lunes, 28 de enero de 2019
lunes, 21 de enero de 2019
lunes, 14 de enero de 2019
martes, 8 de enero de 2019
lunes, 31 de diciembre de 2018
lunes, 24 de diciembre de 2018
martes, 18 de diciembre de 2018
viernes, 14 de diciembre de 2018
lunes, 10 de diciembre de 2018
miércoles, 5 de diciembre de 2018
martes, 27 de noviembre de 2018
viernes, 23 de noviembre de 2018
martes, 20 de noviembre de 2018
EL TIEMPO EN SUS MANOS
El tiempo en sus manos, ese eras su sueño, poder dominar el tiempo, hacer con él cuanto quisiera, soñaba con adelantarlo o atrasarlo a voluntad, cada vez que le diera la gana.
Podría ir hacia al futuro y al pasada cuanto quisiese, podría cambiar esas cagadas del pasado que todos tenemos, borraría casi de un plumazo todas esas cosas que hizo o simplemente le salieron mal, todo aquello que en su día no quiso pero tuvo que hacer, regresaría una y otra vez.
Reviviría todos los buenos momentos que vivió, e incluso serían mejores, el primer beso, el primer amor, aquél concierto al que fue a escondidas, su primera borrachera, o la última tal vez, o simplemente esa cervecita fresquita que entraba tan bien.
Deseaba conocer el futuro, quería saber, saber que le pasaría esa semana, y a la siguiente también, o lo que ocurriría en un año o no yendo tan lejos, en un mes. Así se mentalizaría, e incluso se anticiparía a él. Sería como Marti McFly viviendo su propio Regreso Al Futuro, controlaría el tiempo a placer.
Poder, a eso se reducía todo, a tener poder, el poder de manejar el tiempo como un títere maneja a su marioneta, moviendo las agujas del reloj, adelante y atrás. Saldría el sol, y se pondría la luna cuando le diese la gana, sin que nadie le dijera cuando tener que acostarse o levantarse, dominaría el día y la noche, jugando con ellos como un niño que juega con su pelota.
Tendría el tiempo en sus manos.
jueves, 15 de noviembre de 2018
martes, 13 de noviembre de 2018
viernes, 9 de noviembre de 2018
martes, 6 de noviembre de 2018
LOBORUCITA
¿Y si el cuento no acabó como nos lo contaron?, ¿y si el lobo no cayó al
arroyo y murió allí?. No todo es como lo cuentan...
Porque
cuentan, dicen por ahí que Caperucita, tras su episodio con el malvado
lobo, enloqueció, perdió la razón, e iba de casa en casa asustando y
comiendo niños y abuelos, pero ¡no!, ¡no era Caperucita!, era el lobo
disfrazado de ella, oculto bajo su caperuza roja, que logro sobrevivir y
continuaba con sus fechorías, engañándolos con fingida voz de niña para
atraparlos.
Cansados del lobo, todos los leñadores del bosque, se
reunieron y armaron con cuanto les pudiera servir de arma, y decidieron
no quitarle ojo al lobo, y seguirle a donde fuera para poder atraparle. Y
así lo hicieron, turnándose, le seguían a todas partes, hasta que un
buen día le rodearon bosque adentro, y justo y por pura casualidad, al
borde de un arroyo, otra vez.
El lobo al verse atrapado y descubierto
otra vez, se quitó la caperuza, y para ocultar el miedo que le atenazaba
por verse nuevamente en aquella situación, se mostró más feroz y más
hostil que nunca, aunque de poco o nada le sirvió.
Asustado y sin
pensarlo, dio la vuelta adentrándose sin darse cuenta, en el arroyo.
Aquello lo aprovecharon los leñadores amenazantes con sus armas, para
acabar con él, haciéndole quedar atrapado en sus aguas, de las que esta
vez, se asegurarían de que no saliera con vida.
Y así fue, el lobo
pereció en el aquel implacable ataque, haciendo que tras tanto tiempo de
tropelías, volviera la calma al bosque y a la vida de los leñadores.
domingo, 4 de noviembre de 2018
CIEN RELATOS CONTIGO
Hace ya más de seis meses cumplíamos 50 Relatos Juntos, hoy, tanto tiempo después, y más de tres años también, cumplo, Cien Relatos Contigo, cien relatos, miles de líneas y de palabras, en otros tantos pensamientos y sentimientos compartidos solo contigo. Lo más intimo y profundo de mi, escrito solo para ti.
