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lunes, 18 de noviembre de 2019

INOCENTES PECADOS DE PALACIO

Llegó a palacio de forma inesperada sin ser anunciado por nadie en ningún momento, acompañando a aquel con quien la obligaron a casarse casi siendo niña y sin tan siquiera haberle conocido, y así, de esa manera le idealizó a él y a eso que llamaban matrimonio, sin embargo nada fue como ella pensó, ni él, ni el matrimonio, sin embargo ese hombre que al llegar a penas la miró y ni tan siquiera, a pesar de ser entonces la reina, la saludó, acabó siendo todo lo que ella había imaginado que sería su propio esposo, era todo lo que pensaba que sería y debería de ser un hombre. 

El entonces desconocido, llegó para servir de manera personal y directa al rey y a nadie más aunque el juramento que había hecho y sus propias convicciones morales, le impedían dedicarse de forma exclusiva y única a él, así pues también lo hacía con quienes de una forma u otra le pudieran necesitar. Su forma de ser pronto llamó la atención de la reina hasta el punto de encandilarla como ni su infantil marido lo había hecho nunca. 

El nuevo servicio del rey era un hombre sencillo y muy cabal que sabía cuando callar y sobre todo escuchar, sabía aconsejar muy bien a los demás cuando le contaban sus problemas o simplemente sus pensamientos, en seguida sabía que le convenía o que necesitaba cada cual, y así fue con ella, de quien más pronto que tarde le atrajo su juventud y al mismo tiempo su madurez y valentía para afrontar el mundo que le había tocado a pesar de su temprana edad, a la cual ya era madre de un niño al que le tocaría en un futuro heredar el país a modo de corona sobre su cabeza. 

Ambos, reina y el servicio del rey, conectaron bien pronto el uno con el otro, tanto que practicamente era uno de los confidentes de ella en asuntos tan personales que nada tenían que ver con ese mundo que la rodeaba, y no solo intercambiaban confidencias, ambos tenían gustos similares como la literatura, y compartían pareceres respecto a los asuntos del país y la política, tanto así que se podía decir que gobernaban a la sombra de un rey vacío que hacía lo cualquier otro dijera que tenía que hacer. 

Más allá de eso, reina y servil intimaron tanto que llegaron a compartir el lecho en el que el rey no dormía cuando este pasaba la noche en casas de mujeres de vida alegre, emborrachándose sin preocuparse de nada más. Los dos eran la mano derecha e izquierda del rey y ambas se estrechaban y enlazaban de cuerpo entero cada noche entre los enormes y altos muros que callaban y guardaban el secreto de aquellos inocentes pecados de palacio.

lunes, 23 de septiembre de 2019

UNA CORONA GRANDE PARA UNA REINA PEQUEÑA

     Por esas crueles leyes de la vida, siendo niña, muy niña para algunos, se vio obligada a dar la cara frente a su gran nación, muy grande para ella según algunas bocas, se vio obligada a madurar y crecer casi de un día para otro, a ser mujer.

No se podía negar ni ocultar que tenía cierto miedo y vértigo ante todo lo que estaba sucediendo, y lo que estaba por venir, pero ella, al igual que su antecesor, y quien bien la enseñó, era valiente y osada, era una guerrera rebelde que a pesar de las enormes circunstancias, no se dejaba amilanar.

A pesar de la inocencia que en ella veían los demás, sabía que tendría que librar mil batallas fuera, y sobre todo dentro de su palacio, que muchos veían y querían que fuera de cristal, y a buen seguro mucho harían por conseguirlo. Sabía que de casi nade se podía fiar, carroñeros y leones deseosos de devorarle el poder la rodeaban agazapados esperando poder darle caza en cuanto ella se descuidara. Bien era cierto que no todas eran alimañas, habrían quien la cuidaría y bien la aconsejaría para su buen hacer.

Muchos pensaban que aquel reino, el más grande entre los reinos, era una corona grande para una reina pequeña, y ya maquinaban como ser reyes y reinas bajo su sombra, como dirigirla para hacer esto y aquello, e incluso, ya tan joven, con quien casarla para dominarla, y de paso asegurar un heredero, su heredero, el de todos ellos que resabiados pretendían ser más que ella. Sin embargo, pocos vieron que era un corcel salvaje, a quien no podrían domar, y más pronto que tarde soltó coces y voces, haciéndose grande y tomando su lugar, en un palacio más grande y menos de cristal.

Quisieron implantarle una mano derecha con la que señalar, olvidando que con la izquierda, bien podía azotar a esas moscas cojoneras revoloteantes, dando paso a un todavía joven ministro que se hizo amigo y casi algo más, para envidia y recelo de caras largas y casi sorprendidas. Y hasta en su coronación eligió su canción con la que bailar, y a todas esas hienas, unas ya gordas y viejas, abofetear, demostrando y haciendo ver, que aquel reino de reinos que portaba en su cabeza, no era una corona grande para una reina pequeña.