unos dicen que son dulces, y otros que son salados.

La llamaron Dahyana. Dahyana era de aroma fresco y cálido, un aroma entre licor y frutas que embriagaba y llevaba a sueños lejanos y que el cruel despertar arrebataba, por lo que volvían cerrar los ojos y volverlos a soñar y dibujar, sintiéndolos, casi viviéndolos y tocándolos, inundándoles un calor abrasador que les desboca el corazón hasta perder la razón, erizándoles la piel, imaginándola dulce como la miel.

Como dijo Calderón de la Barca, "Los sueños, sueños son", y que no lo dejen de ser, porque soñarla, desearla e imaginarla, de ella es lo máximo que podían tener.

Sueños y deseos, imaginación al poder, de una aventura en ese mar que no podía ser.

Dahyana, la sirena de color turquesa, tormenta que va pero que siempre regresa como la marea que no deja de subir y por la que se dejarían llevar.

jueves, 11 de enero de 2018

LA CHICA DEL CAFÉ

   
    
Fuente de la imágen: Pixabay
  Cada tarde se sentaba en la misma mesa de la terraza de aquél café, cada tarde iba a la misma hora y pedía lo mismo, un café bombón, aunque no se sabe si lo pedía o lo de bombón se lo llamaba a ella, a la misma camarera de siempre, iba solo por verla. Esperaba a que pasara cerca para pedírselo a ella, para estar cerca oler su perfume y oír su voz, y si fuera posible rozar su mano y robarle su tacto. 

Desde que la vio no dejó de pensar en ella, y cuanto más la pensaba, más la necesitaba y más la deseaba. Se sentaba en el centro de la puerta solo para verla a ella, para verla en todo momento, hayá por donde fuese la seguía con la mirada, y aunque leía para disimular, la camarera que también se fijo en ella, sabía que no le quitaba ojo, ambas no se lo quitaban. Al principio le pareció que estaba un poco loca, pero con el paso de las tardes, las miradas, las sonrisas y los roces que sutilmente se daban y no rehuían, esa locura le fue gustando más y más hasta contagiarla. Llegaron a entablar pequeñas conversaciones y hasta se llegaron a tutear, entre ellas nacía una amistad y sin buscarlo, algo más. 

Las insinuaciones entre ellas eran cada vez mayores y mas descaradas, apenas se molestaban en disimular, sin hablar de todo se decían y hasta con la ropa se buscaban. De ir a aquel café con ropa informal, pasó a ir con vestidos y faldas enseñando pierna y marcando las bragas que en alguna ocasión ni llevaba, y eso la camarera lo notaba, y pensando en lo que aquellos vestidos y faldas ocultaban se excitaba y deseaba. Ella, la camarera, por su parte, desabrochaba algún botón de la camisa del uniforme del café dejando ver con disimulo y sin descaro parte de su firme y notable pecho puntiagudo, acto que su cliente favorita acompañaba con otro botón, o un par desabrochados, haciendo que la excitación de ambas fuera a la par.

Una de esas tarde de insinuaciones, tonteo y un cada vez más ardiente deseo, al pagar su café, añadió a la cuenta una nota escrita a mano en la que le decía que la esperaba en un parque cercano al acabar el turno, y ella fue, fue en medio de una tormenta de pensamientos que iban y venían, una tormenta de nervios, deseo y excitación. Llegó y la vió sentada en un banco, mirando a un lado y a otro, dándose cuenta de que ella estaba igual. Al llegar, se levantó, se sonrieron y se dieron la mano, tiró de ella y se la llevó corriendo hasta atravesar el parque y llegar a su casa, donde no aguantó más las ganas y acariciando sus mejillas suavemente, la besó. Fue un beso suave y a la vez intenso, prolongado, sin despegar los labios.

Se desnudaron en el salón, poco a poco entre caricias y besos, besos en los labios, en la cara y en el cuello, se buscaban el cuerpo la una a la otra con irresistible deseo, compartiendo calor. Y se tumbaron, se tumbaron en su alfombra mullida y algo fría por el suelo, y pegaron sus cuerpos calientes y desnudos, piel con piel, fundidas las dos.

Se buscaron la piel, y el oido con palabras que solo ellas se podían escuchar en una expresión de deseo lujurioso; sus pechos llenando sus manos y sus pezones erectos en contacto con la lengua provocando excitación y gemidos que pedían más, recorriéndo sus cuerpos, recorriéndo cada centimetro de piel, abriendo su ardiente flor, deseosas de saborear su dulce miel. 

Cuerpos contorneándose entre besos y lamidos, jadeos y gemidos, manos y dedos explorando y metidos hasta Dios sabe donde, corazónes desbocados de cuerpos sudoros y calientes, entrepiernas húmedas, muy húmedas y latentes. Lenguas explorando la profundidad de su flor, hasta terminar en un beso de sexo, agitación y agotación.