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miércoles, 18 de octubre de 2017

EL CHICO DE LA HABITACIÓN OSCURA

Fuente de la imágen: Pixabay
       Todas las noches después del trabajo, al llegar a casa, ella cumplía el mismo ritual, saludaba a sus ancianos padres a los que emplazaba a cenar al darse su ducha diaria y se iba a su habitación donde tras encender la luz, dejaba caer su vieja mochila a los pies de la cama, y junto a ella el teléfono móvil que miraba ese día por enésima vez, y miraba por la ventana y sabía o al menos intuía que en enfrente estaba él, oculto en la oscuridad de su habitación, mirándola, observándola con sus ojos de adolescente, disfrutando de aquella función noche tras noche. 

Ella se sabía observada, sabía que no estaba sola, él la esperaba y la miraba y eso, lejos de molestarla, la gustaba; saboreaba saberse deseada por aquella juventud oculta frente a su ventana, la gozaba y jugaba con ella, la excitaba; desabrochaba su abrigo sin prisas, luciéndose en aquél teatro del que se sabía protagonista, dejaba asomar sus voluminosos pechos que ensalzaba bien, a conciencia por su público fiel; dejaba caer el abrigo y empezaba con la blusa, botón a botón dejándose ver por el chico aquél, desabrochaba su corta falda que también dejaba caer para luego frente a él acentuar sus curvas al recoger. Quedaba en ropa interior, excitada y con creciente calor, acabada de desnudarse, iba directa al baño que el chico desde su habitación también dominaba, la veía abrir el agua, dejarla salir y calentarse y salir vapor mientras el uno estaba pensando en el otro y se calentaban los dos. 

Ella excitada y cautivada por su joven mirón, dejaba caer el agua como cascada por su espalda; le imaginaba caliente y excitado, a su lado piel con piel bien pegado y enjabonado, erectos y mojados, cuanto más le imaginaba, más le deseaba, más se excitaba y se tocaba, más quería y su respiración la sacudía. 

No tenía prisa por acabar y cuanto más se alargaba más lo disfrutaba pensando que él excitado la miraba y ella sin verle le observaba y más alterada estaba. 

Sentirse a si misma era sentirle a él, era tocarle y besarle, dejar que tocara y penetrara cuanto más se acaloraba. Así era cada noche desde que volvía en su coche, imaginando y pensando, calor y seducción que embriagaba a los dos.

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