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lunes, 12 de agosto de 2019

DE FIESTA EN FIESTA, Y UNA MISTERIOSA INVITACIÓN

  Celebraba una fiesta en su propia casa, con incontables invitados y todo tipo de lujos, no escatimó en nada, al fin y al cabo, daba una cada mil años. En un momento de la fiesta que ya ni recordaba, uno de sus mayordomos llegó a ella, sobre en mano, y al entregárselo, le dijo al oído que un hombre que parecía ser también mayordomo, se la entregó con la premisa de que se la diera a ella personalmente, y dejó un coche aparcado en la puerta, yéndose el emisario a pie sin mediar mas palabra. 

El sobre era algo abultado, evidenciando que traía consigo algo más que una carta. Al abrirlo sacó de él una rosa roja, sin espinas, y con ella una pequeña carta en la que se leía:  

"Disculpa el atrevimiento, sé que no es el momento, ni la forma de sacarte de tu casa, ni de tu fiesta, pero no puedo dar la mía sin tu presencia, ruego aceptes esta invitación a mi humilde mansión. Te dejo mi coche y en él, mi dirección, y como llegar. Deseo y espero que aceptes. Te espero.". 

La invitación no llevaba firma, no tenía forma de saber quien la enviaba, tampoco reconoció la letra. Dudó si ir o no, tenía ciertos recelos, pero no era mujer de quedarse con la duda, siempre necesitaba respuestas, necesitaba saber quien se ocultaba tras la máscara de la invitación, así que decidió aprovechar la distracción y la embriaguez de sus invitados, para escapar y ver quien había puesto los ojos en ella. Se fue sin decir adiós, salió, se acercó al coche que le habían dejado, admirándolo y estudiándolo a partes igual, percatándose de que con toda probabilidad, sería de un hombre, pero..., ¿quién?. Daba igual, se subió, buscó la dirección que encontró en la guantera, el lugar al que ir estaba algo lejos, pero sabía donde era, y aun así no acertaba a adivinar quien la había invitado a tan altas horas de la noche. 

Condujo por las serpenteantes carreteras de la isla, colina abajo, medio temerosa de perderse o caer por los acantilados que la rodeaban. Llegó hasta la flamante casa a la que había sido invitada, siguiendo las instrucciones de la nota, que la llevaron a la parte de atrás. Se detuvo, bajó, no había nadie, así que decidió seguir a pie el ruido y la música que oía de fondo, expectante y con cierto nerviosismo ante lo que se pudiera encontrar. Cuando llegó, se encontró con un jardín, y la misteriosa mansión que recordaba abandonada, había bastante gente en él, gente que no conocía, gente bebiendo y hablando, más embriaguez, pero seguía sin dar con el misterioso anfitrión, miraba a todas partes sin ver nada, hasta que una voz masculina que intentaba no asustarla, carraspeó a espaldas suyas. Se dio la vuelta, y ojiplática reconoció por fin al misterioso hombre que tanto suspense le había puesto a la noche. 

Era Carlo, un viejo amigo, con edad de ser su padre, al que no veía hacía mucho tiempo. Sorprendida le dio un abrazo, haciéndole mil preguntas. Él le contó que había comprado la mansión, decidiendo vivir allí, que necesitaba cambiar de aires, y que el clima de la isla, le iba mejor que tanta urbe en la que vivía. Resuelto el misterio, se enfrascaron en una conversación interminable, acompañada de buen champán y mil desconocidos a los que saludar.

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