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lunes, 16 de diciembre de 2019

CARTA SIN RELATO PARA QUIEN ME QUIERA LEER

Querida lectora, estimado lector, a vosotros os escribo hoy porque ya hace días y semanas, dos, que no lo hago, y no por dejadez, o quizá si haya cierto punto de cansancio que me he de quitar, pero sobre todo creo que ha sido y es cierta falta de inspiración. 

Supongo que es algo absolutamente normal, que le pasa a todo escritor, creador...etc. Estoy en ese punto en el que estando frente a la pantalla del ordenador, no sé que escribir, no sé sobre qué o quien. 

No fluyen las ideas, no afloran los personajes, estos no me dicen nada al oído, no me vienen momentos que contar o con los que fantasear. Puede ser también el tiempo que me tiene como él, oscuro y gris, con la mente nublada y encapotado, será que, como en esta época del año, mi imaginación se oscurece y en ella anochece temprano y todas mis ideas, todas las fantasías que te pudiera relatar se van a dormir, y francamente no sé cuando despertarán. Tampoco quiero molestarlas, quiero dejarlas dormir y que cuando estas quieran, se despierten y vuelvan llenas de energía y de ideas que contar. 

¿Y si fueran los años?, tal vez estos empiecen a pesar tanto que aplasten todas esas ideas y fantasías que antes hasta se acumulaban y se agolpaban empujándose unas a otras ansiosas por salir y dejarse leer por ti. Antes se escapaban y salían a chorros y a borbotones, hasta se me caían de tal manera que si no las apuntaba donde fuera, por cualquier camino se perdían. 

Ahora solo espero a que vuelvan, espero que se dejen ver otra vez, y en ese in pass de espera dejo esta carta sin relato para quien me quiera leer.

lunes, 16 de septiembre de 2019

CARTAS DE UNA PÁGINA EN BLANCO

    
        Hacía horas que había anochecido, tantas que pareciera que pasaban el día de noche, habían terminado de cenar, y cada cual había ido a sus últimos quehaceres antes de dormir. La criada, una noche más le subía el último té a la señora, que se encontraba en ese despacho que se había apañado en el piso de arriba, cuando al entrar, se la encontró en el suelo, con un gran charco de sangre bajo su cabeza, y gritó, impresionada, llamando la atención de toda la familia.

Eso fue lo que le contó Bill, el marido de la señora, a la policia, cuando fue cuestionado por lo sucedido. Mientras, la policia se encontraba en el lugar del crimen, inspeccionándolo todo, tratando que no se les escapara ningún detalle de la escena que se encontraron. No estaba todo tan revuelto como pensaban que se lo encontrarían, normalmente, los familiares de las victimas, con los nervios, suelen revolver y tocar cosas, cambiarlas de sitio, al menos eso se comentaban los agentes entre sí. Tan solo vieron bastante lío en la mesa del despacho, que estaba llena de viejas cartas escritas en fránces, y algunas fotos de lo que parecía ser París en la misma época en la que se escribieron.

Entre tanta carta dispersa por toda la mesa, hubo algo que les llamo mucho la atención, un boligrafo con una gran pluma artificial en un extremo, una vieja llave con unas iniciales, muchas postales y fotos de París, lo que hacía pensar que eran recuerdos de toda una vida allí, o al menos buena parte de ella, también había lo que parecía ser una agenda, o un diario igual de antiguo que todo lo demás, abierto casi por la mitad, en dos páginas en blanco, con una foto pillada por un clip a una de ellas, y en medio de estas, parecía que faltase una página, parecía que la hubiesen arrancado. No pudieron evitar preguntarse que tanto contendría esa página, para que suscitase tanto interés como para que la arrancaran, y ¿matar por ella?.

Cada uno de los miembros de la familia, su marido, sus cinco hijos, tres mujeres y dos hombres, además del marido de una de ellas, fue interrogado por separado, y luego en conjunto para confrontar las distintas versiones de cada uno, y sus coartadas que les eliminase como sospechosos. Todos dijeron lo mismo acerca del montón de cartas esparcidas sobre la mesa, parecían ser parte de una pobre herencia que le había dejado su padre, recientemente fallecido, aunque nada pudieron aportar sobre ellas, ya que ninguno conocía su contenido, solo la victima las pudo abrir, y eso lo hizo a solas.

Menos, dijeron saber nada acerca de niguna agenda o diario, decían saber bastante poco acerca de lo que le dejó su padre, de quien apenas habló nunca, algo que les parecía un tanto extraño, tratándose de un familiar, pero no imposible. Tras una larga noche de idas y vueltas, y de preguntar una y otra vez, el inspector a cargo del caso y sus agentes, se hacían varias preguntas que aún quedaban en el aire, ¿todo aquello tenía que ver con la página arrancada?, ¿estaban relacionadas las cartas, con la página que les faltaba?.