De los cien, unos te habrán llegado más, te habrán hecho sentir y reir, o llorar y temblar, otros no, en cualquier caso, espero y deseo que en ninguno o casi ninguno, dejaras de sentir frío o calor, de ser así, logré mi propósito, el cual extiendo a los próximos cincuenta y cien más que pueda escribir.
Estos como aquellos, no sé como saldrán, no sé si serán buenos o malos, oscuros o no, pero si sé que como entonces, saldrán unos del alma, del corazón, y por supuesto, de la imaginación, de la fantasía, esa fantasía que no dejará de tener un toque de realidad.
No serán relatos perfectos, ni de esos grandes escritores que los medios adulan a voces, pero serán honestos, y serán nuestros, míos y tuyos, contados desde mi verdad, a mi manera, que es como creo que mejor te los puedo relatar.
Y como entonces, no me quiero despedir sin antes poderte decir, que te estoy muy agradecido por este tiempo que me has dado, en el que me has comentado, y en el que me has leído.
Así pues nos leemos en los siguientes cincuenta y cien. Cien relatos contigo.
lunes, 29 de octubre de 2018
CUANDO CONOCÍ A MR. PERRILTON
El día que entré en sus oficinas, no sabía que tanto me depararía el día, pero al cabo del mismo, si puedo decir que fue para no perdérselo, o si.
Me desperté con una mezcla de seguridad en mi y un leve nudo en el estómago que no dejaba de hormiguear, tanto era, que no sabía si desayunar, o pedir un café al llegar. Al llegar, me daba miedo, o al menos respeto hasta respirar, no se oía casi ningún ruido, salvo el de la chica detrás del mostrador que te recibía, te anunciaba, y cuando él daba su permiso, te decía donde ir. Y fui, subí piso tras piso en ese ascensor casi silencioso hasta llegar a su planta, y salí encontrándome el mismo silencio que hacía parecer que la vida allí se hubiera parado, y al entrar en su despacho lo parecía aún más. Mejor dicho, era como si hubiera viajado en el tiempo al pasado.
Entré en su despacho, que casi se asemejaba más a un apartamento de soltero, o uno de esos que tienes para escapar de todo. Saludé timidamente en medio de ese silencio que envuelve todo el edificio y sus alrededores, y me respondió casi a lo lejos una voz que aún se esforzaba por parecer grave y no perder su posición, pero que inevitablemente, con el paso de los años pierde fuerza. Seguí el camino por el que me parecía que había llegado esa voz hasta llegar a una sala al menos pretendía ser una mezcla de despacho y cuarto de estar, medianamente grande, luminosa y acogedora. Y allí estaba él, casi imponía tanto como la foto de sus mejores años que destacaba en aquella estantería llena de libros que probablemente nunca o casi nunca leía.
Miraba por la ventana, en silencio. Yo me paré a unos pasos de su escritorio sin decir nada, sin saber que hacer, y entonces me miró, serio, como si casi no supiera que pasaba, se acercó a su mesa y me preguntó si era quien mandaban como su asistente, Asentí, y con un gesto me invitó o me hizo sentar. Se presentó con su acento inglés, ese acento con el que te parece que te habla con un chicle en la boca, pero en el que se le entendía bien. Se presentó como Mister Perrilton o Señor Perrilton, jamás había oído un apellido así, aunque no lo cuestioné, por lo inglés que se oía, y como él decía, casi con gracia, tampoco lo había oído ni visto en otros, salvo en si mismo.
Nos pasamos el tiempo frente a frente, conociéndonos, hablando de cada cual, o más bien sometiéndome a su interrogatorio en el que me dio la sensación de que era un poco tocapelotas. Todo lo cuestionaba con escepticismo, como si ya no creyera en nada o simplemente lo hiciera por diversión, parecía ser esa clase de gente que con el tiempo pierde la fe en todo. Decidí tenerle paciencia e intentar no juzgarle tan pronto, al fin y al cabo no le conocía de verdad, y podría ser que con el tiempo dejase ver a alguien distinto.
Mister Perrilton, o el Señor Perrilton era o pretendía ser o seguir siendo el típico caballero inglés, del centro de Londres, entrado en años, delgado, casi huesudo, siempre lo fue, al que el alzheimer empezaba a memar y borrar sus recuerdos, como quien formatea un ordenador. Mi labor, en los meses que pasaríamos juntos, era, básicamente, la de ser su memoria en esos momentos de olvido, que por entonces no eran todavía muchos ni notables.