Para la policia, hasta que no supieran más, eran cartas de una página en blanco.

lunes, 29 de abril de 2019

CARTA DE UN ASESINO CONFESO

       Aquella mañana de primavera, en aquella playa de la Costa Azul, tras muchos meses de frío, y de ir y salir continuamente de los calabozos del juzgado de Londres para ver a su cliente, y donde enfermó gravemente, se encontraba bien, era como si hubiese despertado de una pesadilla, o de un mal sueño. Incluso tenía buen aspecto, sin su bigote, que le había acompañado durante media vida o más, parecía más joven y saludable. Sentado en la arena con su traje blanco, inspiró profundamente, llenándose cuanto podía de aquel olor a mar, con los ojos cerrados, escuchando las olas rompiendo al llegar a la orilla, se sentía bien y tranquilo.

Dejándose llevar por ese momento de paz, un cuerpo le hizo sombra, y le despertó, nombrándole con su acento francés, al tiempo que le acercaba un sobre, una carta. Él la tomó agradeciéndole en inglés, olvidando donde estaba y que tal vez, aquella persona pudiera no hablarlo, no se percató de aquello en absoluto. Se quedó mirando el sobre, sorprendido, casi sin saber que hacer, no entendía quien podía escribirle ahí, si no le había dicho a nadie donde estaría, solo su esposa que lo acompañó, podría habérselo dicho a alguien, aunque lo dudaba, fue ella quien le insistió en no decírselo a nadie. En cualquier caso, la carta era para solo él, estaba a su nombre, sin dirección ni remitente. Se puso las gafas y la abrió, entre la sorpresa y la desgana de hacerlo. La leyó, y aunque al principio no entendía nada, su cara fue tornándose en sorpresa y estupor, tanto que la tuvo que leer de nuevo, sin poder o querer creerse cada línea.

La carta, resultó ser de aquel cliente de Londres al que salvó de una larga condena, en ella, le agradecía sus servicios, su interés e insistencia ante un caso que cualquier otro abogado no habría querido coger, en ella, además del agradecimiento, sentía su ingenuidad al haberle creído inocente de aquello, sentía que se hubiese creído a su esposa en su papel de despechada por una infidelidad buscada. Literalmente la carta decía así:

"Estimado abogado Matthew Jones, no podía irme sin despedirme, y sin agradecerle todo el tiempo y el esfuerzo empleados en mi, toda la fe que puso en mi y en mi inocencia, donde y cuando nadie más quiso ni se atrevió a hacerlo, es algo que nunca podré ni tendré como pagarle. 

Lamento todas las molestias personales que le haya podido causar, tanto por el tiempo que le quité con su esposa, como los problemas de salud que le causaron las entradas y las salidas en nuestros encuentros en aquellos lúgubres calabozos. 

También siento haberme aprovechado de su ingenuidad al creerme inocente de los delitos que realmente si cometí, pero mi esposa y yo debíamos buscar la manera de salir de todo aquello y evitar la irreversible condena que me hubiese caído en manos de toda esa corte que deseaba declararme culpable. Pero sabíamos y debíamos invalidar de algún modo el testimonio de la criada de aquella vieja que pretendía adueñarse de mi juventud, y de la cual yo solo pretendía su dinero. 

Gracias a la teatralidad de mi esposa y a su ingenuidad, aquella criada a la que no le caía nada bien, pareció despechada ante la posibilidad de no recibir aquello que creía y era justo por tantos años de fidelidad, y que podría, y pude llevarme yo. 

Solo me queda agradecerle todo lo hecho por mi, una vez más, y desearle una felices vacaciones, antes de su vuelta a nuestra lluviosa Londres. 

Con cariño, Conrad y Lorraine". 

Aún después de haberla leído y releído, no podía dar crédito a todo aquello, tras el caso todo el mundo le creía un gran abogado, o al menos un buen abogado, él siempre pensó que hacía lo correcto, se lo creyó todo, y ahí sentado veía, sin querer aceptar, que había sido objeto de una vil y miserable mentira. 

Todo aquello no podía ser verdad, se decía una y otra vez que no podía ser, tal era su nivel de negación que el pulso se le aceleró, su corazón galopaba, sudaba y sus manos temblaban tanto que dejó caer la carta que se vio arrastrada a la orilla hasta que el mar la engulló llevándose la confesión y dejándole la culpa de haber sido él, el inocente en manos de una retorcida y siniestra mente culpable.