El Señor Perrilton llegó hace ya unas decadas, enamorado, pero no de una mujer, enamorado del país, de su gente y su cultura, y no fue capaz de dejarlo, por mucho que añorase su querido Londres.
Así pues, cada día iba a esa especie de despacho-apartamento, y le leía sus correos, correos que a pesar ser o pretender seguir siendo un caballero inglés, guardaba por e-mail. Se los leía, escribía y mandaba. También, varias veces a la semana, le leía el periódico, unas veces alguno local o nacional que me mandaba comprar, en el que le leía de política, otras, pocas veces y solo por que le apetecía criticar, de sociedad, y a veces, tanta como de política, le leía de deportes. Otras veces, por internet, le buscaba alguno inglés, tras traducirlo claro, no hablaba nada de inglés, ignorancia la mía que le causaba gracia, y le leía sobre lo que le acontecía por aquellos lares, que tanto tiempo llevaba ya sin ver, y que más pronto que tarde quedarían en el olvido.
Con el tiempo me tomando confianza, y con ella me dejó conocerle un poco más, aunque no por ello dejaba del todo ese lado cabroncete que le habían dado los años, o posiblemente nosotros y nuestra forma de ser. Me toleraba ciertas confianzas con él, aunque procuraba ser prudente, por lo que nunca me terminé de soltar del todo. Supongo que esas distancias y ese respeto fue el que dio pie a tenernos confianza.
Hoy, que ya no estoy con él, puedo decir que con el tiempo vi en Mister Perrilton a otra persona, al verdadero Señor Perrilton, para bien y para mal. Solo espero que en su mundo, y en el olvido en el que ya estará sumido, sea feliz, y que a ratos, aunque pequeños, se acuerde de mi, porque yo si me acuerdo de él.
Entré en su despacho, que casi se asemejaba más a un apartamento de soltero, o uno de esos que tienes para escapar de todo. Saludé timidamente en medio de ese silencio que envuelve todo el edificio y sus alrededores, y me respondió casi a lo lejos una voz que aún se esforzaba por parecer grave y no perder su posición, pero que inevitablemente, con el paso de los años pierde fuerza. Seguí el camino por el que me parecía que había llegado esa voz hasta llegar a una sala al menos pretendía ser una mezcla de despacho y cuarto de estar, medianamente grande, luminosa y acogedora. Y allí estaba él, casi imponía tanto como la foto de sus mejores años que destacaba en aquella estantería llena de libros que probablemente nunca o casi nunca leía.
Miraba por la ventana, en silencio. Yo me paré a unos pasos de su escritorio sin decir nada, sin saber que hacer, y entonces me miró, serio, como si casi no supiera que pasaba, se acercó a su mesa y me preguntó si era quien mandaban como su asistente, Asentí, y con un gesto me invitó o me hizo sentar. Se presentó con su acento inglés, ese acento con el que te parece que te habla con un chicle en la boca, pero en el que se le entendía bien. Se presentó como Mister Perrilton o Señor Perrilton, jamás había oído un apellido así, aunque no lo cuestioné, por lo inglés que se oía, y como él decía, casi con gracia, tampoco lo había oído ni visto en otros, salvo en si mismo.
Nos pasamos el tiempo frente a frente, conociéndonos, hablando de cada cual, o más bien sometiéndome a su interrogatorio en el que me dio la sensación de que era un poco tocapelotas. Todo lo cuestionaba con escepticismo, como si ya no creyera en nada o simplemente lo hiciera por diversión, parecía ser esa clase de gente que con el tiempo pierde la fe en todo. Decidí tenerle paciencia e intentar no juzgarle tan pronto, al fin y al cabo no le conocía de verdad, y podría ser que con el tiempo dejase ver a alguien distinto.
Mister Perrilton, o el Señor Perrilton era o pretendía ser o seguir siendo el típico caballero inglés, del centro de Londres, entrado en años, delgado, casi huesudo, siempre lo fue, al que el alzheimer empezaba a memar y borrar sus recuerdos, como quien formatea un ordenador. Mi labor, en los meses que pasaríamos juntos, era, básicamente, la de ser su memoria en esos momentos de olvido, que por entonces no eran todavía muchos ni notables.
El Señor Perrilton llegó hace ya unas decadas, enamorado, pero no de una mujer, enamorado del país, de su gente y su cultura, y no fue capaz de dejarlo, por mucho que añorase su querido Londres.
Así pues, cada día iba a esa especie de despacho-apartamento, y le leía sus correos, correos que a pesar ser o pretender seguir siendo un caballero inglés, guardaba por e-mail. Se los leía, escribía y mandaba. También, varias veces a la semana, le leía el periódico, unas veces alguno local o nacional que me mandaba comprar, en el que le leía de política, otras, pocas veces y solo por que le apetecía criticar, de sociedad, y a veces, tanta como de política, le leía de deportes. Otras veces, por internet, le buscaba alguno inglés, tras traducirlo claro, no hablaba nada de inglés, ignorancia la mía que le causaba gracia, y le leía sobre lo que le acontecía por aquellos lares, que tanto tiempo llevaba ya sin ver, y que más pronto que tarde quedarían en el olvido.
Con el tiempo me tomando confianza, y con ella me dejó conocerle un poco más, aunque no por ello dejaba del todo ese lado cabroncete que le habían dado los años, o posiblemente nosotros y nuestra forma de ser. Me toleraba ciertas confianzas con él, aunque procuraba ser prudente, por lo que nunca me terminé de soltar del todo. Supongo que esas distancias y ese respeto fue el que dio pie a tenernos confianza.
Hoy, que ya no estoy con él, puedo decir que con el tiempo vi en Mister Perrilton a otra persona, al verdadero Señor Perrilton, para bien y para mal. Solo espero que en su mundo, y en el olvido en el que ya estará sumido, sea feliz, y que a ratos, aunque pequeños, se acuerde de mi, porque yo si me acuerdo de él.
jueves, 25 de octubre de 2018
DEAR JACK
Dear Jack, o Querido Jack, así comenzaban todas sus cartas, cartas que le escribía cada semana, o a lo más tardar cada mes, cartas en las que siempre le decía acordarse de él.
En ellas le preguntaba como estaba, que hacía, y como estaba mamá, y hablaba de él, de por que estaba allí, tan lejos de casa, por que estaba en un lugar del que no sabía si iba a volver, aunque eso en ellas no lo plasmara, y siempre le decía, aunque a veces fuese mentira, que estaba bien.
En sus cartas, siempre le contaba como él y sus compañeros ayudaban a la gente, gente que sufría y padecía, y que ellos con unos simples gestos y una sonrisa, aliviaban. Y le contaba como aquellas personas tanto se lo agradecían, como con cosas sencillas como un plato de arroz, o de sopa o tan solo un trozo de pan, sentían que les salvaban la vida. No le contaba que imágenes quedaban grabadas en su retina, que sonidos guardaría para siempre en su cabeza de aquella horrible y cruenta guerra que tanto daño en el camino dejaba, no le escribía de sus noches de frío y en vela, ni del hambre que él mismo a veces aguantaba, ni de cuantas balas y bombas a su alrededor silbaban, provocando temblores como si de terremotos se tratara, en el suelo que pisaba.
Decía acordarse mucho de él, y de su madre, de los dos, decía echarles mucho de menos, y de cuantas ganas tenía de estar con ellos, juntos los tres otra vez; le mandaba saludos de sus compañeros, a los que probablemente, nunca llegase a conocer.
Y siempre, para finalizar, le decía..."cuida de mamá, y cuidate tú también."...Dad.
En sus cartas, siempre le contaba como él y sus compañeros ayudaban a la gente, gente que sufría y padecía, y que ellos con unos simples gestos y una sonrisa, aliviaban. Y le contaba como aquellas personas tanto se lo agradecían, como con cosas sencillas como un plato de arroz, o de sopa o tan solo un trozo de pan, sentían que les salvaban la vida. No le contaba que imágenes quedaban grabadas en su retina, que sonidos guardaría para siempre en su cabeza de aquella horrible y cruenta guerra que tanto daño en el camino dejaba, no le escribía de sus noches de frío y en vela, ni del hambre que él mismo a veces aguantaba, ni de cuantas balas y bombas a su alrededor silbaban, provocando temblores como si de terremotos se tratara, en el suelo que pisaba.
Decía acordarse mucho de él, y de su madre, de los dos, decía echarles mucho de menos, y de cuantas ganas tenía de estar con ellos, juntos los tres otra vez; le mandaba saludos de sus compañeros, a los que probablemente, nunca llegase a conocer.
Y siempre, para finalizar, le decía..."cuida de mamá, y cuidate tú también."...Dad.
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